Una Rusia sin futuro
COMPARTIR
La detención del analista político Alexander Kynev bajo acusaciones falsas no es nada nuevo en Rusia
Por Nina L. Khrushchev, Project Syndicate.
NUEVA YORK- El 25 de septiembre, un tribunal de Moscú dictó prisión preventiva contra el analista político Alexander Kynev por “producción, venta y tráfico ilegal de drogas a gran escala”, un cargo que podría acarrearle una pena de entre 10 y 20 años de cárcel. Sin embargo, no se ha hecho pública ninguna prueba de la implicación de Kynev en el tráfico de drogas.
Kynev, destacado experto en procesos políticos regionales y sistemas electorales, lleva mucho tiempo denunciando el fraude electoral en Rusia, aunque apoya abiertamente al partido “Gente Nueva”, que se fundó en 2020 como una especie de proyecto respaldado por el Kremlin para absorber los “votos de protesta”, especialmente los de los jóvenes. Anteriormente trabajó en la organización independiente de observación electoral Golos, que fue calificada de “agente extranjero” y cerrada el año pasado bajo la presión del Kremlin.
El mes pasado, Kynev, él mismo un “agente extranjero”, criticó públicamente las elecciones a la Duma, en las que el partido gobernante, Rusia Unida, obtuvo un resultado sin precedentes, y altamente improbable, de 349 escaños de un total de 450. Unos días más tarde, fue detenido y, según se informa, recibió una paliza tan brutal durante su detención que acabó en el hospital de la prisión con una fractura de tibia.
La detención de un detractor del Kremlin bajo acusaciones falsas no es nada nuevo. Pero Kynev no es el enemigo típico del régimen: su análisis ha sido durante mucho tiempo un barómetro aceptado del sentir público. Algunas fuentes informan que la detención sorprendió a altos cargos de la administración del presidente Vladímir Putin. Para ellos, Kynev era un crítico, pero uno útil, capaz de ofrecerles una visión de lo que realmente ocurre en Tver o Tomsk. Silenciarlo equivale a romper el termómetro porque la fiebre resulta incómoda.
La principal tarea de los apparatchiks rusos ha sido, desde hace tiempo, aislar a Putin de todo lo que se considere indigno de él. Él quiere pensar en la OTAN, Ucrania y su lugar en la historia, no en baches, presupuestos regionales y elecciones provinciales. Los burócratas le complacen cultivando una realidad falsa para satisfacerlo. El resultado es una política “in vitro”, en la que Putin gobierna, en la práctica, desde el interior de un frasco de cristal, donde Rusia está unida en torno a la guerra de Ucrania, la economía ha hecho caso omiso de las sanciones y cada elección reafirma el apoyo al statu quo.
Fuera del frasco, sin embargo, la economía se encuentra sometida a una fuerte presión. El crecimiento se ha ralentizado hasta casi detenerse, las empresas luchan por generar beneficios y los costes de financiación son elevados. El gasto social se destina cada vez más a bonificaciones para los nuevos soldados contratados y a indemnizaciones para las familias de los fallecidos. Los agujeros en los presupuestos regionales son cada vez mayores. Las tuberías y las centrales eléctricas de la era soviética se están desmoronando.
Es imposible saber con exactitud qué aspectos del mundo real, si es que hay alguno, han llegado a oídos de Putin. Lo que sí se sabe es que prácticamente todas las instituciones a través de las cuales antes se transmitía la realidad al Kremlin han sido suprimidas o desmanteladas. Las elecciones se han convertido en una farsa. Los tribunales han perdido toda apariencia de independencia. Se ha amordazado a los medios de comunicación independientes. Incluso los críticos que antes eran tolerados están siendo encarcelados y golpeados.
Las comparaciones con la década de 1930 ya no suenan a exageración. Un analista con una escayola, días después de criticar unas elecciones, es obra de un feroz Estado de seguridad. La pregunta es si alguien lo frenará, o siquiera podrá hacerlo.
Los períodos anteriores de terror en Rusia, por brutales que fueran, se vieron sometidos a un frenazo brusco. En el siglo XVI, Iván el Terrible permitió que su oprichnina (ejército privado) asolara el país durante siete años, pero luego se dio cuenta de que no servía de mucho, la abolió y ejecutó a muchos de sus líderes. Stalin puso fin al Gran Terror poco más de dos años después de que comenzara y destituyó al jefe del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD), Nikolái Yezhov (a quien Stalin mandó fusilar más tarde).
No se trataba de actos de misericordia: los líderes se dieron cuenta de que el terror descontrolado acaba devorando a sus propios artífices. Pero, desde el interior de su frasco de cristal, Putin no puede verlo. Tampoco puede controlar plenamente el aparato estatal que está llevando a cabo el terror. Los oprichniki de Iván eran una herramienta del Estado; hoy en día, es el propio Estado el que se comporta como la oprichnina.
Un sistema así no se desmantela por sí solo. Al contrario, aprovecha todos los recursos y capacidades para fortificarse. Al igual que bajo Stalin, los mejores ingenieros y los materiales más escasos se destinan ahora al esfuerzo bélico en Ucrania, y la ciencia sobrevive principalmente allí donde sirve al frente. Las empresas extranjeras también pagan: las que quieren marcharse de Rusia deben vender con un fuerte descuento y realizar una “contribución voluntaria” al presupuesto estatal; otras quedan bajo “administración temporal” para que puedan ser saqueadas discretamente.
En los últimos meses, el Ministerio de Justicia ha organizado una exposición en línea titulada “Defensa de la soberanía del Estado ruso: historia y actualidad”. La cronología comienza con la Smuta, o Época de los Trastornos (1598-1613), cuando Rusia sufrió una violenta crisis de sucesión, con numerosos usurpadores e impostores, entre ellos invasores polacos, que intentaban reclamar el título de zar. Para la Rusia actual, se trata de la advertencia definitiva: una élite dividida más la injerencia extranjera equivalen a un desastre. La represión tiene como objetivo evitar este desenlace.
Y, sin embargo, la tumultuosa Smuta acabó dando paso a una nueva dinastía y a tres siglos de reinado de los Romanov, bajo los cuales Rusia se orientó gradualmente hacia Occidente. Hoy en día, mientras el Estado ruso hace todo lo que está en su mano para evitar el colapso, impide esa renovación al supervisar la erosión gradual de las capacidades que podrían impulsar el dinamismo. Por ejemplo, el Estado está orientando a los jóvenes hacia la formación profesional, en lugar de hacia el tipo de educación que los prepararía para prosperar en los campos de la alta tecnología. Este no es un país que se esté preparando para el futuro. Como ha demostrado Corea del Norte, un Estado esclerótico puede perdurar durante décadas.
Rusia ha sufrido invasiones, revoluciones y caos interno. Ha tenido líderes despiadados que llevaron a cabo una represión severa y se aferraron al poder. Pero, en general, existía la sensación de que Rusia se dirigía hacia algún sitio, de que la brutalidad servía a algún fin, por muy injustificables que fueran los medios. Incluso el terror de Stalin trajo consigo fábricas, presas y una visión del futuro. En este sentido, el terror actual es único en la historia de Rusia: su único objetivo es perpetuar el Estado que lo lleva a cabo. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Nina L. Khrushcheva, profesora de Asuntos Internacionales en The New School, es coautora (junto con Jeffrey Tayler) de “n Putin’s Footsteps: Searching for the Soul of an Empire Across Russia’s Eleven Time Zones“ (St. Martin’s Press, 2019).