Día de la ¿Independencia?
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Ahí descubrí que Catarino y yo teníamos conceptos muy distintos sobre los negocios. Jugar con la pobreza era un límite que yo no sabía dónde empezaba y que a mi tío parecía importarle poco
—Muchacho... muchacho... ya levántate, Pánfilo, tenemos que irnos.
Empecé a despertarme por los jalones que me daba mi tío. Abrí los ojos y tardé unos segundos en comprender qué era lo verdaderamente extraño de aquella mañana: Catarino estaba despierto antes que yo. No era un acontecimiento imposible, pero sí uno de esos fenómenos que ameritan mirar por la ventana para comprobar que el sol continúa saliendo por donde debe.
—Tío, es martes. Todavía falta para que me vaya a la escuela. ¿Qué quieres?
—Nada de escuela. Hoy me vas a acompañar para tener listo mi nuevo negocio. Mi único negocio, en realidad. Bueno, un negocio de unas cuantas horas.
Aquello de «nuevo negocio» me sonó a que otra de las ideotas de mi tío acababa de tocar a la puerta.
—Si quieres, pasa por mí después de la escuela y te acompaño a donde tengas que ir.
—¿Hasta las dos y media? Para esa hora ya nos ganaron el lugar en la plaza.
No tenía la menor idea de lo que Catarino traía entre manos y eso me preocupaba más que saberlo. Con él, la ignorancia nunca era tranquilidad; era únicamente el tiempo que tardaba el problema en presentarse.
—¿Quieres que vaya contigo ahorita? No puedo faltar otra vez. La semana pasada falté por ayudarle a la abuela con las tortillas, luego con la ropa que arregló y después para acompañarla al médico, cosa que, por cierto, tú habías prometido hacer.
Catarino tenía un talento especial para escuchar los reclamos sin permitir que ninguno llegara hasta su conciencia.
—Eso no importa. Hoy mínimo te llevas unos doscientos o trescientos pesos.
Aquellas ya eran palabras mayores. En nuestra familia había muchas cosas con las que se podía jugar: con la paciencia de la abuela, con las promesas de Catarino e incluso con la posibilidad de que algún día consiguiera un empleo estable. Con el dinero, no. Era demasiado escaso para tomarlo a broma.
—¿Y cómo le vamos a hacer? —pregunté, temeroso de la respuesta.
—Primero levántate, ponte el uniforme y actúa normal para que tu abuela no sospeche que vas a faltar. No desayunes. Agarra un plátano y afuera te invito un Chocomil. Después yo me arreglo con tu maestra.
No sé si fue la promesa de los trescientos pesos o la autoridad con la que Catarino aseguró que podía arreglarse con una maestra que apenas lo toleraba cuando iba a recogerme. Lo cierto es que el Chocomil entró por mis oídos y terminó de convencerme en el paladar.
Todo ocurrió según el plan. Me puse el uniforme, tomé un plátano y traté de caminar frente a la abuela con la tranquilidad de un niño que no estaba participando en ningún delito familiar. Bastó que me mirara para que preguntara:
—¿Qué tramas?
—Nada.
Me quité de su vista antes de que pudiera interrogarme mejor.
—Bueno, pues vete con cuidado.
En ese momento bajó Catarino y la abuela levantó las cejas.
—¿Y ahora este qué trae? ¿Por qué estás levantado a esta hora? ¿Va a llover? ¿Se murió alguien?
Una de las pocas diversiones gratuitas de mi abuela consistía en burlarse de su propio hijo.
—No, jefa. Escuché que van a abrir lugares para jalar en la fábrica de refrescos, la que está hasta el otro lado de la ciudad. Voy a ver qué onda. Es más, me queda de paso la escuela antes de llegar a la parada del camión.
—Mira, mira, mira... ahora resulta que sí quieres ir a la fábrica donde trabaja el hijo de doña Chela. La misma a la que llevo dos meses diciéndote que vayas.
—Pues soy terco, pero no tarugo. Voy a ver si me aceptan.
—Ándale, pues. Que Dios te ayude a conseguir trabajito.
Se hizo un silencio extraño. Yo sospechaba que la abuela deseaba sinceramente que Catarino consiguiera trabajo; también sospechaba que había aprendido a no emocionarse demasiado con esa posibilidad.
—Jefecita... ¿me das ochenta pesos para los camiones?
La abuela hizo un gesto de molestia.
—¿Quieres para los camiones o para un taxi?
Lo extraordinario de aquellos ochenta pesos era que resultaban demasiados para viajar en camión y muy pocos para viajar en taxi. Catarino poseía el extraño talento de pedir cantidades que siempre parecían sospechosas.
—Jefa, hay que ir hasta el otro lado de la ciudad. Son para los camiones.
—Ándale, pues. Pero estos sí me los pagas.
