¿Por qué seguimos imaginando una nueva guerra civil?

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Opinión
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La idea de un divorcio nacional surge periódicamente en nuestra política

Por Michelle Goldberg, The New York Times.

El psicólogo John Gottman dijo que nada es tan destructivo para un matrimonio como el desprecio. Las parejas pueden recuperarse de muchos tipos de conflictos, pero no de la aversión enconada: la sensación, por parte de una o ambas personas, de que el otro es inferior a ellas. Por eso, si los Estados Unidos azul y rojo fueran cónyuges, la relación parecería irremediable. Podemos llamarlo diferencias irreconciliables.

Durante la última década al menos, el desprecio florido y agresivo ha sido una constante en nuestra política. Después de todo, Donald Trump no solo inunda de insultos a las ciudades y estados liberales (y, en un destornillado video de inteligencia artificial que publicó, de excremento). Su presidencia se ha dedicado a castigar a los lugares que no votaron por él, lo que ha incluido retener fondos para la atención médica y para desastres. Una de las cosas que a sus votantes les ha encantado de él durante mucho tiempo es la humillación y la desesperación que les causa a sus conciudadanos.

Muchos de esos partidarios de Trump todavía están resentidos de que Hillary Clinton haya llamado a algunos de ellos “deplorables”. Durante décadas han estado hirviendo de rabia por la falta de respeto que sienten que emana de las capitales culturales de Estados Unidos. Me parece obvio que el Estados Unidos azul es más abusado que abusador, pero en realidad eso no importa; la imposibilidad de llegar a un acuerdo sobre la conmensurabilidad de nuestros agravios solo subraya la toxicidad de la relación.

Sin embargo, la separación consciente no es fácil con poblaciones profundamente entrelazadas que no tienen una frontera clara entre sí. La idea de un divorcio nacional surge periódicamente en nuestra política (Marjorie Taylor Greene lo pidió repetidamente cuando estaba en el Congreso), pero nunca llega a ninguna parte porque es inviable. Por desgracia, el statu quo también parece inviable. Somos comunidades mutuamente hostiles atadas de una manera que frustra los ideales de cada facción sobre una sociedad decente. A falta de un camino claro a seguir, la ficción se convierte en la válvula de escape para esta sensación de un estancamiento intolerable, para imaginar una catarsis violenta o una escapatoria.

Dos nuevas y muy comentadas novelas se desarrollan con el telón de fondo de un colapso estadounidense: The Breakup de Kurt Andersen, publicada esta semana, y Exit Party de Emily St. John Mandel, que sale en septiembre. Se unen a un pequeño canon de ficción sobre la disolución de Estados Unidos creado en la última década, que incluye novelas como American War de Omar El Akkad y Biografía de X de Catherine Lacey, la versión televisiva de El cuento de la criada y la película Guerra civil de Alex Garland. Lo que hace que The Breakup y Exit Party sean diferentes de otras especulaciones recientes sobre una guerra civil es la sensación de que separarse podría ser lo mejor.

El matrimonio es una metáfora de uso frecuente para Estados Unidos, y Andersen, fundador de la revista Spy y ex editor en jefe de la revista New York, la toma como punto de partida. Ambientada en gran parte en 2045, The Breakup sigue a una pareja políticamente heterogénea, Asher y Natalie, cuya separación coincide con el divorcio nacional de Estados Unidos. Parte de su ruptura proviene de sus diferentes posturas hacia lo que el libro llama la “Desunión”. Asher, un judío progresista que se siente más a gusto en las ciudades, se alegra básicamente de deshacerse de los territorios de derecha que se separan para formar la República Estadounidense Libre. Natalie, el tipo de liberal clásica en contra de lo “woke” que en nuestra época podría escribir para The Free Press, lamenta el fin de Estados Unidos. Incapaz de soportar su engreído entorno de San Francisco, se muda a Tennessee, donde creció.

Algunas cosas de The Breakup me irritaron. Está llena de probables anacronismos: me resulta más fácil creer que Estados Unidos se desmoronará a que en 2045 la gente seguirá enviándose emojis de fuego por mensaje de texto o diciendo “suelta la sopa” cuando quieren decir chismear. El libro también está demasiado lleno de un cumplimiento simplista de los deseos liberales. Aislada de la generosidad de los estados azules, la República Estadounidense Libre lidia con una crisis económica y con la emigración. Montana, que sufre el “remordimiento de los secesionistas”, intenta reincorporarse a unos Estados Unidos que acaban de elegir presidenta a Alexandria Ocasio-Cortez.

