‘Sirāt: Trance en el desierto’: La escalera de luz sobre un desierto que no perdona

+ Seguir en Seguir en Google
Cine
/ 23 enero 2026

Alfredo de Stefano nos trae esta reseña de una apuesta singular del director Óliver Laxe

El puente finísimo

Óliver Laxe filma como quien avanza sobre un hilo: un paso más y todo se cae. Sirāt —drama, road movie, trance y presagio— arranca con una premisa íntima: un padre y su hijo llegan a un rave en el sur de Marruecos para buscar a Mar, hija y hermana desaparecida. Reparten su foto una y otra vez entre cuerpos sudorosos, música electrónica y una libertad que no les pertenece. Y entonces el mundo cambia de escala: la fiesta es clausurada con violencia, y la búsqueda familiar se convierte en travesía hacia un desierto más profundo, mientras la radio anuncia un conflicto bélico que se expande.

El título no es un adorno: Sirāt remite al puente de la tradición islámica, delgado como una hoja, tendido entre paraíso e infierno. La película te advierte —sin decirlo— que vas a cruzar algo así: un umbral donde la vida deja de ser cotidiana y empieza a ser prueba.

La rave como rito y como espejismo

Laxe comprende que la rave no es solo música: es ceremonia. El techno funciona como lengua espiritual, como exorcismo colectivo frente al colapso. No hay romanticismo aquí: hay trance. Y en ese trance, el duelo se vuelve motor físico. El padre (Sergi López) no busca solo a su hija: busca una explicación para seguir caminando. El hijo (Bruno Núñez) no acompaña: aprende a mirar el miedo sin nombre.

La película tiene algo de fábula y algo de herida: cada kilómetro hacia el desierto borra el mapa moral, y el espectador siente que también está perdiendo referencias.

La escalera láser y mi propia memoria del desierto

Hay una imagen que se queda como una marca: los láseres dibujando una especie de escalera sobre la montaña, una “escalera al cielo” frágil y eléctrica. Esa visión no es solo un hallazgo visual: es un símbolo del puente que la película invoca —un trazo de luz que promete ascenso, pero que en realidad solo señala lo imposible.

Para mí, esa escalera conversa directamente con mis propias escaleras en el desierto: las de Habitar el Vacío y las de BURN, donde el gesto de construir un ascenso en medio de la intemperie no es triunfal, sino existencial: una forma de preguntar qué se salva cuando todo alrededor se desmorona. En Sirāt, la escalera no conduce a una salida: conduce a una conciencia. Es luz puesta donde el paisaje no ofrece consuelo.

Y luego está el Sahara. Marruecos no es aquí postal: es presencia. He trabajado varias veces en ese desierto con Tormenta de Luz, y sé lo que significa filmar cuando el viento te borra la huella en minutos. Laxe captura ese carácter: el Sahara como lugar que no guarda nada, que no recuerda por ti, que obliga a cargar la memoria en el cuerpo.

La cámara: un cuerpo más

La fotografía de Mauro Herce convierte el viaje en experiencia sensorial: polvo, metal, piel, noche, vibración. La película no “muestra” el desierto: lo hace sonar, lo hace respirar. Y el sonido —entre motores, viento, detonaciones y beats— trabaja como un sistema nervioso que no deja descansar.

No es cine de explicación. Es cine de exposición: te pone frente a una fuerza y te pide aguantar la mirada.

Lo autoral como riesgo

Sirāt ganó el Premio del Jurado en el Festival de Cannes y fue nominada a Mejor Película Internacional en los Premios Oscar, confirmando a Laxe como una de las voces autorales más radicales del cine europeo contemporáneo. No es una película complaciente: muta de género, abandona la comodidad del drama íntimo y empuja al espectador hacia la intemperie simbólica.

Ahí está también su límite: en su radicalidad hay momentos donde la metáfora pesa tanto que amenaza con enfriar el vínculo con los personajes. Cuando el relato se vuelve apocalipsis, Sirāt elige la intemperie conceptual sobre la psicología explicada. A algunos eso les parecerá distancia. A otros —y yo estoy más cerca de ahí— les parecerá honestidad: hay experiencias que no se “entienden”, solo se atraviesan.

Epílogo

En Sirāt nadie se ilumina por completo. Nadie llega limpio. El desierto no es escenario: es juicio. Y la película deja una sensación rara y persistente: que el mundo puede estarse acabando mientras alguien muy cerca de ti, con una foto en la mano, busca entre desconocidos, como si ese gesto mínimo pudiera sostenerlo todo un instante más.

Calificación: ★★★★★

Advertencia: Contiene trance, intemperie, arena y una escalera de luz que no promete salvación; solo te obliga a seguir caminando.

Disponible en Cinépolis y Cinemex

Temas



Artista visual conceptual que trabaja entre la fotografía y el Land Art, reconocido por intervenciones efímeras en paisajes desérticos con fuego, hielo y luz. Ha realizado más de 90 exposiciones internacionales y su obra integra colecciones del Museum of Fine Arts Houston, El Museo del Barrio de Nueva York y el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México.

Fue reconocido por Quién en 2017 entre las 50 personalidades que transforman México. Es autor del documental YERMO, con dos nominaciones al Ariel y Premio CANACINE 2021. Recientemente participó en Human Nature en Fotografiska Nueva York y presentó Tormenta de Luz (2024). Desarrolla BURN, proyecto audiovisual filmado en el desierto de Mayran.

Selección de los editores