Pan de Muerto

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Opinión
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Vivir lejos de México me ha permitido descubrir que la nostalgia tiene costumbres bastante extrañas

Querido lector, hoy he decidido quitarles el espacio a Pánfilo y a su tío Catarino. No se preocupen, ninguno ha muerto, aunque conociendo las ocurrencias del segundo, tampoco me atrevería a garantizar que ambos lleguen vivos a la próxima entrega. Esta vez quiero contarles algo personal. Quienes han seguido esta columna seguramente habrán sospechado que mis personajes tienen algo de realidad, otro tanto de imaginación y una buena cantidad de experiencias que he preferido atribuirles para evitarme explicaciones. No están equivocados. Pero hoy los dejo descansar para hablarles de algo que me ha tenido pensando los últimos días: el pan de muerto.

Hace ya unos ayeres que me fui de mi tierra. He perdido la cuenta de los días y, para ser sincero, tampoco tengo mucho interés en recuperarla. Con los años he llegado a sospechar que el tiempo es un invento de quienes tienen demasiado interés en saber cuánto les queda. A mí me preocupa más la distancia, porque basta con vivir lejos para descubrir que los años también se miden en cumpleaños perdidos, conversaciones pendientes y comidas familiares a las que uno ya no alcanza a llegar. Si no fuera por la distancia, probablemente el tiempo me dolería bastante menos.

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Ahora que se aproxima el Día de Muertos, he comenzado a recordar ciertas cosas que durante el resto del año permanecen tranquilamente guardadas en algún rincón de la memoria. Entre ellas hay una particularmente absurda: extraño el pan de muerto. Y antes de que alguno se conmueva imaginándome frente a una panadería mexicana, con los ojos humedecidos y el corazón lleno de patriotismo, debo hacer una confesión que seguramente me costará el respeto de algunos paisanos: detesto el pan de muerto. Nunca me ha gustado. Si me ponen enfrente una concha, una oreja y un pan de muerto, este último tiene todas las posibilidades de quedarse esperando hasta noviembre del año siguiente. Por eso llevo varios días preguntándome qué demonios hace uno extrañando algo que jamás disfrutó.

En Guanajuato, durante la primaria y la secundaria, las escuelas montaban altares para celebrar el Día de Muertos. Recuerdo especialmente uno dedicado a Jorge Ibargüengoitia, al que acudíamos por grupos bajo la supervisión de nuestros maestros. Nos explicaban el significado de las veladoras, las flores de cempasúchil, las fotografías y los alimentos de la ofrenda. Nosotros escuchábamos con la solemnidad que puede exigírsele a un niño que sabe que, al terminar la explicación, le regalarán chocolate caliente, champurrado y pan de muerto con cajeta. La estrategia pedagógica era efectiva: nunca presté tanta atención a un altar, aunque sospecho que el interés tenía menos que ver con los difuntos que con el desayuno gratis.

A mí me tocaba sentarme junto a Chuy Ramírez, un compañero al que recuerdo con especial cariño y cuya amistad se sostuvo durante años gracias al orden alfabético. Ramírez iba antes que Revilla y esa disposición administrativa nos convirtió en vecinos de pupitre durante buena parte de la infancia. Cada vez que nos entregaban el pan, yo terminaba regalándole el mío. Chuy lo recibía encantado, sin cuestionar mi generosidad ni preocuparse por las razones que la motivaban. Algunas veces nos formábamos dos veces para conseguir otra porción, de modo que mi amigo terminaba con pan suficiente para llenar de envidia a varios difuntos. Lo curioso es que tampoco me gustaba el champurrado y, aun así, jamás rechacé un vaso. Al estudiar en escuela pública, uno desarrolla el instinto de aprovechar todo aquello que sea gratuito.

No sé qué habrá sido de Chuy Ramírez. Le perdí la pista cuando entré a la universidad y desde entonces nuestros caminos dejaron de cruzarse. A veces pienso en la facilidad con la que desaparecen ciertas personas de nuestra vida. Durante años compartimos pupitres, recreos, tareas, regaños y conversaciones que entonces parecían importantísimas. Después llegó una tarde cualquiera, nos despedimos sin demasiada ceremonia y cada uno siguió su camino. Nadie nos advirtió que aquella despedida podía durar tantos años. Me pregunto si Chuy seguirá viviendo en Guanajuato, si tendrá hijos, si todavía le gustará el pan de muerto o si recordará a aquel compañero que, sin proponérselo, contribuyó generosamente a su alimentación durante varias temporadas escolares.

