Copleros y coplas (II)

Politicón
/ 28 julio 2021

He ido apuntando coplas leídas en libros o escuchadas en noches de bohemia. Algunas son muy lindas, y llevan intención:

                      

Mis ojos fueron testigos

que te vieron persignar.

¡Quién te pudiera besar

donde dices “enemigos”!

 

Y es que la palabra “enemigos” se pronuncia cuando la persona que se está persignando lleva el dedo pulgar de uno a otro extremo de los labios.

Don Ricardo Palma registró en sus “Tradiciones peruanas” una copla de amor disimulado, Está hecha en la grácil forma de una seguidilla:

                                    

No me mires, que miran

que nos miramos.

Miremos la manera

de no mirarnos.

No nos miremos,

y cuando no nos miren

nos miraremos.

 

Juego de amor es ése, más que juego de palabras.

Hay coplas mexicanos muy bonitas. Una de las más bellas que conozco es la que alguna vez se usó para piropear a una muchacha bonita y morena.

                                     

Las morenas me gustan

desde que supe

que es morena la Virgen

de Guadalupe.

 En el género de la copla debe inscribirse la pequeña joya poética que escribió el mexicano Francisco A. de Icaza en loor de la ciudad de Granada. Hasta nuestros días se conserva esa cuarteta, escrita en azulejos, en uno de los más bellos jardines de esa ciudad andaluza. Resulta paradoja, dicho sea entre paréntesis, que la más bella copla de tema granadino y la más hermosa canción sobre Granada hayan sido escritas por sendos mexicanos: don Francisco A. de Icaza y Agustín Lara. Dice así la copla de Icaza, que cito de memoria:

                          

Dale limosna, mujer,

que no hay en el mundo nada

como la pena de ser

ciego en Granada.

 

En Saltillo se escribió una traviesa coplilla que en su tiempo fue famosa, y que vale la pena apuntar para cuando se ofrezca. Me la trasmitió el señor licenciado Francisco García Cárdenas, de inolvidable memoria, quien la escuchó de labios de su autor, el poeta y dramaturgo Marcelino Dávalos. Este señor, durante los días que vivió en nuestra ciudad, fue víctima del asedio de los zancudos que en las noches de verano a todos nos acosan, nos punzan con su lanceta y nos desvelan con su incesante y molestísimo zumbar. He aquí esa copla saltillera dirigida al zancudo:

                                             

Haz como piojos o chinches,

que tienen educación:

pícame hasta que te hinches

¡pero no chifles, cabrón!