Peligro de incendio, ¿qué se hace para conjurarlo?

Opinión
/ 3 septiembre 2023
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Contar con un semáforo de riesgo, que advierte sobre la posibilidad de que ocurra un incendio, es insuficiente. Además de eso se requiere una estrategia para evitar que estos ocurran

De acuerdo con la experiencia, los meses de julio, agosto y septiembre constituyen la época del año en la cual existe mayor riesgo de incendios forestales en México. La razón para que esto sea así es bastante simple: es el periodo en el cual suelen coincidir las condiciones necesarias para que un incendio se desate: altas temperaturas, mayor velocidad del viento y menor humedad relativa en el ambiente.

A partir de tales variables, la Comisión Nacional del Agua (Conagua) ha desarrollado una escala de cuatro niveles de riesgo (bajo, medio, alto y muy alto), según la cual identifica las zonas donde podría registrarse un siniestro. Esto permite −al menos en teoría− actuar con celeridad en su atención y control.

Como lo informamos en el reporte que se incluye en esta edición, más del 60 por ciento del territorio de Coahuila se reporta en estos momentos en niveles medios y altos con respecto a la referida escala, es decir, existe una probabilidad importante de que ocurran incendios en más de la mitad del territorio estatal.

Por desgracia, la experiencia indica que contar con mecanismos de alerta, como el descrito líneas arriba, difícilmente se traduce en la posibilidad de que los estragos provocados por los incendios se minimicen, para ya no hablar de la posibilidad de que los incendios sean evitados.

Múltiples voces de especialistas han advertido repetidamente en el pasado que lo verdaderamente importante en materia de incendios forestales es contar con un programa integral de manejo de la masa vegetal de nuestro entorno, lo cual implica una serie de acciones de carácter permanente.

Porque de lo que se trata, de acuerdo con los expertos forestales, no es de poseer la capacidad de sofocar incendios, sino de implementar acciones que los eviten o, en el peor de los casos, que impidan las afectaciones de grandes áreas de bosque.

En el núcleo de una estrategia de esta naturaleza se encuentra el manejo adecuado de las zonas boscosas, lo cual implica vigilar y controlar su crecimiento, así como establecer reglas precisas para su explotación.

En un proyecto de esta naturaleza tendrían que colaborar los tres órdenes de gobierno así como los propietarios de la zona, pues las acciones necesarias para prevenir y controlar incendios requieren de una amplia participación social.

Y es que en las condiciones actuales, el semáforo establecido por la Conagua, aunque advierte del riesgo en zonas específicas del territorio, no necesariamente dispara acciones para reducir dicho riesgo y evitar con ello la aparición de siniestros.

El entorno natural, se ha dicho en múltiples tonos, constituye un elemento indispensable para nuestra propia subsistencia y tendríamos que hacer mucho más para garantizar su protección y preservación. Invertir en el diseño e implementación de una estrategia para evitar incendios tendría que ser por ello una prioridad.

Todos nos lamentamos cada vez que vemos las imágenes de un bosque arder. Es tiempo de hacer algo concreto para no tener que lamentar el siguiente incendio forestal.

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