Vivir lejos de México me ha permitido descubrir que la nostalgia tiene costumbres bastante extrañas. No soy de los que recorren una ciudad entera buscando un restaurante mexicano. Aquí donde vivo hay suficientes lugares para comer tacos, tamales, enchiladas y prácticamente cualquier cosa que uno pueda echar de menos. Algunos cocinan extraordinariamente bien y consiguen reproducir los sabores de nuestra tierra con una fidelidad admirable. Yo diría que alcanzan un noventa por ciento de semejanza. El diez restante, sin embargo, resulta imposible de conseguir, porque no depende de los ingredientes ni de la habilidad del cocinero. Está en el tamal que uno se come sentado sobre una cubeta vieja de pintura, a la salida de la iglesia; en los tacos que saben mejor de pie, junto a una banqueta; en el ruido de los coches, en las conversaciones ajenas y en la señora que, después de cobrarte, todavía encuentra tiempo para preguntarte por tu madre. Ese diez por ciento no figura en ninguna receta y, por desgracia, tampoco puede enviarse por paquetería.

Ayer, una mujer originaria de Celaya me ofreció un pan de muerto que ella misma había preparado. Me lo entregó envuelto en una servilleta, todavía tibio, y me explicó que también hacía la cajeta siguiendo la receta de su tierra y que debía probarlo porque le había quedado muy bueno. Acepté por cortesía, aunque mis expectativas eran tan bajas que habría preferido una concha de las que venden en el supermercado latino que está a treinta minutos de distancia de mi casa. Mientras me quitaba la servilleta, me llegó un aroma a azahar, anís y naranja que me resultaba familiar. Le puse cajeta, y el azúcar de arriba se me quedó pegada en los dedos. Le di un mordisco. Estaba delicioso. No sé si habían cambiado mis gustos, si aquella mujer tenía un talento extraordinario para la repostería o si después de tantos años la distancia había terminado por modificarme el paladar. Lo cierto es que seguí comiendo y, antes de terminarlo, me descubrí recordando cosas que creía olvidadas.

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Volví a verme frente al altar de Jorge Ibargüengoitia, rodeado de compañeros que apenas podían contener la impaciencia mientras nuestros maestros explicaban la importancia de honrar a los muertos. Recordé el chocolate caliente, los vasos de champurrado, las manos pegajosas por la cajeta y a Chuy Ramírez esperando tranquilamente que yo le entregara mi pan. Me habría gustado regresar a cualquiera de aquellas mañanas, escuchar nuevamente el alboroto de mis compañeros y quedarme un rato más en ese patio escolar donde todavía ignorábamos cuánto habría de cambiar nuestra vida. Hasta habría comido mi porción completa, aunque estoy seguro de que Chuy lo habría considerado una traición imperdonable.

Terminé el pan y agradecí a la mujer de Celaya. Ella se alegró de que me hubiera gustado y yo me quedé pensando en la cantidad de cosas que uno aprende a querer cuando ya no las tiene cerca. Desprecié aquel pan sin sospechar que algún día pagaría gustoso por volver a comerlo en el mismo lugar, rodeado de las mismas personas. Pensé en Chuy, en los años que han pasado y en lo poco que sabemos de aquellos que alguna vez formaron parte de nuestra vida cotidiana. Me gustaría encontrarlo y regalarle un pan de muerto, aunque ahora tendría que comprar dos porque, después de tanto tiempo, finalmente he aprendido a disfrutar el mío.

Descubrí que me gusta el pan de muerto. Lo único que lamento es no tener a Chuy Ramírez sentado a mi lado para regalarle el mío.

Mario Revilla (Guanajuato, 1997) es escritor mexicano radicado en Montreal, Canadá. Licenciado en Comunicación, ha desarrollado una obra narrativa centrada en la memoria, la nostalgia, el amor, la migración y las pequeñas historias que sobreviven al paso del tiempo. Es autor de diversos libros de narrativa, entre ellos “7 noches en París”, “El mundo sin mí”, “El privilegio de morir” y “Se sirve con grosella”. Ganador del Premio de Cuento FENAL 2026 por “Las confesiones del sepulturero”. Ha participado en encuentros literarios en México, Canadá y Venezuela. Nacido en una ciudad de callejones, fantasmas y leyendas, encuentra en la literatura una forma de preservar aquello que la vida suele llevarse en silencio.

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