Tampico a la tampiqueña
La vida en el Tampico de mediados del pasado siglo era morosa. ‘Aquí –le dijo un tampiqueño a la señora García– para que pase el tiempo tiene usted que moverle las manecillas al reloj’
La última vez que fui a Tampico a perorar, encontré en mis perpetuas búsquedas un libro que muestra en su portada el dibujo de un faro y una palma. Atrás, delineado con tinta negra sobre fondo azul, se mira el contorno del Golfo de México, ese que el cabrón de Trump quiere que se llame “Gulf of America”. América, para los americanos, es Estados Unidos.
El libro que digo tiene lindo nombre: “Apuntes Ribereños”. Lo publicó en 1955 doña Adriana García Roel, una distinguida señora nacida en Monterrey, según proclaman con meridiana claridad sus apellidos. La autora le dedicó el libro a su marido en la siguiente forma: “A Julio R. de la Garza, por la paciencia que le tiene a su mujer, quien, además de todas las debilidades propias de su sexo, tiene la de escribir”. En aquel tiempo, tan lejano ya, todavía una mujer podía hablar de las debilidades propias de su sexo. Ahora se le echarían encima las feministas.
Por causas que no explica –quizá el trabajo de su esposo– doña Adriana, residente de la capital de Nuevo León, pasaba largas temporadas en Tampico. Se enamoró de la ciudad, y habla de ella en términos de afecto. Lo que más le gustaba era pasar las horas contemplando el mar desde la playa y visitar con su esposo los navíos que llegaban de lejanos puertos. (Todos los puertos, según aprendí en mis lecturas de Salgari, Dana y Conrad, son lejanos).
La vida en el Tampico de mediados del pasado siglo era morosa. “Aquí –le dijo un tampiqueño a la señora García– para que pase el tiempo tiene usted que moverle las manecillas al reloj”. La escritora compara esa lentitud con el tráfago que ya desde entonces sufría Monterrey:
“...En Tampico la vida sigue un ritmo gracioso. La gente encuentra tiempo para ser amable; ni se atropellan unos a otros ni su existencia es atolondrada. Tengo la impresión de que la gente de acá no lleva a cuestas el enorme fardo de preocupaciones materiales que allá en mi tierra suele agobiarnos. Y me parece entrever una diferencia muy grande entre la manera de vivir de un tampiqueño y la de un habitante de Monterrey: mientras el primero saborea lentamente la vida, el segundo se atraganta. En Monterrey vivimos un poco a lo fenicio. Releyendo a Malet, encuentro un párrafo que me sorprende mucho: ‘Vivir para enriquecerse y enriquecerse para gozar de la vida; tal fue el ideal de aquel pueblo activo y útil’. Se antoja pensar que, al escribir lo anterior, el historiador se refería a los regiomontanos. Porque nuestra mente, como la de los fenicios, está enfocada siempre sobre la cuestión del mejoramiento material. Las ganancias contantes y sonantes son nuestro objetivo primerísimo, y esta preocupación no deja de enturbiarnos la existencia. Es cierto que cuando un habitante de Monterrey llega a valer tanto más cuanto, entonces empieza a desmandarse un poco, a realizar sus sueños. Pero muchas veces sucede que tras de largos años de afanes y privaciones y cuando, alcanzada ya la meta económica que se había propuesto lograr, el hombre de trabajo se resuelve a saborear la vida, ésta se le acaba, los achaques se le echan encima, y enfermo y desconsolado comprende demasiado tarde que la vida se le fue y que los años jóvenes no retoñan, como no retoñan tampoco ni la salud ni el entusiasmo...”.
Ignoro si ha cambiado el modo de ser de los regiomontanos. No soy sociólogo, ni conozco la ciencia de la psicología colectiva. Lo que sí sé es que Tampico no muestra ya tal lentitud de vida, aunque sigue conservando las bellezas que la señora García Roel encomió con elocuencia. Aquí también, en Saltillo, esa morosidad se ha perdido ya. Estoy pensando en irme a vivir permanentemente al rancho del Potrero.