La Forma del Agua

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/ 10 enero 2018

    Elisa Esposito (Sally Hawkins) es la afanadora de un laboratorio de investigaciones secretas del gobierno de los Estados Unidos a principios de los años 60 y por tanto en plena Guerra Fría con Rusia.

    Elisa es muda, vive sola en compañía de un gato y la única persona con la que convive es un vecino homosexual de mediana edad de nombre Giles (Richard Jenkins) quien se dedica a la pintura y con quien comparte el gusto por los musicales del cine que retransmiten por la televisión.

    Pero así como a Elisa y a Giles la soledad los ha llevado a hacerse compañía, en su rutina diaria la en su caso también callada acompañante desde que se levanta de su cama hasta que llega a su casa de trabajar es el agua con la que llena la tina de su baño y se lava sus partes íntimas; el agua con la que hierve los huevos que prepara para su almuerzo en el trabajo e inclusive las gotas de agua de la temporada de lluvias que caen en las ventanas del transporte público que utiliza para trasladarse a su lugar de trabajo.

    Esta rutina se rompe el día en el que un misógino y racista “hombre de negro” del gobierno norteamericano de nombre Richard Strickland (Michael Shannon) quien contrario a los científicos que ahí laboran somete con violencia a un espécimen misterioso cuyo hábitat para su subsistencia es precisamente el agua en lo que lo investigan y en el proceso inicia una extraordinaria relación con una criatura anfibia para quien el agua es un elemento básico para su subsistencia.

    “La Forma del Agua”, de estreno mañana en México incluyendo a Saltillo, es la más reciente fábula del aclamado cineasta mexicano Guillermo del Toro, y desde sus primeras imágenes hasta las últimas, aunadas a la fotografía del danés Dans Laustsen (con quien colaboró en su cinta previa “La cumbre escarlata”) y la música del francés Alexandre Desplat (“El Gran Hotel Budapest”), es un poema de amor al cine y al cine de género en el cual se formó Del Toro como artista audiovisual desde su infancia haciendo un homenaje directo a clásicos que van de “La Bella y la Bestia” (Jean Cocteau, 1946) a más directamente “El monstruo de la Laguna Negra” (Jack Arnold, 1954).

    Pero Del Toro no se queda ahí, sino que también refleja sus años de evolución como cineasta ya que en el microcosmos de “La forma del agua” vemos el trabajo de su mentor en Guadalajara, el maestro Jaime Humberto Hermosillo, en referencias al simbólico final de una habitación inundada por un torrente de agua como en “Naufragio”, de 1977 o la opresión a una pareja por una orientación sexual distinta de “Doña Herlinda y su hijo”, de 1984, donde Del Toro colaboró en su producción como también se ve la prominencia de un color verde como el que imprimió su amigo, colega y compatriota Alfonso Cuarón apoyado a su fotógrafo de cabecera Lubezki para mantener latente el significado de la esperanza en las imágenes de “Grandes esperanzas”, de 1998.

    Sin embargo, lo más potente de “La Forma del Agua” hablando de la imagen latente que provee el cine es la alegoría al mundo de débiles y poderosos en el que vivimos donde aniquilando a los aparentes monstruos que nos rodean nos impiden descubrir al verdadero monstruo: el hombre.

    Comentarios a: alfredogalindo@hotmail.com; Twitter: @AlfredoGalindo

    Productor, Director y Guinista de cine. Columnista del periódico Vanguardia desde 1995, escribe sobre música, cine y televisión. Combina la pasión de escribir con la creación cinematográfica.

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