Sheinbaum frente a Trump: cooperación, sí; tropas de EU en México, no
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Si dejamos que el tigre entre a nuestra casa después ya no podremos sacarlo. Error gravísimo de la Presidenta sería dar su autorización para ese ingreso
Candidito, mancebo sin ciencia de la vida, casó con Pirulina, muchacha sabidora. A los cuatro meses del desposorio la recién casada dio a luz un robusto bebé que pesó 5 kilos, sin pañal. Atufado comentó el marido: “Los bebés se tienen a los 9 meses”. “¡Ande! –acotó la madre de la parturienta–. Mi hija es ingenua e inocente. ¡Qué va a saber ella de cuentas!”. (Nota. Pero de cuentos sí sabía, igual que su mamá)... Lady Puke era fea de solemnidad, tan fea que el día de su nacimiento su mamá, en vez de darle el pecho, le dio la espalda. Pido disculpas si al mencionar ese detalle falto a la buena educación o a la caridad cristiana, pero el oficio de relator me obliga a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, aunque sea mentira. El consorte de la fea señora, sir Galahad, regresó de la Cruzada y le dijo a su mujer: “¿Qué crees, vieja? ¡En el curso de las batallas se me perdió la llave de tu cinturón de castidad!”... Antiguamente los jóvenes aprendían de sexo para casarse. Ahora lo aprenden para no casarse. La linda Flordelisia estaba a unos días de contraer matrimonio. (Siempre he pensado que eso de “contraer” suena como a enfermedad o virus). Su mamá, pensando que la futura casada ignoraba ciertas cosas de la vida, le sugirió, nerviosa: “Hablemos de sexo”. “Cómo no, mami –respondió la chica–. ¿Qué quieres saber?”... Recordable es el caso de aquel edil de pueblo que recibió en su oficina la visita de una mujer a quien acompañaba su hijo de 7 años, un crío voluntarioso, chiflado. La Academia de la Lengua no recoge en su diccionario la acepción mexicana del verbo “chiflar”, equivalente a mimar demasiado, a malcriar. El muchachillo vio en la pared un pequeño cuadro, y de inmediato empezó a necear: “Quiero ese cuadrito”. Tanto porfió el chamaco que el alcalde no pudo menos que descolgar el tal cuadrito y entregárselo. Apenas lo había recibido, el mocoso empezó otra vez: “Quiero el clavito”. Ahora la actitud del munícipe fue muy diferente: “¡Ah, no!” –negó tajante. El retoño de la mujer soltó el grito –varios–, por el enojo de no ver cumplido su capricho. La madre, molesta con el alcalde, le preguntó: “Si ya le dio usted el cuadrito, ¿por qué no le da también el clavito?”. Respondió el hombre: “Porque si se lo doy luego va a querer que le dé el agujerito”. Este relato me da base para reconocer la actitud de la Presidenta Sheinbaum frente al insolente Trump, simiesco individuo a quien encomiendo a San Abagán y a San Ababích. Una y otra vez la mandataria ha resistido las amenazas del majadero yanqui, que pretende combatir a los cárteles de la droga enviando tropas al territorio de México. Si dejamos que el tigre entre a nuestra casa después ya no podremos sacarlo. Error gravísimo de la Presidenta sería dar su autorización para ese ingreso. No está olvidado el despojo que sufrió nuestro país tras la infame guerra del 47. La presencia aquí de tropas norteamericanas se vería como una nueva invasión. La imagen de la señora Sheinbaum caería por los suelos, al igual que la del jefe máximo que la puso donde está. ¿Cooperación? Sí. ¿Apoyo de inteligencia? Sí. ¿Soldados americanos en nuestro país? Como dijo la ciempiés cuando el ciempiés le pidió que abriera las patitas: “¡No, y cien veces no!”... Ya conocemos a Jactancio Elátez. Vanidoso, narcisista, pagado de sí mismo, es un ególatra insufrible. La otra noche, en una fiesta, le comentó a uno de los invitados: “He gozado a todas las mujeres que están aquí, menos a aquellas tres, pues son mi hermana, mi prima y mi cuñada”. “¡Ah! –exclamó el otro alegremente–. ¡Entonces entre los dos las hemos disfrutado a todas!”... FIN.
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