¿Qué incentiva los ataques en escuelas?
En ambientes radicalizados se insiste en normalizar y exaltar expresiones de odio
El mismo día que dos hermanos atacaron su antigua escuela en Torreón y mataron a una directiva e hirieron a cuatro personas más, en Querétaro un estudiante acuchilló a un compañero y a tres trabajadores de su plantel. En Chiapas, a su vez, dos niños de sexto grado agredieron con una navaja a otro de seis años; y en Hidalgo, autoridades escolares hallaron un arma de fuego, presumiblemente cargada, en la mochila de un alumno de secundaria.
El investigador Víctor Manuel Sánchez Valdés, de la Universidad Autónoma de Coahuila, ha registrado 157 ataques con armas de fuego en escuelas mexicanas desde el año 2000 hasta lo que va de 2026. El presente ya es el año con más ataques, con 31, seguido por 2025, con 30.
Para ponerlo en contexto, todos los días millones de adolescentes y jóvenes asisten a las escuelas secundarias, preparatorias y de educación superior sin que agredan a nadie y sin ser atacados, pero los 157 casos, más otros en los que no se han usado armas de fuego, son una realidad concreta, con tendencia al alza, que debemos atender.
Al menos 157 adolescentes tuvieron en su entorno armas de fuego o pudieron conseguirlas. No puede pasarse por alto que son ahora más accesibles, lo que forma parte esencial del desafío de contener este tipo de violencia, cuya reiteración en Estados Unidos solíamos lamentar como algo que únicamente sucedía más allá de nuestras fronteras.
Es necesario considerar dos entornos de gran peso en estos sucesos: el personal, en el que pudo haber un pasado de bullying y contextos familiares disfuncionales, y el general, esto es, una población menor de 20 años que sólo conoce un México en batalla constante contra la inseguridad.
También se requiere reforzar y ampliar los programas de atención mental, sobre todo para niños y adolescentes, tanto en escuelas como fuera de ellas, lo que ayudaría a reducir los efectos emocionales de la violencia real y de la digital, que reproduce, difunde o incluso exalta los hechos violentos y a sus perpetradores.
Cabe preguntarse entonces, ¿qué papel juegan las comunidades digitales en el proceso de radicalización de los adolescentes hasta convertirlos en seguidores de atacantes o incluso en atacantes ellos mismos?
En las llamadas cámaras de eco, los participantes reciben reiteradamente informaciones y opiniones que refuerzan sus creencias y los alejan de ideas diferentes. En estos ambientes radicalizados se insiste en normalizar y exaltar expresiones de odio. Mediante su mutua validación, los miembros de estas comunidades suelen desarrollar posiciones más extremas, que pueden llevarlos a emular a los victimarios que admiran.
Tras la mayoría de los ataques criminales en escuelas, los investigadores encuentran toda una senda de evidencias que confirman que el o los perpetradores anunciaron en redes lo que se proponían hacer en su obsesiva busca de notoriedad, a costa de vidas ajenas y de la propia, la cual valoran en menos que dos días de fama póstuma.
Como sociedad debemos contribuir a frenar esta violencia en escuelas, la cual amenaza uno de los ámbitos más valiosos para la formación de nuestra niñez y adolescencia, los cuales deben garantizar siempre confianza, crecimiento y seguridad.
Especialista en derechos humanos