REFLEXIONES CRONOLÓGICAS... y de otras
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Como abogado retirado, pero más malicioso que cuando ejercía la profesión, y viendo las cosas desde las barreras, que forman mi edad y el no tener que quedar bien con nadie, he venido reflexionando sobre la permanencia de las fuerzas armadas en las calles.
En primer lugar, considero que nuestras fuerzas armadas han sido muy queridas y respetadas, pero ahora que sus altos mandos están dedicados a hacer todo tipo de negocios, ajenos a su vocación, ha venido declinando la confianza que tradicionalmente les teníamos.
Sin embargo, debido a que las policías civiles carecen de los recursos y la preparación necesarios, para combatir a la delincuencia, organizada o no, evidentemente, se requiere la intervención del Ejercito, la Fuerza Aérea y la Marina Armada, que cuentan con los elementos y los equipos más adecuados para ese efecto.
Pero es el caso recordar, que el comandante supremo de esas fuerzas, tan impresionantes en los desfiles, les ha ordenado no intervenir contra quienes que al parecer son sus “amigotes”, incluso, que el personal militar debe resistir humillaciones y burlas de los “malosos”, dizque porque son humanos, y que tienen todo el derecho de ser cuidados.
En esas circunstancias, cabe preguntarnos... ¿por qué unos defienden y otros se oponen, con tanto ahínco, a la presencia de las fuerzas armadas en las calles hasta el año 2028, y quien es el principal interesado en que así sea?
El presidente López Obrador, evidentemente, es el beneficiario de la reforma constitucional que se discute, y su promotor original, como lo reconoció formalmente en una de sus diarias peroratas.
Al Presidente se le olvidó que, “para taparle el ojo al macho”, había acordado con los líderes del PRI, que fuera ese partido el que presentara la iniciativa correspondiente, a cambio de que en adelante recibirían mejor trato personal.
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Entonces una diputada federal, poco conocida pero disciplinada militante del PRI, presentó como suya esa discutida iniciativa de reforma constitucional, sin cambiarle una sola coma, y de inmediato recibió su premio: La Presidencia del Tribunal Superior de Justicia de Durango.
Ahora viene al caso analizar los acontecimientos, pasados y futuros, tomando en cuenta el orden cronológico en que sucedieron o sucederán, esto último hipotéticamente.
El presidente López Obrador asumió el cargo el día 1 de diciembre de 2018, y lo desempeñará hasta el día 30 de septiembre de 2024.
El Congreso de la Unión, a iniciativa presidencial, aprobó la intervención de las fuerzas armadas en materia de seguridad pública hasta el año 2024, en el cual terminaría el mandato del presidente López Obrador.
Hasta la fecha, la ineficiencia de la Guardia Nacional, que resultó nada civil, aunada a las órdenes que las fuerzas armadas tienen de su comandante supremo, y la política de “abrazos no balazos” han dado resultados evidentemente negativos, en materia de seguridad.
El Presidente aduce que la presencia en las calles de las fuerzas armadas es para disuadir la delincuencia, no para enfrentarla, y aquí surge la pregunta siguiente: ¿Se asustan los “malandros” frente a las fuerzas armadas con orden de aguantarles todo y de no hacerles absolutamente nada?
Claro que los únicos asustados ante un pelotón de militares o de policías, son los ciudadanos pacíficos, no los delincuentes.
Sin lugar a dudas, el presidente al promover la iniciativa de reforma constitucional, que permita la presencia militar en las calles hasta el año 2028, lo que busca es prolongar su mandato.
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En efecto, el Presidente actualmente tiene el control del “pueblo bueno”, pues sus integrantes consideran, que solo con él al frente del gobierno podrán acceder a los llamados programas sociales, pues así se los han dicho los “servidores de la nación”.
Por otra parte, el Presidente tiene el control de las fuerzas armadas, por los jugosos negocios que les ha dado a sus altos mandos.
El mismo Presidente se ha autollamado “destapador” de las personas que, despectivamente, llama sus “corcholatas”, entre las cuales señalará a quien lo suceda en el cargo, dependiendo no de su capacidad, sino de su obediencia y sumisión, confundida con lealtad.
Ahora bien, si alguna de las “corcholatas” del Presidente, triunfa en las elecciones de 2024, quizá con una excepción, deberá tener un acuerdo casi diario con su “destapador”, para que le ordene que hacer o no hacer.
En este momento, recordemos con cuanto interés promovió el Presidente la Ley de Revocación de Mandato, dizque en su propio perjuicio, cuyo artículo 9 dispone que un número determinado de ciudadanos y ciudadanas (el pueblo bueno), podrá solicitar la revocación del mandato del Presidente durante los tres meses posteriores a la terminación del tercer año de su gobierno.
El período durante el cual el pueblo bueno (controlado por el presidente), puede solicitar la destitución de la “corcholata” desobediente, o de quien eventualmente haya triunfado por parte de la oposición en 2024, son los meses de octubre, noviembre y diciembre de 2027, por lo que al presidente actual le resulta muy conveniente que las fuerzas armadas (también bajo control suyo), anden en las calles hasta el año 2028.
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Mediante argumentos que difícilmente se conocerán, el operador político del partido oficial en el Senado de la República, logró convencer a algunos senadores de otros partidos, para que aprobaran la iniciativa que permitirá la permanencia de las fuerzas armadas en las calles, hasta el año 2028, con gran júbilo presidencial.
Considerando los datos anteriores y, sobre todo, analizando la realidad que vivimos día con día, cada quien está en posibilidad de llegar a una conclusión que norme su conducta política futura.
Por parte mía y sin gusto, he concluido que el Presidente, mediante el “pueblo bueno” y los “servidores de la nación” incondicionalmente de su parte; con la ciudadanía asustada por las fuerzas armadas en las calles y con sus más altos mandos obedientes y agradecidos a su comandante supremo; y los jueces amedrantados por las autoridades fiscales y hacendarias, tranquilamente, puede quitar al Presidente que le resulte incómodo, y poner “democráticamente” a quien más le convenga, y lo mismo podrá hacer contra cualquiera otra persona, que ostente un cargo de elección popular.
La situación política actual se parece mucho a las que se vivieron durante los regímenes encabezados por Juárez y por Calles, y no por simple coincidencia, sino por fiel imitación.
En efecto, como la historia tiende a repetirse, los planes del Presidente, consisten en mantenerse en el poder hasta la muerte, como lo hizo Juárez, o bien ser el jefe máximo del país como lo fue Calles, y que, durante muchas décadas, su partido sea lo que fue el PRI.
Sin embargo, el Presidente debe recordar que la salud le hizo a Juárez lo que el viento no pudo; y que a Calles se le apareció Cárdenas para ponerlo en un avión, y que, sin quitarle la vida, lo mató políticamente para siempre.