Trump está enterrando su propia estrategia de seguridad
COMPARTIR
En apenas tres meses después, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional impulsada por el presidente estadounidense se ha desquiciado
Por Carl Bildt, Project Syndicate.
ESTOCOLMO- Independientemente de lo que se piense de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos publicada a finales del año pasado, al menos esta establecía claramente cuáles son las prioridades estratégicas de Estados Unidos según la segunda administración del presidente Donald Trump. Pero tan pronto como se publicó la NSS, la toma de decisiones “estratégicas” de Estados Unidos la abandonó.
Es cierto que el énfasis de la nueva NSS en el hemisferio occidental no fue un mero cambio retórico. La captura del dictador venezolano, Nicolás Maduro, y la creciente campaña de presión contra Cuba encajan claramente en el nuevo marco estratégico.
La nueva NSS también hacía hincapié en la importancia de contrarrestar a China, reflejando el cambio más amplio en las prioridades estratégicas de Estados Unidos durante la última década. Aunque su lenguaje era menos belicoso que el de otros pronunciamientos, el documento sigue considerando una prioridad estratégica impedir que China desafíe a Estados Unidos, no solo en Asia Oriental, sino a nivel mundial.
Al mismo tiempo, Oriente Medio, la región que ha arrastrado a EE. UU. a una “guerra eterna” tras otra, fue relegado de forma aún más decisiva que en las estrategias de administraciones anteriores. La NSS de Trump proclama que “los días en que Medio Medio dominaba la política exterior estadounidense, tanto en la planificación a largo plazo como en la ejecución diaria, han terminado, afortunadamente”..
Pero apenas tres meses después, la estrategia estadounidense se ha desquiciado. Trump se ha lanzado de cabeza a una nueva gran guerra en Medio Oriente con objetivos en constante cambio. A medida que el conflicto se intensifica, los escenarios finales se vuelven cada vez más sombríos y complicados. Estados Unidos puede perder por no ganar; e Irán puede ganar por no perder. Es un desastre estratégico a cámara lenta.
Quizá Trump, embriagado por el poder duro de EE. UU. tras la guerra de 12 días del año pasado con Irán y la operación tácticamente brillante de Venezuela en enero, creyó que podría imponer otro hecho consumado en cuestión de días. Los antiguos griegos llamaban a esta mentalidad “hubris”, y advertían de que casi siempre acaba en lágrimas.
O tal vez Trump fue arrastrado al conflicto por el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien lleva muchos años buscando una guerra contra Irán respaldada por Estados Unidos. Netanyahu sabía que Israel, a pesar de sus impresionantes capacidades militares, no podría sostener ni ganar por sí solo una guerra en toda regla contra la República Islámica; y sabía que, en Trump, por fin tenía un presidente estadounidense al que podía maniobrar para que se embarcara en una «excursión». Esta dinámica también tiene un nombre: la cola que mueve al perro.
Sea como fuere, una cosa está clara: la guerra elegida por Trump contradice rotundamente la letra y el espíritu de la Estrategia de Seguridad Nacional que él mismo firmó el pasado noviembre. Estados Unidos podría empantanarse en otro atolladero más en Oriente Medio. No está claro qué significará esto exactamente para el poder estadounidense y el resto de la economía mundial, pero el papel de Estados Unidos es demasiado central como para que simplemente se aleje del caos que ha creado (a diferencia de Israel, que puede recurrir a la amenaza de atacar a otros países de la región a su antojo).
Así pues, el neoaislacionismo “America First” de Trump se ha transformado ahora en un aventurerismo caprichoso, a expensas de la capacidad de Estados Unidos para alcanzar las prioridades estratégicas enumeradas en su propia NSS. A medida que se intensifica la guerra con Irán, la Administración ha recurrido a reubicar activos estadounidenses críticos desde otros lugares. Se están enviando sistemas de defensa aérea desde Corea del Sur a Oriente Medio, y el activo de intervención más importante en Asia, la Unidad Expedicionaria de Marines en Okinawa, también está en camino. Mientras que los anteriores presidentes de EE. UU. declararon un “giro hacia Asia”, Trump está presidiendo un giro hacia Oriente Medio. El presidente chino, Xi Jinping, seguramente se está riendo por lo bajo.
Europa, sin embargo, está tambaleándose. La mayoría de los europeos consideran abominable al régimen iraní y no lo echarían de menos si se derrumbara. Pero pocos creen que EE. UU. pueda lograr un cambio de régimen y la estabilidad en la región simplemente mediante bombardeos. Peor aún, Trump ha tenido que suavizar las sanciones al petróleo ruso, y las armas destinadas a Ucrania (que los europeos han pagado) se están retrasando o redirigiendo. Tras las recientes amenazas de Trump contra Groenlandia, la confianza estratégica transatlántica se ha erosionado rápidamente. Los europeos están solos, y lo saben.
Al igual que Xi, el presidente ruso Vladimir Putin es uno de los principales beneficiarios de este sórdido espectáculo. Una vez más, la atención de Estados Unidos se está desviando de Europa; sus arsenales se están agotando; y miles de millones de dólares siguen fluyendo hacia las arcas de la familia Trump, convirtiendo en una burla a la democracia más antigua del mundo.
Existe una similitud evidente entre la guerra a gran escala que Putin ha elegido librar contra Ucrania y la guerra de Trump contra Irán. En ambos casos, la fatídica decisión fue tomada por un líder autocrático que no vio necesidad de una planificación cuidadosa ni de consultar con expertos. A ninguno de los dos se le ocurrió que sus fuerzas armadas no lograrían aniquilar al enemigo de un solo golpe.
Pero tanto Putin como Trump se equivocaron. La «operación militar especial» de Putin se ha convertido en una guerra prolongada con más de un millón de bajas rusas, y la “excursión” de Trump ya ha durado mucho más y ha resultado mucho más costosa de lo que esperaba.
Esto nos recuerda por qué las potencias serias elaboran documentos estratégicos formales en primer lugar. Estos centran la atención de los líderes en los retos, problemas y posibilidades a largo plazo, así como en los escenarios que deben evitarse. Pero solo cumplen ese propósito si los líderes se molestan en leerlos. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Carl Bildt es ex primer ministro y exministro de Asuntos Exteriores de Suecia.