Surrealismo mexicano a la 4T
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El gran dilema de este régimen que nos gobierna es la simulación: pretende que se le considere un paladín de la democracia, pero todo su esfuerzo está enfocado en ganar elecciones para retener el poder
Fuimos a la tierra de Salvador Dalí, Cataluña, a dar lecciones de democracia. Es paradójico que, en la tierra de uno de los máximos exponentes del surrealismo, este régimen que está destruyendo la democracia pretenda ser reconocido como paladín de ella. Justo cuando el régimen iniciado por López Obrador está fortaleciendo su control sobre el INE, colocando a su gente en los tres lugares disponibles –que dejaron tres consejeros electorales recién jubilados de ese organismo–, nuestra presidenta va a Barcelona a hablar de democracia, arropada por sus homólogos del Foro de São Paulo.
Sin embargo, ni el Brasil de Lula da Silva, ni la Colombia del presidente Petro –exguerrillero–, ni Chile de Gabriel Boric o España de Pedro Sánchez, tienen los riesgos de pérdida de democracia que ensombrecen a México. Estos gobernantes han sido respetuosos de ella. Gabriel Boric, de Chile, ha entregado recientemente –el pasado 11 de marzo– la presidencia de su país al ultraconservador de extrema derecha José Antonio Kast, triunfador en las últimas elecciones.
Tampoco podemos olvidar que estos tres presidentes de izquierda –Lula, Petro y Boric– exigieron a Nicolás Maduro respetar las elecciones de 2024 o exhibir las actas que aseguraba le dieron el triunfo.
A su vez, ellos tres pidieron su aval al presidente López Obrador, quien con gran tibieza ni se excusó, pero tampoco se comprometió ante esta exigencia.
A diferencia de estos presidentes, este régimen destruyó en México a las instituciones que garantizaban la democracia y, por asalto, con argucias leguleyas, tomó control de los otros dos poderes: el Legislativo y el Judicial.
Por algo André Bretón, el creador del surrealismo, expresó en su viaje a nuestro país, en 1938, que no había un país más surrealista que México. Y se dice que el mismo Salvador Dalí lo confirmó en uno de sus viajes.
Candil de la calle y oscuridad en la casa.
En realidad, esta cumbre titulada “Defensa de la Democracia” resultó ser un evento de provocación en contra del presidente Donald Trump, quien hoy está debilitado por la guerra de Irán. Este evento también pretendió arropar al régimen dictatorial de Cuba, pues la supuesta ayuda humanitaria de nuestro gobierno, a esa isla, en realidad es apoyo al gobierno de Díaz Canel para que resista.
El gran dilema de este régimen que nos gobierna es la simulación: pretende que se le considere un paladín de la democracia, pero todo su esfuerzo está enfocado en ganar elecciones para retener el poder al precio que sea.
No puede haber democracia sin alternancia partidista. Los gobiernos de “antes” nos dejaron instituciones que garantizaban la alternancia como un derecho ciudadano. En tan sólo siete años estas instituciones desaparecieron.
Sin embargo, debemos preguntarnos por qué en unos países la democracia se valora y en el nuestro no. ¿Qué tanta culpa tenemos los ciudadanos?
Nuestro individualismo, que es parte de nuestra idiosincrasia, nos ha hecho tolerantes frente al abuso político y poco solidarios con las causas colectivas o sociales.
Poco nos importa el país mientras nuestra situación personal, o incluso familiar, nos mantenga en nuestra zona de confort. ¿Tenemos lo que merecemos?