25 años de periodismo cultural: el arte como resistencia

25 años de periodismo cultural: el arte como resistencia

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El periodista coahuilense vuelve a sus orígenes para recordar los libros, el arte y las historias que marcaron su vocación y le mostraron un camino que, hasta hoy, sigue teniendo corazón

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Es curioso, pero el banderazo de salida de mi carrera como periodista ocurrió el año en que dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas en Nueva York. Aunque debo corregir: mi complicidad con este oficio arrancó varios años atrás, cuando yo era un niño que estudiaba la primaria y vendía el periódico en la periferia de Monclova, donde despertaba a mis vecinos con mis gritotes de “Tiempo, Vanguardia y La Voz”.

Era el año 2001 y yo estudiaba la carrera de Letras Españolas y me sentía la persona más afortunada del mundo porque me habían aceptado como practicante del suplemento cultural Semanario de esta casa editora, que era comandado por los escritores Alejandro Pérez Cervantes y Alfredo García. Pero la creadora de este hermoso artefacto era la directora general Diana Galindo, quien nos leía con lupa y, además, tenía una cultura enciclopédica.

En enero de ese año, yo conseguí una portada donde anunciaba con bombo y platillo que el 2001 sería el año de Stanley Kubrick y su Odisea del espacio. Ese reinado duró hasta septiembre, el mes en que el mundo jamás volvió a ser igual. Hasta en las desgracias, el imperialismo anunciaba su ventaja.

$!Experiencias. Veinticinco años después, los libros y el arte siguen siendo parte fundamental de un camino que comenzó en las calles de Monclova.

Hasta aquí parece la historia de un universitario rumbo al éxito. Pero créanme que llegar a ese momento no estuvo tan “peladita y en la boca”. Mis abuelos eran campesinos que habían emigrado a Coahuila con la promesa de una mejor vida. Mi papá se convirtió en un obrero de Altos Hornos en Monclova y mi mamá era operaria de la Cinsa en Saltillo. Ninguno de ellos acabó la primaria. Así que imagínense cuántos árboles genealógicos tuvieron que sobrevivir para que yo pudiera acceder a una licenciatura.

Ahora calculen el drama que hubo cuando el nieto que podía decidir sobre su futuro gracias a la educación pública decidió estudiar Letras Españolas en una ciudad donde todo se trataba de la industria automotriz. Trataron de disuadirme con la cantaleta de “te vas a morir de hambre”, pero yo ya me estaba muriendo de hambre. Así que no le hice caso a nadie porque, además, yo me pagaba la carrera trabajando en una maquila.

Pero vamos un poco hacia atrás. Cuando mis papás se divorciaron, me arrumbaron en casa de los abuelos paternos en Monclova. Para ganarme el pan de la mesa, yo hacía entregas de leche bronca, vendía elotes y calabacitas y todo lo que sembraba en su labor mi güelo Goyo. Los fines de semana vendía paletas de hielo y el periódico para el que terminé trabajando por casi veinte años.

$!Encuentros. El periodista ha charlado con personajes, artistas y figuras del entretenimiento mexicano.

Hasta ahí, todo parece caminar con normalidad, pero hay que agregarle un nuevo factor. Yo era un niño marica, pero no cualquiera: era un marica de barrio y ya se imaginarán el viacrucis que escenificaba todos los días como vendedor ambulante en una periferia que castigaba todo lo que fuera diferente.

El asunto es que estaba solo, se me caía la manita y no encontraba mi lugar en el mundo. Estaba en la primaria y el bullying lo debías soportar porque no existía esa palabra y todo se trataba de “carrilla”.

Pero así como se aparecían los platillos voladores en el cerro, los libros aparecieron en mi camino e hicieron conmigo algo que la vida no había sabido hacer: abrazarme.

En el barrio, los libros eran un lujo y yo era ese niño terco y sacalepunta que, en sus ratos libres, agarraba la bici Vagabundo y se iba a meter a la biblioteca y al Museo Pape en Monclova para hacer sus tareas porque no tenía enciclopedia.

Yo, que andaba con una alita rota, en esas visitas me di cuenta de que los libros y el arte que más me fascinaban estaban hechos por seres rotos, incomprendidos, rebeldes, raros y solitarios que, como yo, andaban valiendo madre, y su obra no era otra cosa que anotaciones sobre cómo sobrevivir. Y pues yo andaba en esas: sobreviviendo a la canícula de saberme diferente.

No saben lo chulo que fue para mí encontrar una manada imaginaria. Así que, haciéndole al loco, un día agarré un libro con el título de “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada”, de un tal Gabriel García Márquez, y ya no hubo marcha atrás. Luego presenciaría un monólogo sobre Chavela Vargas, una obra de teatro de Salvador Novo, una exposición de Frida Kahlo, y yo ya no quería salir de ese lugar donde ser raro era un superpoder.

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Así que para mí no fue nada difícil escoger la carrera de Letras y luego la chamba de periodista cultural. Y como yo nunca tuve una guía, al escoger este oficio me convertí en el cómplice que de niño me hubiera encantado tener.

