Quién pompó
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De quén chon, preguntaría Chico Che. De quén son esas partículas, de quén chon. Son de Pemex
El olor llegó primero. Antes del diagnóstico, antes de la tos crónica, del enfisema y del oncólogo con cara de pésame. Llegó como consiguen las verdades en Nuevo León. Arrastrado por el viento del sureste, a 45 kilómetros de distancia, desde una chimenea industrial con nombre y apellido.
El aroma, mezcla de orines de gato viejo, huevo podrido y gasolina mal quemada, se instaló en la zona metropolitana de Monterrey con la naturalidad de un inquilino moroso. Sin pagar renta, sin fecha de salida, sin vergüenza.
Quién pompó, cantaría Chico Che desde el más allá, con su overol y sus lentes cuadrados. Quién pompó ese olor, quién pompó esas cositas, quién pompó.
La respuesta no requiere investigación forense. La respuesta tiene 292,000 barriles diarios de capacidad, se llama Refinería “Ing. Héctor R. Lara Sosa” y pertenece a Petróleos Mexicanos. Está en Cadereyta Jiménez, municipio del oriente metropolitano, y lleva desde 1979 perfumando el aire regiomontano con dióxido de azufre, partículas PM2.5, PM10, óxidos de nitrógeno y el catálogo completo de compuestos orgánicos volátiles capaces de hacer llorar a un cactus.
El Sistema Integral de Monitoreo Ambiental (SIMA) del gobierno de Nuevo León registró, el 19 de enero de 2026, calidad del aire “muy mala” en la estación Sureste 3, ubicada en la colonia Jerónimo Treviño de Cadereyta. No fue sorpresa. Fue martes.
En 2011, Monterrey ya registraba una media anual de 36 microgramos por metro cúbico de PM2.5 y 86 de PM10. La Organización Mundial de la Salud recomienda un máximo de 5 μg/m³ anuales para PM2.5 y 15 para PM10. Es decir, los regiomontanos respiran siete veces más veneno del permitido por la ciencia. En Cadereyta, es una opinión, el combustóleo, un hecho.
Entre enero y mayo de 2026, según el Observatorio Ciudadano de la Calidad del Aire, con datos oficiales de Pemex, la refinería destinó el 22% de toda su producción de petrolíferos al combustóleo, la proporción más elevada para ese periodo desde 2004. El combustóleo es el residuo más sucio del proceso de refinación. Quemarlo equivale a encender una fogata de llantas en el patio trasero de cinco millones de personas. Solo con permiso federal.
De quén chon, preguntaría Chico Che. De quén son esas partículas, de quén chon. Son de Pemex, maestro. Son de todos y de nadie. Son del Estado mexicano, esa entidad abstracta incapaz de cerrar lo propio.
No es hipérbole. The Guardian clasificó a Pemex como la séptima corporación más contaminante del mundo. Y su refinería en Cadereyta, según el propio gobierno de Nuevo León, constituye la principal fuente de contaminación atmosférica del área metropolitana.
Un juez federal declaró ilegal su operación en marzo de 2025. Ilegal. La refinería siguió operando. El humo no lee sentencias.
Pese a más de 7,000 millones de pesos invertidos entre 2021 y 2023 para modernizarla y reducir emisiones, según reportó Milenio en abril de 2026, la planta sigue arrojando contaminantes con la generosidad de un tío borracho repartiendo abrazos en Navidad. La inversión millonaria se evaporó como el benceno en un día caluroso de agosto.
El Heraldo de México tituló en julio de 2026. Nuevo León sigue respirando promesas. Los ciudadanos respiran el mismo aire tóxico, ahora acompañado de más discursos. La disertación, al menos, no contiene azufre. O eso dicen.
Estudiantes de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) documentaron en 2026 un dato escalofriante. El cierre permanente de la refinería de Cadereyta podría prevenir 471 muertes anuales por causas internas en el área metropolitana. Cuatrocientas setenta y una personas al año. Un muerto cada 18 horas por respirar.
