Redescubriendo el entorno. Un ejercicio de corresponsabilidad ciudadana
A tal punto llega la normalización de algunas actitudes inadecuadas que las llegamos a considerar prácticamente como derechos adquiridos
Cuando pensamos en el concepto de “incomodidad”, traemos a la mente algo desagradable, que tal vez no representa un riesgo o que no evita por completo que hagamos algo, pero que molesta, estorba o limita la forma en que hacemos las cosas.
Es decir, la incomodidad provoca percepción y reacción. La percepción resulta de la obligatoria notoriedad de algo que ha salido de la normalidad. La reacción deriva de la necesidad de hacer algo, adicional o al menos distinto, para enfrentar la nueva situación.
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Cuando nos acostumbramos a que la incomodidad permanezca y se inserte en la cotidianidad, cuando hacemos sólo lo necesario para evadirla, pero no la solucionamos, aquello que incomoda se convierte en parte de lo habitual, se adhiere a la normalidad.
La nueva situación deja de ser notoria por costumbre y las acciones para evitarla se asumen simplemente como parte de aquello que hay que hacer. Tal es el efecto que llega prácticamente a hacerse invisible, convirtiéndose paradójicamente en parte del entorno.
Esto deriva en lo que se conoce como “ceguera de taller”. Quienes se han habituado a su existencia dejan de percibirla como un problema –sin que haya dejado de serlo en forma alguna–, por lo que no buscarán corregirla; simplemente pasarán de largo, ignorándole.
Sin embargo, una persona que, con una perspectiva fresca, ajena al contexto, se dé cuenta de su existencia, la notará de inmediato. Su primera reacción seguramente será de extrañeza por la indiferencia que le muestran quienes se han acostumbrado a la situación.
La segunda reacción probablemente será actuar en consecuencia. Aquí es donde surge algo interesante. Cuando alguien comienza a trabajar para corregir la situación incómoda, provocará que las personas que ya se habían acostumbrado a ella vuelvan a notarle.
Y también probablemente habrá quien se sume al esfuerzo de la primera para hacer algo al respecto. Si se logra esta reacción en cadena, un problema o situación que logró esconderse en la evidencia de lo habitual podrá ser visualizado, corregido y resuelto.
Traduzcamos esto a la ciudad. Echemos un vistazo a nuestro entorno y tratemos de identificar alguna situación o problemática que, a fuerza del paso del tiempo y la costumbre de percibirla sin reaccionar, se ha revestido de una forma de camuflaje.
Nos sorprenderemos de todo lo que podremos reencontrar en el entorno que día a día frecuentamos, sacándola del anonimato. Volverán a la visibilidad cables desconectados, estorbos en las banquetas, teléfonos públicos inservibles, pero que permanecen ahí.
Por supuesto, este fenómeno no es exclusivo de lo tangible, también toca dinámicas, actitudes y formas de hacer las cosas. Por ejemplo, circular por un lugar prohibido, dejar la basura en un sitio inadecuado, invadir espacios exclusivos para usos especiales.
A tal punto llega la normalización de algunas actitudes inadecuadas que las llegamos a considerar prácticamente como derechos adquiridos, molestándonos fuertemente con quien nos llama la atención por estar haciendo algo que –sabemos claramente– está mal.
Evidentemente, esto supone de un cambio actitudinal; sin embargo, este no puede materializarse si no logramos, colectivamente, hacer perceptible por qué algo que se hace está mal y qué debemos hacer –también colectivamente– para corregirlo.
La participación ciudadana precisa de esa dinámica. La fórmula, que no siempre es cómoda porque vuelve evidente lo que hacemos mal o lo que hemos vuelto normal, es de indispensable adopción para provocar el abordaje colectivo de lo que nos afecta a todos.
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Aunque pareciera que la responsabilidad de esto es exclusivamente ciudadana, la realidad es que requiere del gobierno como agente facilitador y gestor eficiente de acciones y soluciones generadas por la ciudadanía, en un ejercicio de corresponsabilidad.
Poco hay que no se pueda solucionar en la ciudad siguiendo esta fórmula: advertir de nuevo los problemas invisibilizados, atender de manera proactiva el asunto desde lo colectivo y abordar la situación identificada colaborativamente entre sociedad y gobierno.
La primera experiencia exitosa tendrá como efecto natural una valiosa motivación en ambas partes para identificar el siguiente problema a trabajar. Cada nueva buena experiencia será detonante de la siguiente, logrando un invaluable efecto dominó.
Una ciudadanía de ojos y oídos abiertos a las situaciones que le afectan, acompañada de autoridades comprometidas, será la dupla idónea para asegurar a nuestras ciudades un futuro posible.