Pero aprecié la atención de Andersen a los banales detalles burocráticos de la Desunión. Hay una guerra civil en The Breakup, pero es una relativamente pequeña; los estadounidenses simplemente no están tan dedicados a mantener unida a la nación. Los problemas de desarticular al país son principalmente logísticos, como de qué forma conectar las ciudades azules en los estados rojos (llamadas RMI, o “regiones metropolitanas independientes”) con el territorio continental de Estados Unidos. Muchas de estas cuestiones son manejadas, al típico estilo estadounidense, por abogados que encuentran en la Desunión un nuevo mercado lucrativo.

Así que, aunque el divorcio nacional en The Breakup es triste y a veces espantoso, no es completamente cataclísmico. En el universo de la novela, Estados Unidos es más distópico cuando todavía está unido.

Lo mismo ocurre, de manera más sutil, con Exit Party de Emily St. John Mandel. St. John Mandel escribió maravillosamente sobre un mundo posapocalíptico en Station Eleven, su libro de 2014 sobre una civilización desmoronada por una pandemia. Dada la clarividencia de ese libro, es un poco inquietante que ahora haya escrito sobre una guerra civil. “Estados Unidos se había desmoronado tras un golpe de Estado”, nos dice en la primera página. La historia comienza con una fiesta en Los Ángeles para celebrar el levantamiento de un toque de queda en la recién independizada República de California.

El Estados Unidos de la posguerra civil de St. John Mandel es un lugar brutal. Los Ángeles está lleno de barrios marginales y refugiados. En el centro de Estados Unidos, pronto nos enteramos de que las cosas son peores, ya que milicias rivales se pelean por el territorio. Aun así, hay esperanza en la nueva configuración. “Sé que los países no duran para siempre, y que siempre va a haber nuevos”, dice un invitado en la fiesta, “pero se siente como un milagro, ¿verdad?”.

Durante el primer mandato de Trump, la gente solía decir que sentía que nos habíamos desviado hacia una mala línea temporal. Exit Party dramatiza esa idea, y a medida que el libro avanza, empieza a parecer que la línea temporal en la que Estados Unidos se resquebraja podría no ser la peor. “Había un mundo en el que mi patria se había fracturado en el caos, y otro en el que mi patria se había cerrado como un puño”, dice un personaje.

Nuestro sistema constitucional nos protege unos de otros, pero su rigidez (la casi imposibilidad de aprobar enmiendas constitucionales, el sesgo estructural en contra de las ciudades) también ha llegado a sentirse como una jaula. The Breakup y Exit Party sugieren que es más fácil imaginar un futuro lleno de posibilidades fuera de este sistema que dentro de él. “Sí parece que la gente se está impacientando cada vez más, y creo que los novelistas se están dando cuenta de eso”, me dijo Richard Kreitner, autor de Break It Up: Secession, Division and the Secret History of America’s Imperfect Union.

Kreitner señaló que las historias de desunión proliferaron durante otros momentos de conflicto nacional. Escribió en Slate que años antes de la Guerra Civil, los sureños escribieron novelas sobre la secesión y el derramamiento de sangre seccional. En medio de las convulsiones de la década de 1970, hubo otra oleada de libros que imaginaban el fin de Estados Unidos, incluyendo Ecotopía, sobre un paraíso medioambiental separatista de la costa oeste, y el texto de supremacía blanca Los diarios de Turner, que sigue inspirando a la extrema derecha.

La ficción no nos muestra necesariamente el futuro, pero puede ser un sistema de alerta temprana, uno que detecta anhelos volátiles y tabúes mucho antes de que se conviertan en un programa político. Es probable que no haya manera de que el Estados Unidos rojo y el azul se liberen el uno del otro, no sin un nivel de derramamiento de sangre y ruina que dejaría a todos mucho peor de lo que estamos ahora. Sin embargo, si las fantasías de acabar con la unión parecen tentadoras, es una señal de lo desencantada que se ha vuelto.

Michelle Goldberg es columnista de Opinión desde 2017. Es autora de varios libros sobre política, religión y derechos de la mujer, y formó parte de un equipo que ganó un Premio Pulitzer al servicio público en 2018 por informar sobre el acoso sexual en el lugar de trabajo.

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El periódico publicado en la ciudad de Nueva York es editado por Arthur Gregg Sulzberger y se distribuye en los Estados Unidos y otros países. Desde su primer Premio Pulitzer, en 1851, hasta la fecha, lo ha ganado 132 veces.

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