Cultura y Pop: El mito de Anthony Bourdain
A ocho años de su muerte, el chef y escritor sigue inspirando a millones, aunque la idealización de su figura amenaza con ocultar las contradicciones de una persona que nunca quiso ser santa
La semana pasada escribí sobre Anthony Bourdain: cómo un artículo en el que revelaba secretos de chef lanzó su carrera como escritor y cómo, tras publicar sus memorias, ‘Kitchen Confidential’, una cadena de televisión especializada en comida le propuso viajar a lugares exóticos para indagar sobre su cocina y sus habitantes.
Aquí van los lugares que visitó y donde comió durante la primera temporada: Tokio, Vietnam, Camboya, San Sebastián, Portugal, Francia, San Petersburgo, Oaxaca, Puebla, Los Ángeles, San Francisco, Nueva York, Escocia, Londres...
... Y así durante 25 años, en cuatro diferentes reencarnaciones de su programa. Durante todo ese tiempo, Bourdain tuvo el trabajo con el que todos soñamos: viajar, comer, beber y conocer gente interesante.
El impacto de sus andanzas en nuestra cultura pop es singular. Inspiraron a millones de personas a interesarse en la cocina, a viajar y a descubrir otras culturas. Mostraron que, por más que nos cuidemos, no viviremos ciento cincuenta años, pero que muchos de nosotros ni siquiera aprovechamos los cincuenta o sesenta que nos tocan. Y que, para sacarle jugo a la vida, hay que superar nuestros miedos y tomar riesgos.
Pero, visto en retrospectiva, ‘Kitchen Confidential’ ya insinúa los demonios que persiguieron a Bourdain toda su vida, incluido, ¡oh, sorpresa!, el sentirse un farsante y un hipócrita. Aun así, cuando se suicidó en 2018, en plena filmación de una nueva temporada de su programa, sus amigos y sus fans se quedaron helados.
Se han propuesto varias teorías para explicar por qué lo hizo, y varios periodistas han sacado a la luz una compleja relación sentimental que supuestamente tuvo mucho peso.
Yo creo, sin embargo, que la mejor explicación es esta: la depresión es una enfermedad horrenda y difícil de comprender para quienes no la hemos sufrido.
Tras su muerte, Bourdain ha alcanzado un estatus mitológico. Se han publicado biografías —autorizadas y no— y varias memorias del tipo ‘Tony y yo’. Se han hecho documentales y películas sobre su vida, y se le han inventado declaraciones y frases motivacionales que Bourdain nunca dijo y que probablemente le causarían repelús.
Tanta adoración ha convertido a Bourdain en una especie de figura religiosa new age. El problema es que la santidad convierte a quienes abraza en figuras unidimensionales. Y Bourdain quiso ser muchas cosas, pero jamás un santo.
Es difícil no aborrecer al Bourdain-mito. Pero escribir estas dos columnas me ha recordado por qué el Bourdain-persona es fantástico: al comienzo de cada uno de los episodios de ‘No Reservations’ siempre decía esto: “I write. I eat. I travel. And I’m hungry for more”.
Amén.