Que los desastres naturales en Asia no se conviertan en crisis financieras

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Opinión
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Las autoridades deben prepararse para las repercusiones económicas de los fenómenos meteorológicos extremos

Por Yasuto Watanabe, Project Syndicate.

SINGAPUR- Las catastróficas inundaciones en Nepal ponen de manifiesto una vez más las devastadoras consecuencias humanas y económicas del cambio climático. La prioridad inmediata debe ser salvar vidas y apoyar a las comunidades afectadas. Pero la destrucción también destaca de qué manera los riesgos físicos pueden transformarse en poco tiempo en perturbaciones macroeconómicas.

Las causas de estos fenómenos son variadas, y no hay que apresurarse a atribuir ningún desastre concreto a El Niño o al cambio climático. Aun así, la Organización Meteorológica Mundial prevé que El Niño (que ya está siendo fuerte) se intensificará desde agosto hasta octubre, con probabilidad de que se registren temperaturas superiores a lo normal en gran parte del mundo y cambios importantes en las pautas de lluvia. En el sudeste asiático, El Niño suele reducir las precipitaciones y aumenta el riesgo de sequías, incendios forestales y calimas, aunque los efectos varían según los países y estaciones.

Las autoridades deben prepararse para las repercusiones económicas de los fenómenos meteorológicos extremos. Las sequías, las inundaciones y las olas de calor dañan los cultivos y las infraestructuras. En países con reservas alimentarias insuficientes, problemas de logística y fuentes de importación concentradas, la pérdida de producción puede provocar escasez, aumento de precios y caída del poder adquisitivo de los hogares. Esto obliga a los gobiernos a subsidiar precios o habilitar importaciones de emergencia, mientras los bancos centrales enfrentan la difícil combinación de inflación impulsada por la oferta y debilidad de la demanda.

Luego vienen las repercusiones fiscales. Si no se logra una reparación o sustitución oportuna de carreteras, puertos, sistemas de riego, escuelas y hospitales, puede ocurrir que un trastorno temporal se convierta en un freno permanente a la capacidad productiva. Los gobiernos tal vez deban desviar el gasto destinado al desarrollo, pedir préstamos con urgencia o esperar ayuda externa. Un déficit de financiación posdesastre puede convertirse fácilmente en una recesión económica prolongada.

Frente a un desastre, los países deben estar preparados no sólo para limitar los daños físicos, sino también para reducir el tiempo de inactividad económica, mantener en funcionamiento los servicios públicos esenciales, contener las tensiones financieras y evitar que las pérdidas a corto plazo debiliten el crecimiento a largo plazo. Para que la recuperación sea firme y rápida es necesario entregar ayuda humanitaria y estabilizar las condiciones macroeconómicas.

La magnitud del desafío es asombrosa. Según la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres, entre 2001 y 2020 las pérdidas directas derivadas de desastres ascendieron en promedio a unos 180 mil‑200 mil millones de dólares anuales. Si se tienen en cuenta los efectos indirectos y sobre los ecosistemas, el costo total anual llega a más de 2.3 billones de dólares.

Asia tiene que prepararse. Con ese fin, los ministros de finanzas y los gobernadores de los bancos centrales de los países de la ASEAN+3 (los Estados miembros del Sudeste Asiático, más China, Japón y Corea del Sur) respaldaron en mayo la hoja de ruta para 2026‑28 de la Iniciativa de Financiación para el Riesgo de Desastres. Este marco ayudará a los miembros a desarrollar estrategias nacionales de financiación de medidas contra el riesgo de desastres y ampliar el uso de seguros, bonos para catástrofes y otros instrumentos pertinentes.

Pero la financiación preacordada no puede cubrir todos los costos de un desastre importante. Tampoco hay que esperar que lo hagan los seguros. Su valor consiste en la entrega fiable de fondos en la fase inicial de las crisis, un tiempo crucial en el que las demoras son más perjudiciales y los gobiernos tienen menos margen para improvisar. Por ejemplo, el 1 de septiembre, el Fondo de Seguros contra Riesgos de Desastre del Sudeste Asiático, una plataforma regional en el marco de la ASEAN+3, pagó un millón de dólares a Laos, sólo cinco días hábiles después de la publicación de datos oficiales que revelaron que las fuertes lluvias y las inundaciones generalizadas habían afectado a más de 260 mil personas.

Lo mejor es establecer una correspondencia entre la provisión de financiación y la clase de riesgo. Las pérdidas frecuentes y relativamente pequeñas pueden cubrirse con reservas presupuestarias y fondos para catástrofes. Frente a una perturbación de magnitud media se pueden usar créditos contingentes, y hay que reservar los seguros y los instrumentos del mercado de capitales ante todo para acontecimientos menos frecuentes pero de mayor relevancia fiscal. Para acelerar la llegada de fondos a las comunidades afectadas, los gobiernos deben contar con sistemas de protección social y planes de contingencia eficaces.

De este modo, los pasivos inciertos posdesastre se convierten en riesgos que es posible medir, valorar, distribuir y, lo más importante, gestionar con antelación. Cuando una parte de los costos de recuperación ya está acordada de antemano, es menos probable que los gobiernos deban aplicar aumentos súbitos de impuestos, recortar la inversión pública, recurrir a préstamos de emergencia o retrasar las ayudas. La exposición fiscal se vuelve más predecible, lo que reduce la incertidumbre en torno a la deuda pública, la inflación y el crecimiento económico.

Los beneficios trascienden el presupuesto público. Este enfoque también da a las empresas y a los mercados financieros más claridad sobre lo que ocurrirá después de un desastre en materia de tributación, recortes en la inversión pública, retrasos en los pagos y condiciones crediticias. Además, permite una restauración más rápida de puertos, carreteras, sistemas de electricidad y comunicaciones y así limita las interrupciones en las cadenas de suministro regionales. En la muy integrada región ASEAN+3, la recuperación de una economía contribuye a preservar la estabilidad de sus vecinos.

La economía del cambio climático redefine el papel de la financiación para el riesgo de desastres. Ya no es un mero instrumento periférico para el pago de indemnizaciones tras un fenómeno meteorológico extremo, sino que se ha convertido en una herramienta de política que protege el margen fiscal y mejora las perspectivas a medio plazo antes de que se produzca una crisis. La financiación para el riesgo de desastres funciona como un cortafuegos macroeconómico para la política fiscal, la estabilidad financiera, la seguridad alimentaria, la protección social y la planificación de infraestructuras, ya que reduce tanto la volatilidad económica como la incertidumbre sobre la recuperación.

La ASEAN+3 lleva décadas construyendo una red de seguridad financiera regional contra crisis monetarias y financieras. Ahora que la región está expuesta a los riesgos de un fenómeno de El Niño cada vez más intenso, la siguiente tarea está clara: evitar que los desastres naturales se conviertan en crisis humanitarias, fiscales y finalmente financieras. Un esquema regional de financiación para el riesgo de desastres dejará a los gobiernos mejor posicionados para reactivar sus economías, preservar el margen fiscal y contener efectos secundarios. Eso es resiliencia en un mundo cada vez más cálido. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Yasuto Watanabe es director y CEO de la Oficina de Investigación Macroeconómica de la ASEAN+3 (AMRO).

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