Catarino tomó el dinero y los dos nos encaminamos hacia la puerta. Estábamos a unos cuantos pasos de conseguir la libertad cuando la abuela volvió a hablar:
—¿Y ustedes qué? Uno se va sin mochila y el otro sin papeles.
Catarino me miró. Yo lo miré. Puesto que toda aquella estupidez había sido idea suya, consideré justo concederle el honor de salvarnos.
—Mis papeles están en la mochila de Pánfilo. Ándale, muchacho, ve por ella.
Regresé por mi mochila. La mirada de mi abuela pesaba más que los cuadernos y, probablemente, más que todas las malas decisiones de Catarino juntas.
Llegamos al centro cuando la plaza apenas despertaba. Los comerciantes levantaban cortinas, algunos puestos comenzaban a instalarse y desde las calles cercanas llegaba ese ruido particular de los lugares que venden de todo: dulces, zapatos, joyas, ropa, comida y objetos que nadie necesita hasta que los ve colgados a buen precio.
—¿Y ahora? —pregunté, todavía con sueño.
—Ahora te quedas aquí. Voy por tu licuado y regreso.
Catarino desapareció unos minutos y volvió cargando dos Chocomiles. Se sentó conmigo en una banca mientras, a unos metros, el señor del organillo se preparaba para comenzar su jornada.
—Tómatelo. Vas a necesitar energía.
—¿Ya me vas a decir qué vamos a hacer?
—Todavía no, pero vamos a ganar mucha lana.
Dejé de preguntar. A cierta edad uno descubre que hay preguntas cuyas respuestas únicamente empeoran la mañana. Me dediqué al licuado y confirmé algo que sigo creyendo hasta hoy: cualquiera puede preparar un Chocomil, pero los del centro saben mejor. Tal vez sea la leche, tal vez el vaso de plástico o quizá que las cosas saben distinto cuando uno debería estar sentado en un salón de clases.
Después, Catarino me llevó a una tienda de maquillaje.
—¿Vamos a vender maquillaje?
—No, Pánfilo. Vamos a hacer algo mejor.
Se acercó al mostrador y preguntó si podían venderle solamente cuatro pintarrayas con los colores de la bandera de México. La muchacha explicó que venían en una caja de doce y que costaba cien pesos. Catarino cambió inmediatamente de estrategia, se inclinó hacia ella y le dijo algo al oído. Nunca supe qué fue. La muchacha se rio y terminó vendiéndole cuatro.
A veces pienso que, de haber utilizado para conseguir empleo la mitad de la labia que utilizaba para evitarlo, Catarino habría llegado a gerente.
Salimos y caminamos hasta colocarnos cerca del escenario instalado frente a la presidencia municipal.
—Ahora sí, muchacho. Este será nuestro trabajo. Saca dos hojas de tu mochila y un plumón. Ponle: «Pinta tu cara: 15 pesos. Dos por 25».
Lo miré esperando la segunda parte de la explicación. No había segunda parte.
—¿Es en serio? ¿Me levantaste temprano, me hiciste faltar a la escuela y le pediste ochenta pesos a mi abuela para ponerme a pintar banderas en la cara?
—Visión, Pánfilo. Se llama visión. Cada uno de estos sirve para un montón de banderitas. Ponte que pintamos veinte... bueno, no sé cuánto sea, pero es ganancia.
El cálculo financiero de Catarino tenía algunas lagunas, pero la idea no era completamente absurda. Si conseguíamos clientes, podríamos recuperar lo invertido y ganar algo. El problema era que todavía no había clientes.
—¿Y por qué teníamos que venir tan temprano?
—¿Ves a alguien vendiendo lo mismo?
Miré alrededor.
—No.
—Pues ahí está. Llegamos primero. Cuando venga la gente, nosotros ya estamos instalados y ellos todavía estarán buscando dónde ponerse. Además, para este jale se necesita labia. Si escuchas que digo que el dinero es para mantenerte en la escuela o que tienes hambre, no te sorprendas. Es marketing. Y échate poquita tierra en los zapatos. También despéinate.
—¿Para qué?
—Imagen corporativa.
Ahí descubrí que Catarino y yo teníamos conceptos muy distintos sobre los negocios.
Jugar con la pobreza era un límite que yo no sabía dónde empezaba y que a mi tío parecía importarle poco. Obedecí únicamente con los zapatos; despeinarme me pareció excesivo. Mientras esperaba a los primeros clientes pensé en algo que me incomodó más de lo que habría querido admitir: no sabía exactamente cuánto dinero necesitaba una persona para dejar de ser pobre. Quinientos pesos más, unos zapatos menos gastados, una semana sin pedir prestado. En mi casa nunca habíamos utilizado esa palabra. Decíamos que no alcanzaba, que estaba dura la cosa, que después comprábamos aquello, que este mes había que apretarse. Tal vez la pobreza empezaba precisamente ahí, en inventarle otros nombres para que no se sintiera viviendo con nosotros.
