Un ajuste de cuentas generacional en las calles de París
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Lo que está en juego es la calidad de la educación, pero también nuestra respuesta al calentamiento global y al auge de la IA
Por Jonathan Levy, Project Syndicate.
PARÍS- Tras semanas de creciente tensión en las calles de París, con mi mujer decidimos abandonar la ciudad con nuestra hija de seis años durante las protestas del sábado. Cuando la manifestación principal se concentró a las 14:00h en la Place de la République, nosotros estábamos de excursión por los bosques al sureste de París, cerca de Fontainebleau, que en su día fue lugar de retiro otoñal y coto de caza de los reyes franceses.
Después de tomar el tren de regreso y caminar hasta el metro, percibimos un ligero olor a gas lacrimógeno en el aire. La parada de metro cercana a nuestro departamento estaba cerrada, así que nos bajamos en una estación cercana, donde nos encontramos con un grupo de adolescentes apiñados bajo la escalera de salida, repartiendo mascarillas de la época del COVID-19. Tomamos una para cada uno, justo antes de que una nube de gas lacrimógeno nos hiciera bajar a toda prisa las escaleras hacia el tren, con los ojos irritados.
No había forma de escapar de las protestas, que estallaron en las escuelas secundarias de Francia a fines de septiembre. Muchos jóvenes de aquí, al igual que sus pares en todo el mundo, no tienen esperanzas para el futuro. Agobiadas por la austeridad y las presiones financieras, sus escuelas se están deteriorando. Algunos profesores, abrumados por las malas condiciones laborales, faltan al trabajo y no son sustituidos. Este verano también fue el más caluroso en Francia desde que se tienen registros, en los años 1900. Los jóvenes saben que les esperan más veranos como este, o incluso peores, y ven que los adultos a cargo hacen muy poco al respecto.
Poco después de que comenzaran las protestas estudiantiles, diversas facciones políticas, algunas actuando de buena fe y otras no tanto, intentaron sumarse al movimiento. Pero, a pesar de las jugarretas políticas, los estudiantes siguen siendo su eje central.
Las protestas callejeras en Francia son un ritual nacional. En 2023 estallaron manifestaciones de porte cuando el presidente Emmanuel Macron anunció un plan para elevar la edad legal de jubilación de los 62 años a los 64. La reforma se convirtió en ley y las protestas se apaciguaron. Sus medidas centrales relacionadas con la edad se suspendieron posteriormente hasta 2028.
Esta vez, no se vislumbra un final similar. El gobierno francés puede retirar un proyecto de ley de su tramitación o reescribirlo para garantizar su aprobación. Pero los gobiernos hoy parecen incapaces de legislar para hacer realidad el futuro que los jóvenes quieren y merecen.
Ante la proximidad de las elecciones presidenciales de 2027 y el auge de la extrema derecha en las encuestas, algunas personas con las que he hablado predicen que las protestas fortalecerán a las fuerzas de extrema izquierda. Sea como sea, el centro no se mantiene. Y me cuesta mucho encontrar a alguien por aquí que piense que merece sostenerse, o que incluso espere que así sea.
¿En qué situación queda Francia? Por ahora, las reivindicaciones de los estudiantes son, en su mayoría, incipientes. Muchos manifestantes de más edad se centraron en el aumento del costo de vida, haciéndose eco del discurso sobre la “asequibilidad” que se escucha en otros lugares. Al día siguiente de las protestas, los titulares se centraron en quién era el responsable de la violencia. Pero sospecho que la cuestión más importante puede ser generacional. Ningún país puede tener un futuro digno si su juventud no ve ninguno para sí misma.
Quizás algún día las protestas se vean como un paso hacia un enfrentamiento entre las reivindicaciones de los mayores y las perspectivas de los jóvenes. La política se ha organizado durante mucho tiempo en torno a criterios de clase, pertenencia nacional, religión o identidad. ¿Podría la edad convertirse en la línea divisoria que defina la política? Si es así, tendremos que reflexionar más a fondo sobre cómo se distribuyen el poder y las oportunidades entre las generaciones.
La política juvenil no es nada nuevo. Los veteranos que vivieron las barricadas de París de 1968 hoy están jubilados. Actualmente, los aportes relacionados con las pensiones representan aproximadamente un tercio del presupuesto del Ministerio de Educación francés. Esto refleja en parte cómo el ministerio contabiliza los costos de las pensiones, pero la cifra no deja de ser reveladora.
A medida que aumenta la deuda pública y crece la preocupación por el endeudamiento del estado, se debate mucho sobre si Francia puede seguir permitiéndose su estado de bienestar. Pero la pregunta más importante es qué tipo de estado de bienestar quiere y cuáles deberían ser sus prioridades. ¿Cómo pueden los gobiernos proteger a las personas en la vejez, uno de los grandes logros de la democracia del siglo XX, y, al mismo tiempo, ofrecerles a los jóvenes la oportunidad de un futuro digno?
Estos interrogantes van mucho más allá de cualquier disyuntiva, real o imaginaria, de suma cero entre los derechos de pensión y el gasto en educación. Lo que está en juego es la calidad de la educación, pero también nuestra respuesta al calentamiento global y al auge de la IA.
Las generaciones mayores tienen un peso político considerable. Votan en gran número y, a medida que la población francesa envejece, su peso electoral es cada vez mayor. La mayoría de los estudiantes de secundaria, por el contrario, no tienen la edad suficiente para votar.
Las generaciones mayores también ocupan muchos de los cargos a través de los cuales se ejerce el poder formal. Hasta ahora, los propios estudiantes no han dirigido sus demandas explícitamente contra las generaciones mayores. Pero si estas protestas tienen un significado duradero, será porque marcaron los primeros indicios de una nueva política en la que los jóvenes exigen tener más voz sobre las condiciones que determinan sus perspectivas de futuro y las del planeta.
De camino a casa, vi grupos de adolescentes enmascarados sentados en las pasarelas sobre el Canal Saint-Martin, con las piernas colgando, observando cómo ardían los contenedores de basura. Los puentes del canal también fueron escenario de los enfrentamientos sangrientos de las Jornadas de Junio de la Revolución de 1848, cuando los trabajadores parisinos se enfrentaron a la Guardia Nacional y a otras fuerzas gubernamentales. Las divisiones políticas de aquella época eran diferentes. Las nuestras apenas están empezando a vislumbrarse. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Jonathan Levy, profesor de Historia en Sciences Po, es autor de Ages of American Capitalism: A History of the United States (Random House, 2021) y de The Real Economy: History and Theory (Princeton University Press, 2025).