Giuseppe Verdi, drama, emoción y maestría

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Artes
/ 2 febrero 2026

A 125 años de la muerte del compositor italiano, Giuseppe Verdi, su música sigue emocionando a públicos de todo el mundo, recordándonos que sus óperas, coros y melodías trascienden el tiempo y continúan reflejando las pasiones, los dramas y la grandeza del corazón humano.

Por: Amalia González Manjavacas

Uno de los músicos más influyentes y universales de la historia de la música, Giuseppe Verdi, cuyo nombre además va unido a la identidad del pueblo italiano, es el compositor con más óperas representadas del mundo: siete, por delante de Mozart o Puccini, que le siguen con cuatro cada uno, en la lista de las veinticinco más representadas.

Giuseppe Verdi murió el 27 de enero de 1901 en Milán, a los 87 años, seis días después de sufrir un derrame cerebral. Su muerte provocó un impresionante cortejo fúnebre como nunca antes había suscitado un artista: más de 300.000 personas acompañando su féretro.

Cuentan las crónicas que la calle frente a su residencia, muy cercana al teatro de La Scala, había sido cubierta de paja para que el ruido de los carruajes no molestara al maestro, y la ciudad se volcó en homenajes al hombre cuya música había definido a Italia moderna.

Siempre se destaca de Verdi el poder de conjugar el drama humano y la psicología de los personajes, elementos centrales de sus óperas, donde se combina la monumentalidad e intensidad histórica con la intimidad más profunda, dejando siempre evidencia de que la ópera puede ser, al mismo tiempo, espectáculo, emoción y conciencia, donde se puede expresar el amor, el dolor, la guerra, la traición o cualquier grado de fatalidad.

Giuseppe Verdi había nacido el 10 de octubre de 1813 en la humilde aldea de Roncole, cerca de Busseto, provincia de Parma, en el seno de una familia modesta que regentaba una posada y una tienda de comestibles. Desde muy joven mostró un talento extraordinario para la música, por lo que fue alentado por Antonio Barezzi, comerciante, pero a la vez, una especie de mecenas local que presidía la Sociedad Filarmónica de Busseto -y su futuro su suegro-, quien introdujo al joven Giuseppe en el mundo de la música culta. Sin embargo, su camino no estuvo exento de dificultades. Nadie se puede creerse que por ejemplo el hombre del que salieron casi 30 óperas, la gran mayoría, por no decir todas, de rotundo éxito, suspendió cuando intentó entrar en el conservatorio, y, sin embargo, no hay un solo día del año que alguna de sus óperas no estén programadas en algún lugar del mundo.

Símbolo de il Risorgimiento italiano

Hay que recordar que su música se convirtió en un símbolo de identidad y esperanza de unidad nacional durante el largo proceso de unificación de los estados italianos (gran parte bajo el dominio austriaco) que culminaría en 1870 y conocido como il Risorgimento, por una coincidencia al corresponder su apellido con las siglas de Vittorio Emanuele Re D’Italia, es decir ‘V E R D I’, por lo que el grito popular “¡Viva VERDI!”, servía para aplaudir al compositor y al mismo tiempo para expresar el apoyo al rey y al movimiento patriótico por la liberación, esquivando la censura de las autoridades austríacas. Esta dimensión patriótica es especialmente visible en Nabucco, su tercera ópera y la que le lanzó al Olimpo de la música. Ambientada en la Babilonia bíblica, narra la tragedia del rey Nabucodonosor y la esclavitud de los hebreos. El público italiano asoció la historia del pueblo judío en Babilonia con la situación de opresión que vivía Italia bajo el dominio austríaco.

Una vida personal marcada por la tragedia

Su vida quedó truncada después de cumplir veinticinco años, al sufrir la mayor desgracia de su vida: la pérdida consecutiva de sus dos hijos al año de nacer, en 1938 y 1939, y de su esposa, Margherita Barezzi, en 1840, una escalada de dolor que encontraría reflejo en su Réquiem, una obra de profundo dolor, pero también de rabia y confrontación con tanta muerte injusta. La respuesta de un hombre que mira a dios a la cara, reprochándole en su particular misa de difuntos que le arrebatara su mujer y sus hijos.

