Cultura y Pop: Mark Lanegan

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Un concierto de Mark Lanegan en Maastricht llevó al autor a reflexionar sobre la intensidad de crear y la necesidad de seguir haciendo arte hasta el final

Preparando una columna sobre Anthony Bourdain para la próxima semana, descubrí dos cosas que no sabía: la canción de su último show de televisión fue compuesta por Mark Lanegan, y Lanegan murió en 2022 por complicaciones del COVID.

A veces los temas se conectan. Como hecho adrede, yo acababa de estar en un festival anual que marca el final del verano en Maastricht, donde vi a varios grupos buenos, pero demasiado amables. Demasiado sonrientes. Demasiado pop.

Y me vino a la mente otro concierto que escuché en el mismo festival hace once años, precisamente de Mark Lanegan.

Para entonces, Lanegan había vivido el equivalente de dos o tres vidas. Como cantante de Screaming Trees, fue uno de los íconos del grunge. Más tarde desarrolló una carrera como solista y, entre muchas otras colaboraciones, formó parte de Queens of the Stone Age durante un tiempo.

Pero Lanegan había tenido una infancia de abusos y comenzó a tomar alcohol a los doce años y a consumir drogas a los dieciocho. Siendo ya famoso, acabó viviendo en la calle, como le pasó a otros músicos; me viene a la mente Jack Frusciante, el guitarrista de Red Hot Chili Peppers. Al igual que a Frusciante, a Lanegan lo rescataron otros músicos.

Lanegan consiguió desintoxicarse, pero su salud quedó muy dañada. Y, sin embargo, tan pronto pudo y hasta el final de su vida, siguió haciendo música y giras.

¿Por qué? Una respuesta fácil y cínica sería decir que por el dinero, la fama, el estilo de vida de un rockero.

Después de ver su concierto en vivo en Maastricht, no me creo que esa fuera la razón.

Su banda subió al escenario y el ambiente en el festival cambió. Donde todo había sido una tarde agradable de fin de semana escuchando música al aire libre y platicando con amigos, de pronto la gente estaba expectante. El aspecto de Lanegan y sus músicos mandaba un mensaje claro: “The Real Thing”. Nada de inseguridades, cortesías innecesarias, deseos de caer bien. Correctos en todo momento, sabían, sin embargo, quiénes eran, qué habían conseguido, por qué ellos estaban encima del escenario y por qué nosotros habíamos ido a verlos.

Empezaron el concierto y el sonido y la intensidad fueron como un tren de mercancías embalado: sólido, feroz, imposible de detener.

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Yo no conocía ninguna de sus canciones. Nunca había comprado ninguno de sus discos. El grunge nunca fue lo mío. Hasta ese momento, Lanegan me daba igual. Pero ese día fue como entrar en trance durante la hora que duró su concierto.

¿Quién querría renunciar a algo así? Al igual que he visto en muchos otros artistas, Mark Lanegan me confirmó aquel día que, una vez que aprendes a crear algo —música, novelas, arte—, no te imaginas haciendo otra cosa con tu vida

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Doctor en Literatura por la Universidad de Salamanca. Vive en Europa desde el 2000, donde ha viajado extensamente. Ha sido guionista y locutor de radio, y escritor de libros, museos, arte, viajes, conciertos, y películas. Actualmente es profesor en la Universidad de Ciencias Aplicadas Zuyd en Maastricht (Países Bajos), donde imparte clases de Lengua y Cultura Española, Comunicación Intercultural, Presentation Skills y Storytelling. En sus noches libres cocina para rockeros y poperos en la sala de conciertos Muziekgieterij.

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