Los primeros clientes llegaron cerca del mediodía. Después vinieron otros. Catarino gritaba las promociones con una seguridad que habría hecho pensar que llevábamos años dedicándonos a la decoración facial patriótica. Yo pintaba mejillas: verde, blanco y rojo; verde, blanco y rojo. Algunos niños querían la bandera completa, otros solamente tres rayas y hubo un señor que pidió que le pintara un bigote tricolor. Catarino quiso cobrarle veinte porque, según él, «el bigote lleva más infraestructura».
La tarde avanzó y el negocio funcionó mejor de lo esperado. Tanto, que mi tío tuvo que regresar a comprar la caja completa de pintarrayas. Yo había dejado de pensar en la escuela y comenzaba a hacer cuentas mentales. Cada billete que entraba me parecía una pequeña victoria, aunque todavía no sabía muy bien contra qué estábamos ganando.
Había algo, sin embargo, que empezó a inquietarme. Cada cierto tiempo Catarino se acercaba a alguna familia, les decía algo que yo no alcanzaba a escuchar y luego me señalaba. Al principio no le di importancia. Después entendí que aquella era mi señal. Bajaba un poco la cabeza, trataba de parecer cansado y hasta ensayé una expresión que, según yo, inspiraba ternura. Descubrí con cierta vergüenza que se me daba bastante bien.
Cuando cayó la noche, la plaza estaba llena. Habíamos vendido mucho más de lo que cualquiera de los dos esperaba y Catarino caminaba con esa satisfacción reservada para los hombres que acaban de demostrar que una mala idea puede convertirse en buena si encuentra suficientes clientes.
—Te dije que nos iba a ir bien. Le seguiríamos, pero ya cerraron la tienda de las pinturas.
—Reconozco que nos fue bien, tío. Pero dime una cosa: ¿qué le decías a la gente cuando me señalabas?
Catarino guardó el dinero en una bolsa, separó algunos billetes y comenzó a contarlos.
—Les decía que querías juntar dinero para que tu abuela pudiera descansar unos días y no tuviera que trabajar.
Me quedé callado.
—¿Y eso era parte del marketing?
Catarino tardó un momento en responder.
—No todo tiene que ser mentira, Pánfilo.
Sacó ochenta pesos de lo que habíamos ganado y los puso aparte.
—Estos son de tu abuela. No vaya a decir que, además de desempleado, soy ratero.
—¿Y lo demás?
—Lo demás también se lo vamos a dar. Bueno... quitando lo de los chocomiles. Tampoco hay que abusar de la nobleza.
No pude evitar reírme.
A nuestro alrededor la plaza había terminado de llenarse. Había banderas, sombreros, música, puestos de comida y vasos de cerveza levantados hacia el escenario. La gente comenzó a acercarse cuando anunciaron el inicio de la ceremonia. Catarino y yo nos quedamos atrás, cansados, con las manos manchadas de verde, blanco y rojo y la mochila que durante todo el día había servido para demostrar que yo, supuestamente, seguía siendo estudiante.
Entonces comenzó el Grito.
La gente respondió con entusiasmo. Hubo aplausos, silbidos y nombres de héroes que yo conocía de los libros de historia. Después escuché hablar de los mexicanos y mexicanas que todos los días salen a trabajar por sus familias.
Catarino volteó a verme.
—Mira, Pánfilo. Hasta a nosotros nos mencionaron.
—Tú no trabajas.
—Hoy sí.
No pude discutirle eso.
Cuando llegó el «¡Viva México!», la plaza entera respondió. Catarino levantó el puño y gritó también. Yo lo hice unos segundos después, aunque no estaba pensando en Hidalgo, ni en los héroes de los libros, ni siquiera en la bandera que había pintado tantas veces durante el día.
Pensaba en mi abuela.
En sus tortillas, en la ropa que arreglaba, en las monedas que contaba antes de ir al mercado y en los ochenta pesos que aquella mañana había sacado de quién sabe dónde para que su hijo pudiera, supuestamente, ir a buscar trabajo.
Quizá yo todavía era demasiado pequeño para entender qué significaba la independencia. En la escuela me habían enseñado fechas, nombres y batallas, pero nadie me había explicado que hay personas que pasan toda la vida buscando independizarse de cosas mucho más pequeñas y difíciles: una deuda, un recibo, una jornada más de trabajo, el miedo de que mañana no alcance.
Esa noche nosotros no liberamos ningún país.
Pero, con un poco de suerte, habíamos conseguido que mi abuela descansara unos días.
Y para nuestra casa, aquello ya era bastante independencia.