Primero pensar antes de usar la IA
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El aprendizaje requiere esfuerzo cognitivo: prestar atención durante la lectura, escribir, equivocarse, corregir, planificar respuestas y mantener la atención
En los últimos dos años, la inteligencia artificial ha invadido las escuelas con una rapidez a la que pocos sistemas educativos estaban preparados para responder. Herramientas para la escritura automática, generadores de respuestas, plataformas adaptativas y asistentes inteligentes en el aula se ofrecen con la promesa de ser más eficaces, personalizadas y rápidas. Por eso, cada vez más docentes y padres empiezan a hacerse una pregunta incómoda: ¿qué costo cognitivo y formativo está teniendo este avance en los estudiantes?
El problema no es la tecnología en sí misma. La escuela ha ido incorporando nuevas herramientas a lo largo de los años. Lo realmente complicado es que la IA no es una tecnología educativa más: es una tecnología que piensa, elige y responde en lugar del estudiante. Y una vez que esto empieza a ocurrir, sin límites claros, el aprendizaje se transforma. Desde la neurociencia sabemos que el aprendizaje requiere esfuerzo cognitivo: prestar atención durante la lectura, escribir, equivocarse, corregir, planificar respuestas y mantener la atención.
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Hay muchos docentes que afirman que les ocurre una situación paradójica: sus estudiantes entregan tareas “mejor escritas”, pero no saben explicar lo que han entregado. Mientras que los padres observan que sus hijos son más rápidos con las tareas, pero cada vez toleran menos la frustración y el esfuerzo mental. Y no es casualidad. Una IA puede optimizar resultados visibles, pero puede debilitar procesos invisibles y necesarios. En otras palabras, como maestro universitario, “extraño los errores ortográficos, de redacción y de organización en los trabajos escritos”.
Y, por último, la utilización indiscriminada de la IA en la escuela afecta el clima escolar. Cuando el aprendizaje deja de ser algo personal y experimentable, se convierte en una tarea asistida. Junto a esta cuestión, también hay que tener en cuenta que, a la larga, puede afectar la motivación, la autoestima académica y la confianza en las propias capacidades.
Otro riesgo importante es la desigualdad cognitiva, ya que los estudiantes que cuentan con mejores procesos cognitivos, el acompañamiento del adulto y los hábitos de lectura pueden utilizar la IA como apoyo en sus propias reflexiones; por el contrario, aquellos que tienen más dificultades atencionales, baja autorregulación o poco modo de acompañarse tienden a utilizar la IA como sustituto del pensamiento. La brecha, en lugar de disminuir, se amplía.
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La cuestión clave no es “¿usamos IA o no?”, sino “¿qué proceso cognitivo debe realizar el alumno antes de utilizarla?, ¿qué parte del trabajo sigue siendo humana e insustituible?, ¿cómo evaluamos el tipo de pensamiento, no sólo el producto final?”. Aquí entra en juego la alfabetización digital y de la IA: enseñar a los estudiantes no sólo a usar herramientas, sino también a saber cuándo no usarlas. Aprender a pensar antes de consultar, a escribir antes de corregir y a resolver antes de automatizar.
Una IA bien manejada puede ayudar a revisar, ampliar, comparar o simular, pero no debe ser el punto de partida del aprendizaje. Cuando se convierte en el punto de partida, el alumno aprende menos y se engaña. Por lo tanto, el mayor peligro del uso de la IA en las aulas es el deterioro silencioso del pensamiento autónomo. Padres y profesores compartimos un riesgo común: el de preservar el derecho de los alumnos a desarrollar su inteligencia, incluso –y, sobre todo– en la era de las máquinas inteligentes. La educación no es obtener una respuesta rápida a la primera pregunta, sino inculcar en las personas el saber pensar por sí solas.