Adiós al hombre que nos enseñó a mirar
El productor Pedro Torres ha trascendido. Se trata del hombre que retrató como nadie el alma de México. Su obra atraviesa la música, la televisión y la memoria colectiva. Saltillo, la ciudad que lo vio nacer y a la que nunca dejó de mirar, hoy lo despide como uno de sus hijos ilustres.
Hay hombres que no mueren: se convierten en mirada. El saltillense Pedro Torres fue uno de ellos. Su partida no deja un vacío, deja un archivo vivo: imágenes que siguen respirando, canciones que siguen teniendo rostro, un país entero que aprendió a verse a sí mismo a través de su lente. Hoy no se apaga una cámara; se enciende la memoria.
Pedro Torres murió, pero su mirada permanece. Se va uno de los creadores visuales más influyentes de la historia contemporánea de México: fotógrafo, publicista, productor, director, visionario. Un hombre que entendió que la cámara no solo registra, sino que revela. Que una imagen bien encuadrada puede convertirse en memoria colectiva.
Durante décadas, Pedro fue uno de los grandes arquitectos de la imagen del país. Desde la publicidad hasta la televisión, desde el videoclip hasta las campañas institucionales, su trabajo definió una época. Supo mostrar los rincones más hermosos de México cuando aún no se hablaba de identidad visual ni de narrativa emocional: lo hacía por intuición, por oficio y por amor.
Pedro Torres fue productor, director, publicista, visionario. Pero antes que todo eso, fue un hombre que miró. Miró a México con una cámara al hombro y lo tradujo en emoción. Su obra atraviesa generaciones y formatos: televisión, música, publicidad, documental, fotografía. Lo que tocó, lo transformó en imagen viva.
Desde muy joven entendió que la cámara podía ser una extensión del cuerpo, “un brazo extra con el que no he hecho otra cosa que abrazar”, como dijo en su último discurso cuando recibió la presea Manuel Acuña. Y con ese brazo, arropó, como nadie, a millones de personas.
Fue el director de cabecera de algunos de los cantantes más importantes de la historia musical en español. Con Juan Gabriel construyó imágenes que hoy son patrimonio emocional del país; con Emmanuel inició una mancuerna que redefinió el videoclip en México; con Luis Miguel creó una narrativa visual elegante, poderosa, definitiva. Basta recordar “La Media Vuelta”, donde Pedro logró reunir frente a la cámara a Juan Gabriel, Lola Beltrán, Katy Jurado, Carlos Monsiváis, Ofelia Medina y Amalia Mendoza, para entender que su trabajo no era solo dirección: era curaduría de la memoria nacional.
También filmó y acompañó a figuras como Julio Iglesias, Selena, Alejandro Fernández, Yuri, Pandora, Paulina Rubio, Gloria Trevi y Carlos Rivera, entre muchos otros. A través de su lente, generaciones cantaron, amaron, lloraron y celebraron estar vivos. Sus imágenes educaron sentimentalmente a un continente.
En la televisión, Pedro Torres fue pionero y rompedor. Transformó el lenguaje del entretenimiento con proyectos que marcaron época. “Big Brother” no solo fue un fenómeno de audiencias: fue un parteaguas cultural. ‘Mujeres Asesinas’ colocó a las mujeres al centro del relato, con dignidad, complejidad y fuerza. Supo entender el pulso de la sociedad antes que muchos y llevarlo a la pantalla con inteligencia y riesgo.
Como publicista, retrató al México profundo sin caricatura ni artificio. Sus campañas —para marcas, instituciones y celebraciones nacionales— mostraron un país sensible, diverso, orgulloso de su identidad. Pedro no vendía productos: contaba historias. Y esas historias se quedaban.
Y queda también el saltillense. El niño que vio por primera vez un cielo del desierto y lo cargó consigo toda la vida. Pedro llevó a Saltillo tatuado en el alma, incluso cuando el mundo se le abrió en otros escenarios. Nunca dejó de nombrar su origen, de honrar su tierra, de volver —aunque fuera en la palabra— a ese primer encuadre donde todo comenzó. Hoy Saltillo puede decir, con razón y con orgullo, que uno de sus hijos más luminosos ha dejado huella en la historia cultural del país.
Pedro Torres entendió algo esencial: que la vida, como el cine, está hecha de instantes irrepetibles. Y los suyos fueron intensos, bellos, profundamente compartidos. Hoy nos queda su legado, su ejemplo y la certeza de que lo mejor de él sigue rodando en quienes lo conocimos, lo quisimos y trabajamos a su lado.
Trabajar con Pedro fue una lección constante. Tenía la disciplina del artesano y la sensibilidad del poeta. Sabía escuchar, sabía confiar, sabía rodearse de talento y hacerlo crecer. Con él, el trabajo nunca fue solo trabajo: era conversación, complicidad, búsqueda. La amistad se colaba inevitablemente en cada proyecto, porque Pedro hacía familia donde ponía la mirada.
Tuve el privilegio de conocer y trabajar con Pedro en la etapa final de su vida, cuando la experiencia se vuelve generosidad. Coincidimos en proyectos creativos donde pude ver de cerca su rigor, su encanto y su forma única de liderar. Trabajamos juntos en la construcción de su biografía, en la escritura de guiones, como director de casting en campañas publicitarias para Santander, Grupo Posadas y la campaña del Día de Muertos de Converse donde involucramos al rapero saltillense Lex. También colaboramos en el universo musical, acompañando procesos creativos como la filmación del videoclip “Te soñé” de Carlos Rivera.
Un día, en medio de una conversación larga, me miró y me dijo algo que hoy guardo como un regalo: “Tú naciste con la pluma en la mano”. Luego me abrazó. Fue un abrazo de colega, de maestro y de paisano. Aprendí de él la disciplina feroz, la exigencia sin gritos, la negociación elegante. Vi cómo todos se enderezaban cuando llegaba, no por miedo, sino porque con Pedro siempre estaba en juego la excelencia. Y vi también cómo se transformaba al tomar la cámara: Su sonrisa iluminaba habitaciones completas.
A Pedro Torres lo sobreviven su pareja, Saddy Abaunza; sus hijos Pedro, Apolonia y Emilia; y sus nietos Octavio, Victoria e Isabella, a quienes nombró siempre como una fuente de alegría y continuidad. Vive también en el amor de su madre, Tey Castilla, y en el abrazo de sus hermanos Gabriela, Rebeca, Raquel, David y Daniel. A lo largo de su vida compartió caminos con Lucía Méndez, Carolina Gutiérrez y Alexica Silveyra, relaciones que formaron parte de su historia personal y afectiva.
En su último discurso, Pedro Torres regresó al origen. Habló de Saltillo como se habla de la infancia: con gratitud y asombro. Dijo que ahí vio su primer cielo, que esa ciudad lo había acompañado toda la vida, incluso cuando la distancia parecía grande. Y al nombrar a Manuel Acuña, imaginó un futuro que hoy conmueve: ambos caminando juntos en el más allá, bajando de vez en cuando a recorrer Saltillo tomados de la mano, a mirar la ciudad desde la memoria y el corazón.
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Hay despedidas que no se escriben desde la noticia, sino desde la memoria. La muerte de Pedro Torres no clausura una vida: la revela completa. Hoy se va uno de los grandes creadores de imágenes de México, pero permanece el hombre que entendió el oficio como un acto de amor y de pertenencia.
Esto no es un adiós, es un fundido a negro lleno de gratitud. Gracias, Pedro, por la mirada, por la amistad, por el oficio y por el amor. La película continúa, porque tú la hiciste inolvidable.