Refolufias
Un importante diario de la Ciudad de México publicó la noticia de que esa ciudad había sido tomada por fuerzas revolucionarias, mientras que en el norte los rebeldes se habían visto obligados a salir de Aguaprieta
El general Cándido Aguilar se casó con una hija de don Venustiano Carranza en el tiempo en que el Primer Jefe era Presidente de la República. Por esos días un militar le preguntó a otro:
–¿Ya sabes que se casa Cándido Aguilar?
Comentó el otro con burla:
–¡Pos qué Cándido!
Añadió el primero:
–Se casa con la hija del Presidente.
Y exclamó el otro, admirado:
–¡Pos qué Aguilar!
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Es bien sabido que en Tehuacán, Puebla, hay manantiales de aguas cristalinas que desde hace mucho tiempo se han vendido embotelladas. Pues bien, en cierta ocasión un importante diario de la Ciudad de México publicó la noticia de que esa ciudad había sido tomada por fuerzas revolucionarias, mientras que en el norte los rebeldes se habían visto obligados a salir de Aguaprieta, Sonora. El titular de esa noticia decía así: “Revolucionarios tomaron Tehuacán y evacuaron Aguaprieta”.
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El general Álvaro Obregón salvó la vida de un atentado en el curso del cual una bomba fue arrojada contra el automóvil en que paseaba por el bosque de Chapultepec. Días después, Obregón comentaba el asunto en forma festiva. Decía a sus amigos:
–No podré darme el lujo de salvarme de otro atentado. He gastado más de 4 mil pesos en responder todos los telegramas de felicitación que he recibido por haberme salvado de éste.
No tuvo que hacer un nuevo gasto el general Obregón. El siguiente atentado que sufrió, consumado por José León Toral en el restaurante “La Bombilla”, ya no necesitó telegramas de agradecimiento.
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Cuando don Eulalio Gutiérrez, coahuilense, fue nombrado presidente de la República por la Convención de Aguascalientes, Pancho Villa quiso hacerle un regalo, para lo cual se dirigió a la joyería “La Esmeralda”, la mejor que había entonces en la Ciudad de México, y compró un valioso reloj de bolsillo en cuya tapa ordenó grabar las iniciales U. G. Alguien le preguntó a Villa a quién correspondían esas iniciales, U. G. Respondió él:
–¡Pos a quién ha de ser! ¡A don Ulalio Gutiérrez!
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Don Ildefonso Vázquez, coahuilense, de Piedras Negras, era hombre valiente y simpático, pero poco hecho a los usos de la guerra. Acostumbraba enviar por el telégrafo los informes de sus batallas, de modo que fácilmente el enemigo podía conocer sus movimientos. Un superior le indicó que fuera más cuidadoso, que escribiera en clave sus partes de guerra. Así, un día don Ildefonso envió el telegrama siguiente: “Ayer sufrí tremenda derro–. Perdí toda la artille– y parte de la caballe–. Pido me manden refuer– a la Estación de Santa Ro–”. Y firmaba Ilde– Vaz–.
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Una noche Álvaro Obregón, hombre de ingenio, asistió a un banquete. A su lado estaba una señora que quiso ponerlo en apuros, pues el general se había casado dos veces.
–¿Cuántos hijos tiene usted, general? –le preguntó.
–Siete –respondió Obregón.
Volvió a preguntar, con veneno, la señora:
–¿Y todos son de su actual esposa?
–No –contestó con sequedad el general–. Tres son de mi esposa actual; cuatro de la primera.
Se hizo un silencio, y luego Obregón le preguntó a la dama:
–Y usted, señora, ¿cuántos hijos tiene?
–Tres –respondió la mujer.
Volvió a preguntar Obregón con estudiada cortesía:
–¿Y todos son de su marido?