Seda
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De un plumazo pasaron seis años desde que la pandemia del COVID-19 sacudió la realidad en la que habitábamos hasta entonces y cambió para siempre aspectos de la cotidianidad que, en ocasiones, parece infranqueable.
Este hecho abrió para siempre una ventana etérea hasta entonces inexistente en el grueso de los hogares con el mismo sigilo de una enfermedad que se propagaba aceleradamente. A través de ella fue posible asistir a reuniones, cumplir compromisos personales, trabajar y realizar compras desde el hogar.
Esto volvió optativa nuestra presencia en algunos sitios en aras de hacer frente a un enemigo invisible, a tal punto de no haber revés de ese modus vivendi que facilitó la interacción con el resto de mundo al romper la barrera física.
Así, al tiempo que aún se pronuncian furibundos discursos nacionalistas, seis años después de aquella hecatombe está consolidada una integración económica derivada del comercio en línea que permite conseguir mercancías procedentes de otras partes del mundo, pues la economía no muestra empacho en desobedecer la retórica del poder.
Sin embargo, la memoria guarda recovecos para jugar malas pasadas y entre esos parece extraviar el recuerdo de hace pocos años aún se hablaba con regularidad de ir a la “falluca” para hacerse de productos que supondríamos de un mayor estándar de calidad por venir del extranjero.
Así fue como pulgas, mercados y ambulantaje posibilitaron la obtención de estéreos, televisores, microondas, DVD’S, ropa y todas las cosas que pueden escasear dentro de un sistema económico que comenzaba a abrirse al mundo y, sobre todo, a la libre competencia.
Si la época de la falluca ahora parece remota, más vale la pena echar un vistazo a las historias perenes que nos recuerdan las gestas de imperios como los cartagineses, egipcios o los grandes marineros del mercantilismo que contribuyeron al intercambio cultural... sin saberlo, por supuesto.
Una de esas memorables fabulaciones la encontramos en la pluma de Alessandro Baricco, quien escribió en Seda un relato que, conforme sus palabras, no es un cuento ni tampoco una novela, sino solamente eso:
Una historia que mezcla lo verídico con lo verosímil para contarnos la llegada de ese producto que cambió para siempre a la humanidad, a través de una narrativa hondamente atmosférica que le concede el carácter de mito fundacional.
Línea a línea encontramos la pertinencia de escribir en una historia de aventuras que está peligrosamente expuesta, pues echando mano de una filosa economía del lenguaje el autor es capaz de hacernos cruzar Eurasia en apenas cinco reglones.
Este relato apacible es una historia oriental contada desde occidente y nos recuerda que el secreto de las grandes aventuras no radica solamente en su carácter inédito, sino también en la posibilidad de revivirlas y, sobre todo, reinventarlas haciendo única a cada una.
Con ello, el tesoro no es solo la mercancía que llega hasta lugares donde puede ser un producto inconcebible como ocurre con el comercio contemporáneo, sino la historia de una humanidad que se asombra con la cotidianidad de los confines.