Una historia con sarapes
Al llegar a Saltillo se le acabó el dinero. Buscó trabajo y lo encontró en un obraje, que así se llamaban antes, no sé ahora, los talleres donde se teje lana. Muchacho avispado, ansioso de aprender, pudo bien pronto hacer cobijas de telar
Este señor ha ido por mí al aeropuerto de Guadalajara. Me hace subir en su automóvil, uno lujosísimo, de importación. Y es que mi anfitrión es próspero empresario. Me dice:
–Vine personalmente por usted porque sé que es de Saltillo, y en cierta forma lo que soy se lo debo a su ciudad.
TE PUEDE INTERESAR: Refolufias
En el trayecto me explica el origen de esa deuda. Su abuelo era campesino. Hombre de arrebatada vida, su esposa lo dejó por borracho, parrandero y jugador. El abandonado tomó a su hijo pequeño y se lo llevó al norte con la idea de pasar a los Estados Unidos. No pudo: se estableció en Tijuana. Ahí creció el niño, futuro padre del señor de mi historia. Cuando estuvo en edad de valerse por sí mismo, el muchacho dejó también a su papá, que continuaba su desordenada vida, y emprendió el camino de vuelta hacia Jalisco a fin de reunirse con su madre.
Al llegar a Saltillo se le acabó el dinero. Buscó trabajo y lo encontró en un obraje, que así se llamaban antes, no sé ahora, los talleres donde se teje lana. Muchacho avispado, ansioso de aprender, pudo bien pronto hacer cobijas de telar, y luego se instruyó en el arte de fabricar sarapes saltilleros.
Juntó dinero y regresó a su lugar de origen. Ahí hizo su propio telar y empezó a tejer cobijas que vendía a los campesinos. Se casó, tuvo hijos. En un viaje a Guadalajara se dio cuenta de que había muchos turistas que buscaban mexican curios para llevar a su país. Se puso entonces a hacer sarapes “de Saltillo”, que vendía en la puerta de los hoteles. Con los sarapes ganaba buen dinero. Se compró una pequeña casa e hizo ahorros.
Un día leyó en el periódico la noticia de la fundación de la Universidad Autónoma de Guadalajara. El patronato de la institución, decía la nota, admitía socios cooperadores que hacían una aportación única de 15 mil pesos, a cambio de la cual podían asistir en lugar preferente a todos los eventos culturales y deportivos de la institución. También, añadía la nota como de pasada, esos socios recibían becas del 100 por ciento para sus hijos.
Al día siguiente, aquel humilde tejedor que no dejaba aún el sombrero de palma y los huaraches se presentó ante el secretario del patronato y le dijo que quería ser socio cooperador de la Universidad.
–Eso cuesta mucho –le dijo el funcionario–. Debe usted dar 15 mil pesos.
Sin decir palabra el hombre desató su paliacate, sacó de él un atado de billetes y le pidió al secretario que los contara. “A ver si el dinero está cabal” –dijo. Después de contar los billetes el boquiabierto secretario le extendió al hombre su bono de socio cooperador.
TE PUEDE INTERESAR: Historia de un señor meón
Un mes después fue el tejedor a inscribir a su hijo mayor en la Universidad. Nada pagó de inscripción, ni de colegiaturas, pues su calidad de socio le daba derecho a beca total. El siguiente año llevó a su segundo hijo, y lo inscribió también gratuitamente. Haré corta la historia: el hombre tenía 15 hijos. Aquella oferta de becas la hicieron los sabios señores del patronato universitario pensando en los ricos, que tenían dos o tres hijos solamente, los cuales la más de las veces no estudiaban. Nunca pensaron aquellos inteligentes financieros en la posibilidad de que hubiera un padre de más de cuatro. El humilde tejedor hizo el negocio de su vida: por 15 mil pesos dio carrera universitaria a toda su numerosa prole.
–Entre mis hermanos y hermanas y yo representamos casi todas las profesiones –me dice el señor–. Hay médicos, abogados, arquitectos, ingenieros, comunicadores, contadores... Yo soy licenciado en Administración de Empresas. Me ha ido muy bien, gracias a Dios y gracias a mi papá. Y también gracias a los sarapes de Saltillo.
Que viva Saltillo, que viva el sarape y que vivan también los emprendedores.