Un estreno de gala en la aldea global
La profecía regia es clara. El final llegará cuando el último asador se apague porque el carbón ya no tiene qué quemar
Frecuencia modulada desde el porvenir. No hubo trompetas de plata, ni jinetes de colores primarios cabalgando sobre las nubes de smog. El fin de los tiempos, ese tanto ensayamos en las carpas de cine y en los cultos de garaje, comenzó con una notificación de actualización de términos y condiciones. Nadie leyó.
Nos pilló en la estética de la catástrofe, donde el pánico es apenas un accesorio del consumo. Aquí, la escatología no es un dogma teológico, sino una entrega de premios donde el mundo, finalmente, se queda sin público.
En el valle del volado destino, Monterrey decidió el juicio final debía ser industrial o no ser. Aquí, lo no ha ocurrido todavía es la gran evaporación de la soberbia. Los edificios de San Pedro, esas torres de Babel con aire acondicionado central se inclinan no ante Dios, sino ante la falta de agua.
La profecía regia es clara. El final llegará cuando el último asador se apague porque el carbón ya no tiene qué quemar. La fe neolonesa se traslada del templo al centro comercial.
El fin del mundo es apenas el cierre definitivo de la última sucursal de prestigio. Los elegidos no subirán al cielo; simplemente tendrán un pase VIP para el búnker subterráneo de una transnacional de refrescos.
El apocalipsis como reality show
Cruzando el Bravo, el Armagedón tiene patrocinadores. En los Estados Unidos, la Bestia no tiene siete cabezas, sino trescientos millones de pantallas. Está por venir es el cisma de los algoritmos. La escatología estadounidense es desfile de modas donde el Anticristo viste de traje sastre y promete devolver una grandeza que nunca existió.
Es el post-imperialismo de la nostalgia. Las milicias esperan el rapto con fusiles de asalto. Han confundido la salvación con la propiedad privada”. El fin de la unión no será una explosión nuclear, sino una desconexión masiva donde el ciudadano, al no poder postear su propia muerte, dejará de existir por falta de interacciones.
Europa y el museo de la decadencia. En Europa, el fin de los tiempos ocurre entre tazas de té y ruinas protegidas por la UNESCO. Lo que no ha pasado todavía es la gran inundación del olvido. El continente-museo espera la llegada de los nuevos bárbaros, no son otros sino sus propios fantasmas.
La escatología europea es elegante y burocrática. El ángel del abismo llegará con un formulario en la mano. Europa es la escenografía del esplendor, ya no tiene actores, solo turistas de su propio declive. Los tiempos finales se vivirán como una huelga de transportes: nadie llegará al cielo porque el servicio ha sido privatizado y las vías están ocupadas por la melancolía.
África y Asia
Los jinetes del despertar. En África, el apocalipsis ya es una costumbre, un huésped que nunca se va. Pero ha ocurrido es el gran retorno”. La escatología africana es de barro y fuego, un ajuste de cuentas donde la geografía misma se rebela. Asia, por su parte, se prepara para el nirvana digital”. En las megalópolis de oriente, el fin del mundo es una cuestión de espacio.
Hablamos del hormiguero místico donde la individualidad se disuelve en el Big Data. El triunfo del nosotros sin nosotros. El juicio final en Tokio o Shanghái no es un tribunal, es un error en el código fuente de la realidad.
Oceanía. El ultimo archipiélago del silencio. Finalmente, en Oceanía, el fin del mundo es un susurro. Allí, donde el mapa se desdibuja, el Armagedón es el regreso del mar. La inmersión final. Las islas se hundirán como barcos de papel en un charco de indiferencia global. Es la escatología de la soledad.