Depresión postvacacional en la era del ‘scroll’
Aceptar la vuelta a la rutina laboral es hoy un reto psicológico mayúsculo cuando las pantallas nos bombardean con los viajes idílicos de los demás
Lunes, ocho y media de la mañana. El despertador acaba de sonar como un jarro de agua fría. Es la recta final de septiembre y el verano va dando paso al otoño. Pero la vuelta a la rutina se enquista en un punto concreto del día a día: las pantallas.
Y es que ya sea de camino en el transporte público o frente a ese primer café sobre la mesa de la oficina, hay un movimiento que casi todos hacemos por inercia: deslizar el dedo por el teléfono.
Al otro lado del cristal, la imagen contrasta fuertemente con las obligaciones. Una sucesión infinita de aguas turquesas, puestas de sol envidiables y cenas rodeadas de amigos desfilan ante nuestros ojos.
Porque, aunque nuestro calendario nos grita que las responsabilidades han vuelto, las redes sociales nos venden el espejismo de que el planeta entero sigue en unas vacaciones eternas. Todos, excepto quien sostiene el teléfono.
Y así, aunque retomar el ritmo laboral siempre ha supuesto un choque, tanto para el cuerpo como para la mente, ahora, atrapados en la era de los algoritmos y de los vídeos verticales que nunca acaban, esa línea que antes marcaba claramente el fin del descanso casi ha desaparecido.
La clásica tristeza postvacacional ya no es solo una etapa de transición de un par de días: se ha transformado en un malestar crónico que se reaviva con cada nueva publicación ajena.
LA TRAMPA DE LA COMPARACIÓN SOCIAL ASCENDENTE
La psicología tradicional siempre ha calculado que el ser humano necesita entre dos y diez días para superar este bache de forma natural. Es el tiempo justo para que nuestros ritmos circadianos y el sistema de dopamina del cerebro hagan las paces con los horarios de la oficina. Sin embargo, en la era digital, los tiempos han cambiado.
¿Pero qué hace que el trago de volver a la realidad duela tanto cuando miramos la pantalla? Para entenderlo hay que viajar hasta 1954, cuando el psicólogo Leon Festinger sentó las bases de la teoría de la comparación social. Lo que él describió hace décadas, hoy los algoritmos lo han llevado al extremo.
Básicamente, cuando nos medimos con personas que parecen estar en una situación mucho más afortunada o placentera que la nuestra, caemos de lleno en lo que los expertos etiquetan como “comparación social ascendente”. Y el resultado suele ser siempre el mismo: un cóctel emocional a base de frustración, sensación de no dar la talla y pura envidia.
Hace un par de décadas, la regla era sencilla: al cruzar la puerta de la oficina o del taller tras las vacaciones, el contacto con el ocio de los demás se cortaba de raíz. Ahora, sin embargo, llevamos en el bolsillo una ventana indiscreta abierta las 24 horas.
En internet no hay meses ni temporadas: cualquiera puede estar tecleando frente al ordenador a finales de septiembre mientras los muros de sus redes sociales se llenan con las escapadas paradisíacas de creadores de contenido, perfiles de marcas o conocidos lejanos.
El impacto de este escaparate es muy real. Según un revelador estudio publicado en el Journal of Travel Research, encabezado por el doctor Ben Marder desde la Escuela de Negocios de la Universidad de Edimburgo, un abrumador 90 % de los encuestados confesó sentirse decaído o triste tras repasar las fotos y vídeos vacacionales de sus contactos.
El propio doctor Ben Marder explicó que “esas publicaciones, en cierto modo idílicas, de amigos en redes sociales suelen hacernos sentir tristes con nuestras propias vidas y nos llevan a tomar medidas para intentar sentirnos más felices”.
BAJO LA SOMBRA DEL FOMO
Pero, seamos sinceros: nadie saca el “smartphone” para inmortalizar esa cola interminable en la puerta de embarque, las tres horas de retraso en el aeropuerto, la humedad en las paredes del hotel o la típica riña familiar en medio del atasco.
Lo que de verdad triunfa en plataformas como Instagram o TikTok es una cuidada selección de momentos estéticamente impecables. Playas que brillan gracias a la saturación de los filtros, cenas de revista y posados relajados bajo el sol.
Y este inmenso escaparate virtual es lo que juega al engaño con nuestra mente: el cerebro asimila esas imágenes idílicas de forma tan rápida y emocional que se salta cualquier filtro racional, llevándonos a creer, casi sin darnos cuenta, que los demás viven instalados en una eterna felicidad vacacional.
De ahí nace el tan temido “FOMO” (“Fear of Missing Out”, o el miedo a perderse algo). Y su poder de influencia es indiscutible: un estudio elaborado por Forbes Advisor desveló que el 48% de los consumidores confiesa haber elegido su destino turístico solo porque lo vio publicado en las redes. Una cifra que, entre los miembros de la Generación Z, asciende al 82%.
Además, ante la montaña de tareas pendientes que nos espera a la vuelta, el recurso más fácil para intentar relajar la mente durante los descansos o al salir del trabajo es dejarse llevar por el “passive scrolling” (ese consumo pasivo en el que deslizamos la pantalla sin un rumbo claro).
Sin embargo, esto es un arma de doble filo. En lugar de darnos un respiro reparador, ese desfile interminable de fotos y vídeos cortos solo consigue agotar aún más nuestro cerebro y reavivar la frustración.
No obstante, no todo está perdido: se puede salir de esta espiral y, hacerlo, tiene efectos terapéuticos muy reales, según una investigación conjunta de científicos de la Escuela de Medicina de Harvard y el Centro Médico Beth Israel Deaconess, publicada en la revista JAMA Network Open.
Este estudio comprobó que alejarse de las redes sociales durante apenas una semana lograba reducir en un 24.8% los síntomas de depresión, en un 16.1% los de ansiedad y en un 14.5% los de insomnio en jóvenes de 18 a 24 años.
Y, tal vez, esto tenga sentido también para el resto de la población. Porque, cuando intentamos ahogar la resaca emocional del fin del verano con el teléfono, nos estamos castigando con un algoritmo que se encarga de recordarnos, publicación tras publicación, que a nuestra rutina diaria le falta ese brillo artificial que inunda internet.
DESTACADOS:
- El 90% de los usuarios confiesa sentir tristeza o decaimiento anímico al ver las fotos de los viajes de sus contactos en redes, según un estudio de la Universidad de Edimburgo.
- El temido “FOMO” dicta nuestras vacaciones: casi la mitad de los consumidores elige sus destinos turísticos tras haberlos visto en internet, según Forbes Advisor.
- Científicos de Harvard y el Centro Médico Beth Israel Deaconess han comprobado que alejarse de las redes sociales durante solo una semana reduce un 24.8% los síntomas de depresión.
Por Nora Cifuentes, EFE-Reportajes.