El verdadero significado de las fiestas

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Politicón
/ 21 diciembre 2016
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Se dice hasta el cansancio que el significado de estas fechas se ha perdido en un océano de consumismo, estridencia y frenesí hedonístico.

Naturalmente, a los de carácter más frugal les causa desazón que la espiritualidad de la época se haya visto reemplazada con el carnaval de excesos del que encima nos jactamos atribuyéndole el apologético título de “maratón”.

 A la Santa Madre Iglesia también debe causarle molestia que el Natalicio del Mesías sirva hoy día como un simple pretexto para el desenfreno.

Es obvio que en el mundo eminentemente rural previo a la Revolución Industrial (sí, otra vez), la Navidad constituía una pausa en las insípidas vidas campesinas, un recordatorio de que hubo un Salvador cuya promesa de recompensa eterna les aguardaba al final de sus patéticas, fútiles y fatigosas existencias.

Pero luego de la industrialización el hombre promedio experimentó una mejoría notable en su calidad y expectativa de vida y tuvo acceso a bienes, productos, servicios y enseres  que en otro tiempo no eran imaginables, no digamos ya asequibles.

El precio de vivir en la modernidad fue precisamente convertirse en mano de obra para esta industria y ser a la vez su principal consumidor, para que el engranaje económico se mantuviera en perpetua rotación.

Con una vida considerablemente más confortable, nuestras expectativas en el Más Allá  bajaron muchísimo, aunque no se diluyeron del todo. Y aunque conservamos esencialmente el sistema de creencias vigente desde el Medioevo, éste se fusionó con el nuevo credo en ascenso: el culto a las posesiones materiales. Si antiguamente una parcela y un arado representaban un patrimonio para heredar por generaciones, en el Siglo 20 los automóviles estrenaban nuevos modelos cada año (en el Siglo 21 lo de hoy es cambiar de teléfono cada vez que Apple quiere).          

La Navidad hizo colisión con este inusitado consumismo, los regalos se volvieron cada vez más elaborados y superficiales; los comercios le dieron ese aire carnavalesco y los medios de comunicación la masificaron. Era obvio que la gente terminaría por obviar el carácter religioso de la fiesta para atender únicamente los aspectos mundanos y epicúreos de la conmemoración.

Desde entonces nos reprehendemos, año con año, por olvidar el verdadero significado de la Navidad (aunque la extensa tradición literaria navideña nos conmina a recordarlo siempre) y nos prometemos que habremos de observar unas celebraciones sobrias, austeras y muy espirituales.

Luego no recordamos nada más hasta que una mañana de enero despertamos con una cruda que marca nuestro trágedia para el resto del año, con cinco kilos extra y endeudados hasta el zurrón (ropo pom pon).

Nos reprochamos duramente, aunque culpamos en el fondo, de todo nuestro malestar físico, anímico y económico a la corrupción mercantilista de las fiestas decembrinas.

¿Será? ¿Será que estamos tan mal, que no tenemos remedio? ¿Será que hemos olvidado para siempre el significado de la Navidad y lo único que nos queda es esta orgía anual de calorías, alcohol y deudas?

¡Pues alégrese porque al parecer estamos en la sintonía correcta!

Sucede que La Biblia nada dice respecto a la fecha del Nacimiento del Mesías (alias Yisus H. Cráist). La Iglesia adoptó, varios siglos después de Jesús, el 25 de Diciembre, para posicionar mejor la Natividad dentro del calendario litúrgico, haciéndola coincidir con días que ya de por sí eran de fiesta en muchas otras tradiciones paganas.

Todo lo define el año natural, es decir, el calendario solar: tenemos, alrededor del 25 de diciembre el solsticio de invierno, el día más corto del año, pero también el inicio del retorno del astro rey hacia el hemisferio norte. Gradualmente los días se irán haciendo más largos con respecto a la noche hasta que, hacia finales de marzo, todo esté renacido gracias a la Primavera.

Son incontables las deidades (previas a la cristiandad) cuyo nacimiento se celebra o celebraba también alrededor del 25 de diciembre (sin que sea ésta la única afinidad). Horus, Attis de Frigia, Mitra de Persia y otros seres de luz  apagaban sus velitas el mismo día que nuestro querido Niño Dios, no por una portentosa coincidencia divina, sino debido a una cuestión eminentemente astronómica.

Sucede también que muchas de estas conmemoraciones (de las que tomó prestada la fecha y muchos de sus simbolismos nuestra Navidad) no eran en absoluto solemnes, sino auténticos pachangones de miedo que se prolongaban por varios días, algo así como la última quincena del año (¿le suena conocido?).

De tal suerte que si  al día de hoy es su deseo o su debilidad el entregarse al vicio, al fornicio, al consumismo (hasta de sustancias si quiere), a la más laxa disipación de los sentidos y a la relajación moral, pues no se me achicopale, ya que al menos, en un estricto sentido histórico, no es usted el que está traicionando el espíritu de las fiestas.

Fue la Iglesia y su Niño Dios, quienes quisieron arrebatarnos nuestro muy legítimo derecho al gozo más sibarita. Pero por fortuna, parece que ya estamos retomando el buen camino.

¡Salud!

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Columna: Nación Petatiux

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