Virus, magia y fe; en tiempos de pandemia crece la ignorancia
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Si usted me ha leído desde que inició esta pandemia, esta alerta o emergencia bacteriológica no sólo en México, sino en el mundo, he tratado de ofrecerle aristas o ángulos diferentes. Su servidor nunca le va a recomendar lo ya alentado hasta el cansancio: lávate las manos, ponte gel, ponte cubrebocas, no salgas, no respires, haz ejercicio en tu casa, pésatela vegetando (mientras otros se enriquecen y viven) y un largo etcétera. Eso no es lo mío. La cosa moral se le da a mis compañeros de página sabatina: Luis Fernando Nieto y Javier Cárdenas (y a muchos otros más). No a mí. Yo soy escritor y periodista, y trato de darle letras para su punto de análisis, para que usted tome decisiones, sus mejores decisiones en su vida diaria y a futuro.
Nunca quiero convencer a nadie. Es lo que pienso, tome usted lo pertinente y lo demás tírelo a la basura. Perdón por ser tan primitivo (o pendejo, pues), pero a mí el bicho, usted lo ha leído, me tiene sin cuidado. Sigo viajando. Soy libre. Sigo asistiendo a tabernas de poca monta (las pocas que hay abiertas hoy). Y así quiero seguir y por eso lucho diario. Me sigo moviendo para buscar pesos (ni Andrés Manuel López Obrador cumple con lo que pide y exige: quédate en casa; él menos que nadie, ¿por qué habría de obedecerle si él no cumple con nada?) y a mí ninguna pichurrienta emergencia me va a coartar mi libertad. ¿Qué hago? Simplemente tomo las precauciones del caso, agrego mi inteligencia y mi sentido común y listo. Así ha sido siempre y así voy a seguir.
Por eso hoy le dedico este apretado texto a lo siguiente: es increíble que en pleno siglo 21, siglo en teoría emparentado con la más alta tecnología y avances científicos de alto calado, justo hoy que tenemos todo el mundo y todo su saber a un “click de distancia” vía los teléfonos “inteligentes,” y justo hoy que estamos siempre “conectados y en tiempo real” (lo que eso signifique) se ha hecho presente la más tenebrosa ignorancia: la magia, la superstición, los hechizos, los amuletos, los mantras, la chabacanería, la ignorancia… la estupidez. México no avanza y sí retrocede. Estoy pasmado: nadie dice nada y nadie al menos se burla de ello. La siguiente es una breve recopilación de supersticiones, magia, amuletos y dislates que circulan con motivo de la pandemia. Estoy asustado de lo siguiente.
Salga a caminar por cualquier calle de Saltillo. En las puertas y ventanas tienen colgados pañuelos o trapos blancos. En otras casas tienen anudados trapos rojos. En otras residencias, bolsitas transparentes llenas de agua. Puf. ¿Eso sirve para que en dichas casas no entre tan cabrón virus? De espanto la superstición y superchería. Tanto o más que la engañifa oficial de Andrés Manuel López Obrador; al mostrar dos estampitas religiosas, un billete de dos dólares y un trébol de cuatro hojas, dijo: “Detente, enemigo, que el Corazón de Jesús está conmigo” (miércoles 18 de marzo).
ESQUINA-BAJAN
Debidamente documentados, alrededor del mundo se han creado 2 mil 750 dioses fundados por nosotros mismos. ¿Por qué creer entonces en trapos encantados o estampitas milagrosas de tal o cual santo católico? Con Internet, la oscuridad medieval se ha disparado: la ignorancia es un pandemónium. Para el investigador norteamericano Claude Fischer, la cantidad de estadounidenses que creen en los espíritus ha pasado de “1 de cada 10 a 1 de cada 3”. Y añade: hoy es más recurrente que un joven diga que fue a consultar un vidente, cree en espíritus y casas embrujadas, a que lo crea una persona madura. Un estudio de la UNAM estima que hay alrededor de 30 mil brujos en México. El investigador Elio Masferrer Kan, antropólogo, deja caer una cifra de espanto: hay 100 brujos por cada 3 mil 500 ciudadanos. Más leña al fuego del debate: según la Encuesta sobre la Percepción Pública de la Ciencia y la Tecnología en México, elaborada por el Conacyt y el Inegi, 83.6 por ciento de los mexicanos reconoce confiar más en la fe y “poco en la ciencia”.
Un billete de dos dólares, dos estampitas y una hoja de cuatro puntas son los “guardaespaldas” de un Presidente mexicano que no cree en la ciencia y sí en la fe oscura y ciega. Yo he ido apilando billetes de dos dólares en mi cartera. Tengo al menos cinco. ¿Estoy protegido a la quinta potencia? ¡Puf! Qué pinche ignorancia hoy, justo hoy que todo mundo tiene un celular “inteligente” a la mano y de full time en internet. Tome un vaso de agua, no se vaya a desmayar, lea lo siguiente: en dicha investigación, 57.5 por ciento de los mexicanos encuestados considera que “debido a sus conocimientos, los investigadores científicos tienen un poder que los hace peligrosos”. En un país como México, donde aún la población mayoritariamente es católica y luego cristiana (alrededor del 80 por ciento), sigue predominando una mentalidad de fe y magia. AMLO es la prueba palpable y a la vista de ello.
Luego de esto y siguiendo –imagino– sus enseñanzas y “fe”, el monje de Raúl Vera López y sus acólitos, entre ellos empresarios, panistas y “artistas” por igual, se unieron el pasado viernes 3 de abril para que tres minutos antes de las 17:00 horas de dicho día, sonaran al unísono las campanas de las 86 parroquias y rectorías de la Diócesis de Saltillo para que de esta manera cese la pandemia del virus chino. Ignoro si el bicho tiene oídos, pero caray, a estas alturas con semejantes mamadas da mucho qué pensar. Y el monje Vera López para esto sí usa campanas al vuelo, pero cuando se trata de reflectores, allí anda, en la mitad del circo para salir en todos lados con lentejuela y oropel. Congruente jamás ha sido; creyente, menos. Otros ejemplos se me quedan en el tintero.
LETRAS MINÚSCULAS
“Los objetos externos tienen escaso poder; no influyen… en nosotros, ni en bien ni en mal”, Lucio Anneo Séneca, siglo I de nuestra era.