Planeación sin diversidad, geografía de la exclusión
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Quienes habitan en la periferia tienen un acceso limitado a los satisfactores urbanos básicos, una movilidad igualmente limitada que precisa de ser motorizada por la falta de proximidad con los nodos de atracción urbana
La ciudad es un crisol de incontables realidades, tan diversas entre sí como lo son quienes en ella habitan. Es por ello que la característica más visible de los entornos urbanos debería ser la notoria presencia de la diversidad. Algo distinto sería incongruente.
La razón es tan clara como obvia. Si en un entorno –por naturaleza heterogéneo– se advierten espacios homogeneizados, nos encontraríamos ante un síntoma de disfuncionalidad urbana, donde la ciudad deja de responder a su vocación a la diversidad.
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Sin embargo, esta homogeneización no responde a la espontaneidad o a la casualidad. Es algo premeditado y que cuenta con razonadas intenciones. Busca crear un entorno excluyente que responda a un interés de grupo, desdeñando de facto el interés colectivo.
Quienes habitan estos espacios están ahí por dos posibles razones: o por una decisión de voluntad propia, en que se ha elegido a conciencia el mejor lugar de entre distintas opciones, o porque no quedó de otra, ante la evidente falta de alternativas asequibles.
Es por ello que encontramos frecuentemente, en espacios bien conectados, con suficiencia de servicios y equipamiento, así como con espacio público de calidad, colonias que cuentan con inmuebles de un considerablemente alto valor de mercado.
Y, también frecuentemente, encontramos en espacios alejados de los centros urbanos, que presentan precariedad de servicios públicos, con mala conectividad y muy limitadas opciones de movilidad, clústers de vivienda que se catalogan como “de interés social”.
Claro que dicho concepto, de reflejar lo que se debe entender idealmente por interés social, tendría una mucho mayor amplitud por lo que hace a sus características de habitabilidad y disfrute. Sin embargo, la realidad se aleja considerablemente de ello.
Como señalaba líneas arriba, esto no obedece a la casualidad. Es el resultado de una planeación que ha sido guiada más por el mercado de suelos que por el interés público, lo que se ve comúnmente replicado en las ciudades del contexto nacional y latinoamericano.
Este modelo de planeación genera condiciones de aumento del valor, como la plusvalía inducida por la dotación de infraestructura y satisfactores urbanos, en ciertos espacios. Mientras que en otros, en los que se hace apenas lo necesario, el valor se mantiene bajo.
Los primeros espacios se van convirtiendo en inaccesibles por el aumento en su valor de mercado para las personas de menor ingreso, viéndose desplazadas a la periferia, justo donde las dificultades de conectividad y acceso a servicios aumentan el costo de vida.
Esta forma de exclusión territorial por presiones económicas aleja de los principales satisfactores urbanos a la población que presenta condiciones de vulnerabilidad en mayor grado, acentuándose por la dificultad de acceso a lo necesario para vivir y habitar.
Por otro lado, la periferia, donde por lo general se ubica el suelo de menor valor del mercado, se densifica a partir del desarrollo de la también llamada “vivienda popular”, misma que es la que puede ser costeada por la gente que cuenta con menor ingreso.
En estas zonas, durante varios años, se crearon verdaderos guetos urbanos en los que la densificación era la prioridad, sin necesariamente contar con condiciones de consolidación urbana que permitieran una forma adecuada y sostenible de densificar.
El resultado es dramáticamente claro. Quienes habitan en la periferia tienen un acceso limitado a los satisfactores urbanos básicos, una movilidad igualmente limitada que precisa de ser motorizada por la falta de proximidad con los nodos de atracción urbana.
Sobre este último punto, por ejemplo, una cantidad importante de habitantes de la periferia requiere usar dos o más rutas de transporte público para ir y venir diariamente al trabajo o a la escuela, lo que compromete buena parte de su ingreso.
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Lo adecuado, lo justo, lo de “interés social”, sería que la vivienda de las personas más vulnerables por temas de ingreso se encontrara en espacios mejor conectados, con servicios accesibles y con equipamiento suficiente para el mínimo de traslados lejanos.
Esto permitiría equilibrar los factores de vulnerabilidad, reduciendo las desigualdades y generando un mejor acceso a oportunidades de desarrollo para la población menos privilegiada. Adoptar modelos como la vivienda mixta ayudaría enormemente a lograrlo.
Ciudades que adopten mecanismos para desincentivar la exclusión territorial y favorezcan la integridad del entorno urbano desde la diversidad tendrán un futuro posible.