Sesgo de supervivencia... atavismo cavernícola
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La situación es compleja, pero el cerebro cavernícola de algunos alérgicos al pensamiento crítico los hace tomar una postura radical en favor de uno u otro bando
Por una exigencia evolutiva, nuestro cerebro se condicionó a tomar decisiones rápidas basadas en el bagaje de la experiencia y en los pocos datos disponibles al instante.
Ya usté’ sabe: Cuando vivía en una caverna del roca-Infonavit y a mitad de la noche escuchaba un ruido, había que reaccionar sí o sí como si el tigre dientes de sable ya estuviera a punto de saltarle encima.
Si resultaba ser un tonto mapache, pues qué bueno, pese al sustazo (¡faltaba tanto para que se inventara el bolillo!). Ello es mil veces mejor a que un cerebro calculador y racional nos dijera: “La verdad es que las últimas noches han estado tranquilas y no es época de dientes de sable. Vuelve a dormir que mañana tienes que levantarte temprano para terminar esas pinturas rupestres”, y que a la mera hora sí fuera el condenado gato y con éste el fin de nuestro linaje.
Claro que había mentes serenas y reflexivas; desgraciadamente, no sobrevivieron, a diferencia de los que brincaban al menor crujir de la rama y sí, quizás 9 de cada 10 veces pegaban una falsa alarma, pero la décima les salvó el pellejo y por eso estamos aquí.
El cerebro prefiere pedir perdón que pedir permiso. Los nerviosos y asustadizos resultaron ser portadores de una notable ventaja evolutiva que hoy día, sin tantas amenazas directas a nuestra supervivencia, cargamos como ancestral maldición.
Es el mecanismo detrás de la pareidolia y la apofenia (no, no son sus tías lenchas). La pareidolia es percibir figuras reconocibles en formas aleatorias (como ver caras en las nubes) y la apofenia es ver patrones y conexiones donde no los hay (por eso tanto conspiranoico).
Es por esa necesidad de decidir en fracciones de segundo, de determinar si algo es un peligro o no, que hoy simplificamos y categorizamos todo con más premura de la que es realmente necesaria, en asuntos que –ahora sí– ameritan un análisis profundo y reposado, con todos los datos de los que podamos echar mano.
Un ejemplo: el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, es a no dudar un malnacido, engendro del averno al que un día ha de regresar. Pero su política de genocidio no tiene nada que ver con el pueblo de Israel, con la comunidad judía, con su historia o legado.
No obstante, hoy hay tanto antisemitismo que el mismísimo tío Adolph debe estar sonriéndole al mundo desde su cazo de carnitas. Me pesa mucho escuchar y leer eso de “desde el río hasta el mar...”, que tanto imbécil repite sin saber que esa frase es un canto de exterminio de la parte contraria: el régimen fundamentalista Hamás, que nada tiene que ver con el oprimido pueblo palestino, hoy víctima por partida doble de los ataques de Netanyahu y de su propio gobierno teocrático.
Quiero decir que la situación es compleja, pero el cerebro cavernícola de algunos alérgicos al pensamiento crítico los hace tomar una postura radical en favor de uno u otro bando, apresuradamente y sin tomar en cuenta todos los matices.
Y así en cada conflicto, en cada controversia. Raro es el que considera todos los factores en juego antes de decantarse por un bando y declarar al otro como amenaza. El cerebro, ya le digo, nos enseñó desde la época de los mamuts a resolver “ipso chingam” (que quiere decir muy rápido).
Otra situación compleja a la que el prejuicio nos compele a darle carpetazo mental expedito es la referente a nuestra relación con Estados Unidos, agravada ahora por la hostilidad de su insólito presidente y las presiones de las agencias gringas por desarticular las redes de narcopolítica y que –aunque usted no lo crea– son fenómenos distintos (relacionados, sí, pero de diferente índole).
Ese tío rancio que todos tenemos y al que no nos cansamos de aludir aquí, ya emitió un juicio desde antes de la extinción de los dodos: “¿Los gringos? ¡No, qué! Esos nomás vienen por el petróleo!”.
Entonces, en automático, todas las investigaciones que pueda haber sobre narcopolítica mexicana son meros inventos, pues lo que siempre ha querido EU es quedarse con nuestros recursos, con nuestro territorio, intervenir en la toma de decisiones y poner un gobierno títere. ¡Por algo son El Imperio! (Chan, chan, charán... suena la Marcha de Darth Vader). Pero es mucho más intrincado y multifactorial que eso:
En las últimas décadas, EU transicionó de la mera injerencia militar hacia la diplomacia económica y el soft power; no obstante, Trump es un retrógrado que trajo de regreso los peores vicios de la política exterior (que sin ningún rubor bautizó como Doctrina “Don-Roe”, una versión 2.0 de la Doctrina Monroe).
El presidente podrá ser un salvaje reaccionario colonialista, pero la estructura política de su país ya está en otro capítulo de la Historia... Aun así, Trump forma parte de una corriente neofascista mundial que sí, gustoso se llevaría los mejores negocios de cada territorio invadido, para él y sus socios (no para beneficio de EU, obviamente).
Sin embargo, sus intervenciones no son del todo arbitrarias, más bien aprovecha las crisis preexistentes, no las crea de la nada: la situación en Irán es inhumana para su propia población; la dictadura de Maduro en Venezuela era ya insostenible; como lo son la de Cuba y Nicaragua.
Y no estoy diciendo que la solución en cada caso sea una intervención yanqui (y menos bajo el comando de Trump), sólo que la crisis política o humanitaria en cada caso es real, que no fueron creación de EU, sino consecuencia de las decisiones de sus propios gobiernos (si su tío menciona “El Bloqueo”, mándelo a dormir... con el veterinario).
Y de igual manera es una realidad inaceptable el contubernio del Gobierno de México con los cárteles de la droga y del huachicol fiscal.
Las agencias norteamericanas pueden tener un interés genuino y hasta noble en desmontar la mafia de la narcopolítica mexicana (pues desde luego que les afecta y mucho el trasiego de drogas y el lavado de dinero). Y Trump puede tener al mismo tiempo el deseo de aprovechar la ocasión para sacar la mayor tajada posible... ¡Claro que ambas cosas son posibles y no mutuamente excluyentes! Una cosa no anula a la otra.
Que hoy el POTUS sea un voraz dictadorcete no elimina el hecho de que EU sea un país vecino con buenas razones para exigirnos que le bajemos a nuestro desmadre. Ni invalida las investigaciones o los testimonios de los capos y excolaboradores de la Transformación que hoy tan alegremente están cantando lo mejor de su repertorio como testigos protegidos, flojitos y cooperantes.
Es un error considerar a los gringos guardianes de la ley y vigilantes del orden, la policía del mundo y los únicos que nos traerán por fin justicia a nuestro país. ¡Sin duda! Pero también es un error rotularlos como enemigos acérrimos, fuerzas intervencionistas cuyo único propósito es derrocar a la transformación y colocar un gobierno títere.
La realidad tiene que estar en algún punto intermedio. Tratemos de buscarla en la amplia escala de grises; después de todo, no somos unos cavernícolas asustados a mitad de la noche.