Día de Muertos (parte 1)

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Opinión
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Tengo pocos recuerdos de mi madre... pero mi abuela se ha encargado de recordarme que a los muertos se les sigue dejando un lugar en la mesa

México tiene la peculiaridad de que casi todos los días son de fiesta, pero hay fechas en las que festejar es una forma de reflexionar. Eso es exactamente el Día de Muertos, una fecha muy importante para muchos y que, para otros, pronto lo será. La diferencia entre unos y otros es la pérdida. El mexicano, entre más pierde, más celebra.

Tengo pocos recuerdos de mi madre; poco a poco la voy perdiendo entre los días nuevos, pero mi abuela se ha encargado de recordarme que a los muertos se les sigue dejando un lugar en la mesa.

Pan de Muerto

Una vez al año, la abuela toma la foto que más le gusta de su hija. Debo admitir que no escoge donde sale mejor, sino una donde se ve perdida: lleva un mapa en las manos, un sombrero de esos que usan los turistas, una cámara instantánea colgada del cuello y, al fondo, un callejón amarillo y naranja.

—Abuela, ¿por qué cada año pones la misma foto?

Mi abuela me miró y creo que entendió que, por mi edad, aún no sabía descifrar lo que un autor dice más allá de los puntos; o en este caso, lo que un fotógrafo dice más allá de la foto.

—Porque así era ella.

Su respuesta, supongo, decía más de lo que decía, pero yo no lograba entenderla.

—¿Cómo era?

—Como ya te hemos contado.

La molestia me ganó. Puedo entender que hay temas que no siempre se quieren o se deben tocar, pero me parecía injusto que me negaran información que yo desconocía.

—Sé que puede doler hablar de ella, abuela, pero yo soy para ella lo que ella es para ti. ¿No crees que su hijo merece saber qué percepción tiene su abuela de su hija?

Mi abuela se quedó quieta, me miró y después tocó con suavidad una de las ofrendas que pondría en su altar.

Catarino, por su parte, intentaba agarrar unas obleas con cajeta que le gustaban a mi madre y a mi abuelo, y que irían en el altar. Al escuchar el tema, puso atención y fue acercando su silla poco a poco.

—Tu mamá siempre fue una mujer impredecible: un día decía una cosa y al otro hacía lo contrario. Era parte de su personalidad. Parecía siempre perdida, sin rumbo fijo, y aun así atenta a los detalles importantes de la vida.

La abuela tomó una botella de tequila y algo le molestó al instante.

—Me falta una bolsa de obleas, Catarino. No te las vayas a tragar.

Catarino metió rápido la mano al bolsillo y negó.

—Jefa, el muerto al pozo y el vivo al gozo.

Mi abuela tomó su chancla y, al mero estilo de Robin Hood, se la lanzó a mi tío y le dio justo en la cabeza.

Día de la ¿Independencia?

—No vuelvas a decir eso, Catarino.

—¿Qué? Es la verdad. ¿A poco cree que los muertos pagan renta o tienen que trabajar? Ellos ya viven la verdadera vida.

El semblante de mi abuela cambió; parecía preocupada.

—Espero que no. Si es así, ya te jodiste: allá no creo tener casa donde puedas andar de holgazán.

Yo me eché a reír. Las peleas entre Catarino y mi abuela siempre eran divertidas, aunque repetitivas.

—¿De qué te ríes, chamaco? —preguntó la abuela.

—Anda de llevadito, jefa, dele también un chanclazo —dijo Catarino mientras se sobaba el golpe.

—Me río porque nadie sabe lo que hay más allá... del más allá.

—¿Cómo que nadie sabe? ¿Y Dios qué? Él va a estar ahí esperándote.

—Si él es quien nos recibe, entonces, ¿por qué ponemos ofrenda?

Ni mi abuela ni mi tío supieron responder. Sólo vi en sus miradas que mi curiosidad los había preocupado.

Mario Revilla (Guanajuato, 1997) es escritor mexicano radicado en Montreal, Canadá. Licenciado en Comunicación, ha desarrollado una obra narrativa centrada en la memoria, la nostalgia, el amor, la migración y las pequeñas historias que sobreviven al paso del tiempo. Es autor de diversos libros de narrativa, entre ellos “7 noches en París”, “El mundo sin mí”, “El privilegio de morir” y “Se sirve con grosella”. Ganador del Premio de Cuento FENAL 2026 por “Las confesiones del sepulturero”. Ha participado en encuentros literarios en México, Canadá y Venezuela. Nacido en una ciudad de callejones, fantasmas y leyendas, encuentra en la literatura una forma de preservar aquello que la vida suele llevarse en silencio.

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