Cultura y Pop: Tracey Emin
Poco después de esas semanas de depresión y exceso, Emin no sólo salió por fin de su cama, sino que la llevó a la Tate Gallery
En 1998, la joven artista británica Tracey Emin estaba deprimida por problemas sentimentales, y pasó un par de semanas en su cama bebiendo, fumando, durmiendo, cogiendo y pensando en suicidarse.
Emin era parte de los Young British Artists, un grupo que en los 90 tomó por asalto al esclerótico establishment artístico británico. En vez de rogarles que les permitieran exhibir en sus galerías, montaron sus propias exposiciones en lugares abandonados; vivían rápido porque, al parecer, querían morir jóvenes, así que sus borracheras y excesos se volvieron legendarios. Y no le hacían ascos al dinero ni a la fama. Al contrario.
Poco después de esas semanas de depresión y exceso, Emin no sólo salió por fin de su cama, sino que la llevó a la Tate Gallery, donde la presentó en una exhibición como una obra de arte readymade.
Oh, el escándalo. La cama tenía manchas amarillas de sudor, ropa interior sucia y manchada con sangre menstrual; alrededor estaba el detritus de los intensos días que su “autora” había pasado en ella: botellas de alcohol, condones usados, paquetes de cigarrillos, ceniceros, pastillas, kleenex sucios, osos de peluche, pantuflas y periódicos viejos.
What the fuck? La pieza fue tachada de trivial, absurda e incluso de peligrosa por antihigiénica. Además del shock, generó discusiones que podemos resumir en dos preguntas: “¿Es esto arte?” y “¿A dónde hemos llegado?”.
La Tate Gallery adquirió la pieza y, casi treinta años después, ha montado una comprensiva exhibición de la obra de Emin.
Yo había leído un par de libros sobre estas historias y, hace años, durante una visita a la National Portrait Gallery de Londres, un autorretrato donde Emin aparece borrosa, semidesnuda e hincada en una cocina me hizo regresar a la sala tres o cuatro veces para verlo de nuevo. Aún hoy no tengo del todo claro qué me atrajo tanto.
Así que, cuando supe de la exhibición en Londres, organicé una escapada. Quería ver más obra de Emin en directo, para descubrir si me causaba una reacción semejante o si, tal como aún juzga gran parte del establishment artístico británico, es tan sólo un producto de la mercadotecnia y el escándalo, sin relevancia artística; opinión que tuvo a bien recordarme una señora británica mayor y muy amable que había ido a la Tate para ver una exhibición sobre arte africano y con la que compartí mesa en la cafetería tras salir de la muestra de Emin:
“Yo jamás pagaría por ver sus obras”.
Qué mal, señora. No sabe de lo que se pierde.
La próxima semana hablaré de ella (de la exhibición, no de la señora).