Los especialistas médicos de Monterrey, instituciones como el Hospital Universitario, el Tec de Monterrey, la propia UANL, han alertado sobre la relación directa entre contaminación y enfermedades respiratorias, cardiovasculares y cáncer. El enfisema pulmonar, esa destrucción lenta e irreversible de los alvéolos, encuentra en el aire regiomontano un aliado perfecto. El cáncer de pulmón, el de mayor prevalencia asociada a partículas finas, no necesita cigarrillos cuando tiene una refinería a 45 kilómetros.
El alergólogo Marco Núñez declaró a Telediario en febrero de 2025. La cantidad de contaminantes en el aire puede desencadenar alergias y enfermedades incurables. Incurables. La palabra suena a sentencia. Y lo es.
Verificado.com.mx publicó en febrero de 2025 un titular sin eufemismos. La calidad del aire en Monterrey cobra vidas. No metafóricamente. Literalmente. Las partículas PM2.5 esas esferas microscópicas menores a 2.5 micrómetros, invisibles al ojo, perfectamente visibles al microscopio de un patólogo penetran los pulmones, cruzan al torrente sanguíneo y se instalan en órganos con la paciencia de un asesino serial.
Volvamos al olor. Ese aroma a orines de gato, en realidad, mercaptanos y compuestos sulfurados liberados durante el craqueo catalítico del petróleo, se ha convertido en el perfume oficial de la zona metropolitana. Los regiomontanos lo reconocen como reconocen el cerro de la Silla. Con resignación paisajística.
Nuevo León vivió en 2024 los niveles de contaminación atmosférica más altos de los últimos cinco años, según el Observatorio Ciudadano dirigido por Selene Martínez. En enero de 2025, bajo el gobierno de Adrián de la Garza Santos, las estaciones de monitoreo reportaron niveles críticos de PM2.5. La iniciativa Todos por un Aire Más Limpio reportó en 2025 reducciones del 29% en PM2.5 y 25% en PM10. Pero reducir un veneno no es eliminarlo. Comprimir siete veces lo permitido sigue siendo cinco veces lo permitido. Las matemáticas del cáncer no admiten celebraciones.
Quién pompó esas cositas, insistiría Chico Che con su cumbia irreverente. Quién pompó ese cochecito. Solo aquí el cochecito es un camión cisterna de combustóleo, y las cositas son 471 ataúdes anuales.
El humo de Cadereyta no distingue colonias. Viaja con el viento del sureste y se deposita en San Pedro Garza García, donde viven los millonarios, con la misma ecuanimidad con la cual cubre Juárez, Guadalupe y Apodaca. Es, quizá, la única forma de igualdad real en una ciudad de contrastes brutales.
Todos respiran el mismo veneno. El cáncer de pulmón no pide credencial del SAT.
Hay una diferencia. Los ricos de San Pedro tienen seguros médicos internacionales y vuelos a Houston para tratarse en el MD Anderson. Los obreros de Cadereyta tienen la clínica del IMSS y una fila de tres meses para una radiografía. La democracia del humo termina donde empieza la democracia del dinero.
El gobierno estatal publicó el Plan Integral de Gestión de la Calidad del Aire 2022-2032 (PIGECA) para la zona metropolitana. Diez años de plazo. Mientras tanto, la refinería produce combustóleo al ritmo más alto en dos décadas. El plan es un documento. La refinería, un hecho. Los documentos se archivan. Los hechos se inhalan.
Francisco José Hernández Mandujano, Chico Che para el pueblo, murió de un derrame cerebral a los 43 años, en 1989, en la Ciudad de México. Nunca supo del SIMA, ni de las PM2.5, ni del combustóleo de Cadereyta. Pero su pregunta sigue flotando en el aire sulfuroso de Monterrey como una cumbia eterna, como un estribillo imposible de callar. Quién pompó.
Cinco millones de pulmones, cada mañana, al abrir la ventana y recibir esa bocanada con aroma a gato muerto y petróleo crudo, responden en coro lo mismo:
Pemex pompó.