Tu sueño imperios han sido
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El debate histórico es relevante, entre otras cosas, porque genera pensamiento crítico, revisión y hasta reflexiones... en el mejor de los casos. No obstante, le ocurre lo mismo que a cualquier herramienta buena, no escapa a ser utilizada para los fines más simplones que demandan una narrativa de fuste que les permita nadar de muertito.
Poner temas históricos en el centro de la conversación social es algo que se agradece, a pesar de que eso implique hacerle el aguante a las “insospechadas” discusiones bizantinas que, viejo truco viejo, buscan llenar lagunas como espejos de odio, ignorancia o prejuicios.
Fue Fernando Savater quien dijo que las ideas no son respetables, las personas sí, pues en nuestra semejanza de humanidad nos merecen civilidad, pero las ideas no, están ahí para ser debatidas, destripadas y puestas a prueba. Es decir, conversadas.
El temor al juicio o al ridículo las oculta y, con ello, se transforma en doctrina algo que es materia prima de la charla y el dialogo, ambas herramientas indispensables entre nosotros, los seres de la oralidad.
De ahí emana el alucine que si deberíamos convertirnos en la vieja Tenochtitlan o si este terruño se fundó en 1321, pero luego “es de que” lo rectificamos. Más faltaría, pachanga doble si son dos siglos o no hubo sacrificios humanos en esta vertiente del jardín del Edén; que esta patria con bandera, himno y hasta proceres se fundó hace diez mil años (¿neta?) o que si de plano éramos unos salvajes y llegaron los salvadores. Necedades.
Por fortuna, para salir del atolladero tenemos lumbreras a la mano como “Tu sueño imperios han sido” (Anagrama, 2022) de Álvaro Enrigue, donde basta abrir las páginas para sumergirse en uno de los momentos trascendentales de la historia y cuyo impacto sigue generando pifostios hasta estas horas, el encuentro entre Moctezuma Xocoyotzin y Hernando Cortés el 8 de noviembre de 1519.
Enrigue despoja a la historia de su revestimiento de megalomanía y maniqueísmo para narrar los posibles acontecimientos de aquellos días desde la cotidianidad, el misterio del asombro y la realidad humana. Para ello, echa mano de una novela que se disfraza de crónica, o al revés, construida con los retazos de diversas memorias. Por una parte, la de los testigos y, por otro lado, la del propio autor que trae al presente los sucesos.
La memoria, esa cosa que hoy día sabemos falible, puede olvidar o modificar los hechos, construye o inventa, a veces juega malas pasadas, mas atesora momentos trascendentales con los cuales explicar, incluso, lo de hoy por la tarde.
Esa posibilidad de errar está lejos de ser un lastre, ya que aquilata el encanto de la narrativa, construye y entreteje los recuerdos al estilo de los rapsodas helénicos, en donde algunos se sobreponen al resto, muchas veces de un modo casi inexplicable.
Se ha dicho antes: es difícil no vender la trama, pero algo hay que anunciar para que el lector potencial muerda el anzuelo.
Así, Jazmín Caldera, personaje en apariencia ficticio, es en estas páginas una voz de la conciencia y la sensatez. Alguien que dista del arquetipo épico y, por el contrario, experimenta el shock físico de un cuerpo que sufre al llegar a un mundo ignoto en el cual debe alimentarse, soportar el cansancio y la fatiga.
Pronto se da cuenta que el verdadero reto no estribaba en entrar a aquella civilización de selenitas, sino salir bien librado. Hay en él, conjeturo sin jactancia, un guiño a Bernal Díaz del Castillo. Un discreto homenaje al cronista y al testigo.
Al mismo tiempo es una fortuita ocasión donde el autor comenta, e incluso explica, la fascinación por lo desconocido y lo asombrosos que pudo ser aquel instante perene para unos y otros. Por ello, Tu sueño imperios han sido es también una conversación con Álvaro Enrigue como viajero en el tiempo, donde ejerce de nahuatlato o de caxtilteca para relatar el encuentro Hernando con el Huei Tlatoani, Motecuhzoma en el corazón de la gran Tenochtitlan.
No se la pierda.