Perreo bajo protesta: La ley son las personas

Opinión
/ 17 febrero 2022

Por: Christian Luna.

La Cultura de Masas es toda aquella manifestación con millones de seguidores. Umberto Eco hace una importante distinción de las posturas que se pueden tener ante ésta: Apocalíptica e Integrada. En una corta definición, la primera es una actitud crítica que ve en dicho fenómeno veneno puro para el criterio de las personas; la segunda es más benevolente y cree que es posible educar a los espectadores con este instrumento. El autor no le otorga la entera razón a ninguna de las dos.

Si existen dos bandos, me encuentro en los que no aceptan que lo que hacen sujetos como Bad Bunny se le llame Música. El reggaetón es una forma más de entretenimiento y me tengo prohibido integrarme en el juego, como todo buen apocalíptico. La diferencia entre el reggaetón y otras formas de entretenimiento es que éste se convirtió en una garantía económica para varios jóvenes de Latinoamérica que, en lugar de quedarse en una isla a trabajar con las posibilidades laborales generadas por las inversiones de EUA, intentaron salir millonarios de ella a través de la rima pop. Buen mérito.

Y la diferencia entre su primo mayor y (a veces) sofisticado, El Rap, es que éste proviene de toda una intención de la calle por apropiarse de algunas de las Bellas Artes. Esa intención se llama Hip Hop y demostró que se puede bailar, pintar, escribir y componer hasta donde la creatividad y los pocos recursos de los jóvenes en las calles alcanzaran. No como la academia dicte. Es un ejemplo de expropiación cultural. Hay una distancia enorme entre perrear y bailar break dance.

El reggaetón lo leo como un gran medio de comunicación soft manejado por genios publicistas. Las canciones y videos de Bad Bunny son un coctel casi irresistible de luces, ritmo, moda, algo de falsa irreverencia por el consumo de drogas suaves (ya todos venden, ya todos fuman) y un discurso que “dignifica” a la mujer y que tiene a cierto sector progresista encantado con la idea, pero carece de algo esencial para el Arte: El Misterio. Una de las cosas que más me emocionan cuando estoy frente a una obra es realizarme la pregunta: ¿cómo logró esto? No se han puesto a pensar ¿qué pasará en un mundo compuesto por personas que les genera pereza el misterio? Ya no hay creaciones de nuevos mitos.

No desconfío del reggaetón, desconfío en los medios de comunicación masivos que controlan la narrativa cultural. Si hace menos de diez años mantuve una postura crítica personal ante Televisa, ¿por qué no mantenerla ahora contra un referente de la cultura de masas como el Conejo Malo?

Si dentro de Bad Bunny hay quien observa un discurso que integra a las cada vez mayores minorías al decir que una mujer puede bailar sola, recuerden que estamos en los tiempos en donde el presidente Putin tiene en su poder el comenzar la tercera guerra mundial, pero puede que el impacto mediático sea menor si lo hace acompañado de un cachorrito en sus manos. Realmente menor. Son tiempos únicos para los lagartos publicistas que no tienen ningún empacho en utilizar tus signos de protesta como servilleta para limpiar la sangre que escurre del enorme bistec que están devorando.

¿Han puesto atención a lo que sucede actualmente con mucha de la música industrial? Ya no es artesanal (sí, como el perico). Las bandas, aunque firmaran con una disquera, te hacían sentir que estaban tejiendo algo. Componiendo. Experimentando. Provengo de un amor por la música debido a que me abrió la mente. Era mi mejor medio de comunicación alternativo. Por ella me enteré qué era la Intifada, lo que sucedía en el sur de México, quién es César Vallejo, qué son los Derechos Humanos y de cómo los esclavos negros tocaban jazz escondidos de sus patrones. Ahora todo eso lo hace Wikipedia, y está bien. No me resisto. Sólo es nostalgia de ver al rock caer.

No todo en la cultura de masas me parece trágico. El Binomio de Oro, por ejemplo, o la película de la que todos los columnistas ya escribieron, “Don’t Look Up”, que retrata una especie de apocalipsis mediático y una estupidez generalizada en la era de la información; o la serie de HBO, “Succession”, en la cual el magnate multimillonario, fascista y conservador, Logan Roy, dueño de un imperio de medios de comunicación en la ciudad de Nueva York, le recuerda a uno de sus hijos, nervioso al verse en medio de un escándalo legal por cuestiones de corrupción: “La Ley son las personas”. ¿No les da escalofríos?

La diferencia entre toda esta mierda que acabo de escribir y el reggaetón, es que el último sirve más para coger y está bien. Aunque ni crean, escribir también sirve. El reggaetón es viagra, no música; es TvNotas, no música; es fiesta, no música; es una crema para las arrugas, no es música; es un cursi melodrama con ritmo, no es música. A veces, definir el Arte sirve para que no se diluya. Ojalá no fuera necesario.

Y que no se confunda todo lo anterior, con una aparente incapacidad mía de perrear bien pinche cerdo en una noche de fiesta en medio del apocalipsis. Sólo quiero dejar claro que no acepto que se le llame música a un producto de la publicidad. Perreo bajo protesta.

Antes de morir, Umberto Eco escribió en su Twitter: “El exceso de información produce amnesia”.

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