Se llama racismo

Opinión
/ 23 septiembre 2021
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Las crisis, como bien sabemos, pueden sacar lo mejor o lo peor de nosotros. La catástrofe suele detonar nuestro sentido de comunidad, de abnegación y entrega. Lo hemos visto una y otra vez cada vez que un terremoto sacude las zonas más susceptibles del País, por ejemplo.

Pero es más difícil que ese espíritu de colaboración haga acto de presencia cuando la propia supervivencia se siente amenazada. Por eso también vemos en las contingencias a gente muy cutre acaparando víveres, saltándose las filas, sobornando a la autoridad o hasta disfrazándose de viejitos con tal de recibir antes su vacuna contra el COVID.

Como especie, hemos entendido que la tribu nos ofrece algunas garantías para la supervivencia; si bien, la magnitud de la crisis determina el nivel de solidaridad que se despierta en nosotros:

Supongo que si se nos viniera una invasión alienígena, en orden de sobrevivir y eventualmente derrotar y expulsar a los foráneos intergalácticos, nos veríamos obligados a colaborar todos juntos. Y cuando digo todos me refiero a todos, todos, toditos, todes, sin distinción de color, ideología, idioma o identidad.

Pero en cualquier otro escenario, el miedo nos hace contar a los que consideramos nuestros aliados y mirar con recelo a todo aquel que no pertenezca al clan, que no se parezca a nosotros; al que se vea, vista o hable distinto y, sin importar que no constituya una real amenaza, exigimos a la autoridad la restricción de sus derechos y de ser posible su detención.

Esa actitud horrenda tiene un nombre horrible también, se llama xenofobia y es el ingrediente secreto en la receta de muchas de las peores barbaries que hemos cometido los seres humanos.

El éxodo de haitianos que atraviesa por nuestra entidad en busca de internarse en territorio norteamericano provoca en la gente más opiniones que posibles soluciones. Y de dichas opiniones, las que más lamento son las de intolerancia y racismo generadas por el miedo y la ignorancia.

Ya se les “afigura” a mis compatriotas xenófobos que los haitianos vienen para quedarse con su trabajo, su casa y su esposa (con sus hijos no porque están bien feos y es mejor hacer unos nuevos). Y quisieran que a los migrantes se les persiguiera, encarcelara y deportara por el simple hecho de transitar. Si usted piensa así, allá usted, que tiene que vivir con un pedazo de Trump adentro suyo... el peor pedazo, supongo.

Las poblaciones con mayor presencia de migrantes haitianos son Ciudad Acuña, donde se concentran antes de cruzar hacia el sueño norteamericano y Monclova, que es parte de la ruta insalvable rumbo a la frontera norte.

La autoridad monclovense emitió comunicación contradictoria respecto a la situación actual: El alcalde, Alfredo Paredes, indicó que los migrantes no serán objeto de persecución ni hostigamiento y que incluso se apoya a aquellos que viajan en condiciones más precarias. Sin embargo, el Departamento de Transporte y Vialidad del mismo Ayuntamiento giró una “recomendación” a los taxistas de la localidad para no brindar el servicio a los viajantes haitianos, así como sanciones económicas a quienes violen esta disposición, así que, “recomendación” con multa de por medio, no es tal, sino una orden directa.

Y he aquí el problema de tener funcionarios poco preparados, ya que ningún taxista tendría manera de saber si quien le solicita el servicio es un migrante haitiano, para así negarse a transportarlo, cosa que ya constituye un grave atentado a la dignidad y los derechos universales.

Si yo fuese conductor o prestador de cualquier otro servicio, no podría saber si un probable cliente es haitiano, argentino, esloveno o tlaxcalteca. Acaso podría inferir, pero para esto, tendría que hacer suposiciones basadas ya sea en el color de piel, en el acento, en la vestimenta o la apariencia general de las personas. Y eso, amigo lector, lectora querida, se llama racismo, puro y duro.

Es algo atroz, muy grave y sin embargo es lo que la autoridad de Monclova está solicitando a los transportistas que apliquen como criterio, incluso bajo amenaza de multa.

Felicidades por normalizar lo que tiene siglos tratándose de erradicar y por ser tan miopes para ni siquiera percatarse de ello.

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