Cultura y Pop: La Gran Ola
Belleza aparte, quizá este grabado nos fascina porque intuimos que captura algo atemporal: las oportunidades y el sufrimiento
En 1603, alarmado por el avance del cristianismo entre su gente, Japón se cerró al mundo. Viajar al extranjero se empezó a castigar con la pena de muerte, y se prohibió la entrada de extranjeros. Los chinos y los holandeses siguieron comerciando con los japoneses, pero sólo en el puerto de Nagasaki.
Este aislamiento duró hasta 1854, cuando Estados Unidos envió barcos de guerra a abrir las fronteras japonesas por las buenas o por las bombas, en la que después se conoció como diplomacia de cañones.
Unos veinte años antes de este traumático episodio, Katsushika Hokusai se estaba embarcando en su serie de grabados Treinta y Seis Vistas del Monte Fuji. Su primera entrega fue La Gran Ola de Kanagawa, y el curso del arte cambió para siempre.
La Gran Ola fue un bestseller en su época —se vendieron entre cinco y ocho mil reproducciones— y con el paso del tiempo se convirtió en la obra de arte japonesa más conocida en el mundo. Se ha reproducido en ropa, souvenirs, menús de sushi, tatuajes, y portadas de libros; la semana pasada me dieron de regalo unos curitas con su imagen, y si ahora mismo usted abre su WhatsApp y escribe “ola” o “mar”, el emoji que su iPhone le propone está inspirado en ella.
A primera vista, que esta obra conecte con tanta gente parece sencillo de explicar. La majestuosa ola está rompiendo en un hermoso mar azul, y al fondo, empequeñecido por la distancia, se ve el sagrado monte Fuji con su cumbre cubierta de nieve. Es una oda a la belleza del mar y la naturaleza, y un retrato de la estética japonesa.
Pero en medio del embravecido mar hay tres botes llenos de pescadores aterrados, a punto de ser tragados por la fiera ola, que ahora parece tener garras. Por la extraña alquimia del arte, Hokusai capturó el momento que vivía Japón: la ola puede verse como la traumática invasión occidental de ideas, industria, estilo de vida, y costumbres que estaba a punto de transformar al país.
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Belleza aparte, quizá este grabado nos fascina porque intuimos que captura algo atemporal: las oportunidades y el sufrimiento que suponen los constantes choques de sociedades, y los cambios tecnológicos y culturales que traen consigo.
Ahora mismo, sin ir más lejos, la ola se llama inteligencia artificial. Nosotros somos los que vamos en las barcas, y estamos a punto de ver trastornada nuestra manera de entender el mundo, y nuestro lugar en él.