Tras caer en una profunda depresión, él mismo llegó a decir que se sentía “solo en el mundo” y a punto estuvo de abandonar la música, pero se recompuso gracias al trabajo de Nabucco, la obra que marcaría su “renacimiento” artístico. Una obra resumida en siete óperas:Nabucco (1842), símbolo del Risorgimento italiano y ópera que mejor combina drama histórico y fervor popular, sitúa a Verdi como el compositor capaz de fusionar emoción e intimidad con la monumentalidad de los poderosos efectos corales y orquestales. El Coro de los Esclavos, es la mejor metáfora de la Italia oprimida, todo un himno a la libertad. Rigoletto (1851) inspirado en Victor Hugo, retrata al bufón jorobado y su hija Gilda, víctimas de la corrupción, el abuso de poder y el deseo del duque de Mantua. La obra combina drama psicológico, crítica social y melodías inolvidables, como La donna è mobile, y marca un punto de madurez en la construcción de personajes y tensión dramática.

La Traviata (1853) traslada la tragedia a un París contemporáneo y narra el trágico romance entre Violeta Valéry, cortesana enferma de tuberculosis, y Alfredo, joven burgués. La hipocresía social y la presión familiar obligan a Violeta a sacrificar su amor, llevándola a la deshonra y a una muerte solitaria, reconciliándose finalmente con Alfredo antes de morir. Verdi combina drama íntimo y crítica social, y su música refleja alegría, culpa y dolor, convirtiendo a Violeta en un personaje universal cuya fragilidad y grandeza siguen emocionando al público.

Aida (1871) se ambienta en el antiguo Egipto y narra un triángulo imposible: la esclava etíope Aida ama al general Radamés, quien también es objeto del amor de la princesa Amneris. La política y la guerra convierten el amor en tragedia: Radamés es condenado a morir enterrado vivo y Aida lo acompaña hasta la muerte. Con monumentalidad escénica y pasajes íntimos, Verdi combina esplendor y emoción, construyendo una obra de sacrificio y destino trágico.

El Réquiem (1874) refleja un Verdi más íntimo y doliente, no responde a la fe serena, sino que está compuesto desde la herida más profunda, desde el desgarro y el dolor de perder a su familia -dos hijos y su mujer- que murieron en un lapso tan breve -1938,1939 y 1940-, que la tragedia fue implacable y él quedó totalmente devastado. Su relación con Dios y con cualquier idea de consuelo religioso quedó desde entonces marcada por la duda.

Estrenado ya en la madurez del compositor, su Réquiem más que una misa por los muertos, es una confrontación con la muerte y con un Dios de un joven que lo perdió todo demasiado pronto y que, décadas después, sigue preguntándose —en voz alta— cómo aceptar un mundo en el que la muerte golpea sin justicia ni explicación. La obra no suena a plegaria, sino más bien a todo lo contrario, a requerimiento: no implora, exige respuestas, llegando en el Dies irae y el Libera me a toda una explosión de rabia, miedo y desesperación, donde la música se acerca más al drama humano que a lo religioso. Ya en su madurez, Verdi alcanzó una perfección dramática y musical sin precedentes con Otello y Falstaff. La primera profundiza en los celos y la manipulación hasta conducir al asesinato y al suicidio, mientras que Falstaff, demuestra la maestría absoluta del contrapunto vocal y la comicidad musical.

Otello (1887), adapta la tragedia homónima de Shakespeare con una intensidad dramática sin precedentes. Narra cómo el general moro Otello, al servicio de Venecia, cae víctima de los celos y la manipulación de Yago, lo que lo lleva a asesinar a su esposa y luego suicidarse al descubrir la verdad. La ópera tardó años en completarse porque Verdi, ya cerca de los setenta y tras haber anunciado su retiro, se mostró extremadamente cauteloso: quería respetar la complejidad psicológica del drama shakesperiano y no comprometer la fuerza teatral de su música. Trabajó perfeccionando cada escena para lograr un equilibrio entre la tensión narrativa y la expresividad vocal, convirtiendo a Otello en una obra maestra del teatro musical tardío y un hito del realismo emocional en la ópera italiana.

Falstaff (1893), la última ópera y su gran trabajo cómico, adapta con humor, ironía y brillantez, Las alegres comadres de Windsor de Shakespeare, obra que celebra la astucia y la vanidad humana.

Con casi 80 años, Verdi demuestra una vez más el contrapunto vocal y la comicidad musical, cerrando su carrera con una obra ligera, ingeniosa y magistralmente estructurada.

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