Por calle de Bravo

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Opinión
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Barrio muy popular y populoso era ése de la calle de Bravo. Procuraré decir de sus vecinos, según la traza que he sacado de diversas fuentes

Vivía aquí, en Saltillo, allá en los principios de los años veinte del pasado siglo. Su casa estaba por la calle de Bravo, entre Pérez Treviño –que entonces era de Iturbide– y Múzquiz.

Se llamaba doña Matilde. Su apellido no lo he podido averiguar. Era una recia señora a quien las tormentas de la vida habían hecho fuerte. Viuda, no tenía más compañía que la de dos hijos ya grandes y solteros, el uno un poco tonto (“bueno nomás pa’ hacer mandados”, se decía de los de su condición), rematadamente loco el otro, gigante inofensivo que a pesar de su adulta edad seguía siendo niño.

https://vanguardia.com.mx/opinion/el-alma-perdida-DJ23805226

Vestía doña Matilde conforme a la usanza de las mujeres del pueblo en aquel tiempo: una saya larga fajada a la cintura y una blusa suelta que le cubría hasta un poco más abajo de la cintura. Doña Matilde era habladora, amiga de chismes y cotilleos. Se metía en enredos de comadres; andaba siempre en dimes y diretes con el vecindario. Eran famosos sus pleitos con otras mujeres de su mismo talante y natural. Cierto día, una le gritó al discutir con ella de acera a acera:

–¡Lo que pasa es que es usté una vieja mula!

–¿Mula yo? –replicó engallada doña Matilde–. ¡Sepa usted, vieja pedorra, que he parido 14 veces!

Barrio muy popular y populoso era ése de la calle de Bravo. Procuraré decir de sus vecinos, según la traza que he sacado de diversas fuentes.

En la misma cuadra de doña Matilde vivía una buena señora, doña Romulita. Era madre de un personaje famoso y conocido: el licenciado Manuel Rodríguez Tejeda, llamado por todos Manolín. Este caballero tenía aficiones poéticas –profesaba la cátedra de Literatura en el Ateneo Fuente–, y poseía también etílica afición. No sé si Baco o la poesía fue causa de que con los años se le anublara la razón. Dio entonces en peregrinas ocurrencias que asombraban a todos y a todos les suspendían el ánimo. Afirmaba, por ejemplo, que estaba entregado a una audaz empresa del pensamiento que nadie en toda la historia de la Humanidad había intentado y que le daría gloria imperecedera: iba a demostrar matemáticamente, por medio de complicadas ecuaciones algebraicas, la virginidad de María.

¿Quiénes más vivían en aquel barrio tan bonito de la calle de Bravo, hace ya casi cien años? Lo diré.

https://vanguardia.com.mx/opinion/bueno-bueno-bueno-OO23780842

Vivía el licenciado don Marín M. Treviño.

Vivía el Padre Robles, cura de la Parroquia del Sagrario de la Catedral.

Vivía don Marcos Recio.

Vivía un señor al que llamaban Mano Queño, fabricante de velas de estearina.

Vivían los padres del coronel Jesús Guajardo, aquel que en Chinameca le quitó la vida a Emiliano Zapata...

Se fueron todos ya.

Son sombra de sombras, fugaz recuerdo. Punto.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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