Hoy estoy cumpliendo 25 años de trayectoria y el Gobierno de Coahuila me pondrá una estrellita en la frente que le quiero dedicar a mis antepasados, esos que, con todo y primaria trunca, se la rifaron para hacer de los críos y agregados culturales personas de bien. Pero hay algo curioso: esta profesión la he ejercido no como me enseñaron en la universidad, sino como me guiaron mis abuelos: sin robar, sin mentir, sin venderme, sin pisar a nadie y, lo más importante, sin darle la espalda al barrio, a la clase trabajadora y al desierto donde mi familia y yo tenemos enterrado el ombligo.

Y no, la mía no se trata de una historia de éxito, ni de la cultura del esfuerzo, ni de una oda al “echeleganismo”. Mi historia de vida es una anomalía, una falla en el sistema, y no estaría mal que las anomalías se convirtieran en la regla en un país donde el que nace pobre se muere pobre.

Sin embargo, tengo que reconocer que la vida es caprichosa y, gracias a este oficio, pude conocer a los héroes de mi infancia. De pronto, ese morro que escogió un oficio para morirse de hambre estaba subiendo a un avión rumbo a Cuba tomado del brazo de Gabriel García Márquez mientras hablábamos de que “Remedios la Bella” no requería subir a esos armatostes para elevarse al cielo. Luego terminé sentado a la mesa de Elena Poniatowska, quien, mientras me servía mole, me hablaba del Subcomandante Marcos, de Juan Soriano y de Elena Garro.

Un buen día también conocí a Carlos Monsiváis en Parras de la Fuente, la tierra de nuestra Nancy Cárdenas, y me dijo que tenía fama de anarquista gracias a la ternura radical que le contagió la coahuilense. También tuve a Lila Downs cantándome a capela una canción que le recordaba a la gran Mercedes Sosa, que acababa de morir. Nunca voy a olvidar cuando Fito Páez me invitó a cenar después de su concierto en Plaza de Armas y me ayudó a pedir la mano de mi morro porque lo enamoré con una canción suya.

Hace poco, Arturo Ripstein me explicó en una comida cómo filmó el primer beso gay de la historia del cine; otro día me metí hasta la cocina en la casa de Silvia Pinal, que estaba sorprendida porque no le preguntaba nada de Pedro Infante, pero sí de Fellini, Luis Buñuel y Diego Rivera.

O aquella vez en que, a mis veinte años, tomé mi primer vuelo para conocer la casa del Indio Fernández de la mano de su hija Adela, quien me contaba durante el recorrido: “Aquí se emborrachó Marilyn Monroe, aquí mi papá encerraba a Juan Rulfo a escribir guiones o por aquí bajaba María Félix”.

Nunca olvidaré la vez que gané mi primer premio de periodismo con una crónica adolorida y acalambrada de un concierto público de Chavela Vargas en Guanajuato y, años después, presenciar el milagro de ver a Juan Gabriel jotear a todo pulmón en el Auditorio Nacional. Ahí tuve la sensación de que ya podía morir en paz.

Y así podría seguir, tirando las redes de la memoria. Hablando no desde la pretensión, sino desde la humildad de esos regalos maravillosos de un oficio que sí, a veces, te mata de hambre, pero, como recompensa, te llena de amor.

Así que yo no paro de bendecir el día en que la carrera de Letras Españolas y el periodismo se cruzaron en mi camino en una ciudad que, como el Zorrito de “El Principito”, terminó domesticándome: mi querida Saltillo.

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Así fue como yo, que no era nadie, me convertí en periodista que agarró la misión de hablarle a “los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada”, esos que, como dice el escritor Eduardo Galeano en un poema, “cuestan menos que la bala que los mata”.

No sé si lo he logrado, pero a ellos, que vienen de donde yo vengo, he tratado de decirles a lo largo de estos 25 años que mi guion estaba escrito y el trabajo era lo único a lo que podía aspirar al salir de la primaria. Pero por alguna extraña razón me aferré al arte y la cultura, dos cosas que nos enseñan que no son para nosotros, los que somos del color de la tierra. Y es curioso, porque yo de niño descubrí que se trata del abrazo que la vida nos da a los que no tenemos mucho.

Así que cuando me querían hacer dudar sobre estudiar Letras Españolas y dedicarme al periodismo, me hice la pregunta que se hacía Juan Matus, el personaje de “Las enseñanzas de don Juan”: ¿Este camino tiene corazón?

https://vanguardia.com.mx/show/de-coahuila-pa-l-mundo-nominan-a-vivir-quintana-a-los-grammy-latino-por-dueto-con-juanes-HH23537716

Veinticinco años después pongo la respuesta por escrito: a este camino que elegí le sobra mucho, pero mucho corazón. Y es que jamás voy a olvidar que cuando era niño en Monclova y tenía ganas de morirme, una biblioteca, un museo, unos libros, una exposición de pintura, una obra de teatro, una aguerrida cantante me enseñaron que no estaba solo en el mundo. El arte salvó mi vida y estoy seguro de que puede seguir salvando muchas más.

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Licenciado en Letras Hispánicas. Periodista con más de 20 años de trayectoria en el ámbito cultural y de entretenimiento. Ganador de 13 premios de periodismo. Colaborador de la revista Selecciones y Showroom. Gerente de prensa y Relaciones Públicas de la agencia de managment: MM:Agency en la CDMX. Colaborador de Curiosity Media, fundada por el productor Pedro Torres.

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