Cuando sentimos que también nos rechazaron

Cuando sentimos que también nos rechazaron

+ Seguir en Seguir en Google

La angustia por la vida social de nuestros hijos puede llevarnos a sobreprotegerlos. Aprender a acompañarlos con preguntas en lugar de resolverles sus conflictos les da las herramientas para desarrollar resiliencia y construir sus propias relaciones

Vida
/
COMPARTIR

A ver, seamos honestas: a muchas mamás nos angustia muchísimo pensar que nuestro hijo no va a ser incluido, que no tendrá amigos o que llegará triste porque no lo invitaron. Y claro que queremos ayudar. Nos acercamos a otras mamás, organizamos playdates y tratamos de abrirle espacios.

Eso no tiene nada de malo. Los niños necesitan oportunidades para convivir. El problema empieza cuando sentimos que su vida social depende de la nuestra. Si las mamás nos juntamos, esperamos que también se invite a los hijos; y cuando no sucede, ya no sentimos solamente que no invitaron a mi hijo, sino que “no nos invitaron”. Como si el rechazo fuera para ese pequeño equipo formado por mamá e hijo.

Entonces un pleito entre niños se vuelve mucho más complicado, porque nosotras también nos sentimos lastimadas. Queremos hablar con la otra mamá, explicar lo que pasó, defenderlo o conseguirle otro grupo en el que sí lo acepten.

Y puede ocurrir algo muy curioso: los niños se pelean hoy y mañana ya están jugando como si nada, pero las mamás seguimos enojadas. Incluso podemos terminar peleándonos entre nosotras, alejándonos o haciendo grupos para defender a nuestros hijos. El problema que ellos quizá podían resolver se convierte en un conflicto entre familias. Además, les quitamos la oportunidad de reparar, pedir disculpas, negociar y descubrir que una relación puede continuar después de un desacuerdo.

También nos angustiamos cuando vemos que nuestro hijo no se defiende, que le quitan su lugar o que está siendo molestado. Pero nos preocupa igual descubrir que es él quien quiere mandar, decidir el juego o controlar a los demás. Pensamos: “Si sigue así, lo van a rechazar”. Y otra vez aparece la urgencia por intervenir.

Aquí viene la parte difícil: cuidar su autoestima no significa evitarle toda tristeza. Si resolvemos cada problema antes de que pueda entenderlo, sin querer podemos decirle: “Tú no puedes con esto; yo tengo que hacerlo por ti”. La autoestima no se construye logrando que siempre lo inviten. Se construye cuando descubre que puede pasar por un conflicto, aprender algo y seguir sabiendo que es valioso aunque alguien no lo elija.

Acompañar no es dejarlo solo. Claro que debemos intervenir cuando existe acoso, violencia o una situación que lo rebasa. También sirve buscar espacios para que conviva y darle estrategias. Lo importante es distinguir entre acercarle una oportunidad y tomar el control de su vida social.

Antes de llamar a otra mamá podemos preguntarle: ¿qué pasó?, ¿qué sentiste?, ¿qué necesitabas?, ¿qué crees que necesitaba el otro?, ¿cómo podrías resolverlo?, ¿qué puede pasar si lo haces así?

Con estas preguntas no le resolvemos el problema: lo entrenamos. Le ayudamos a reconocer sus emociones, expresar lo que necesita y pensar antes de actuar. Puede aprender a decir: “No me gusta que me hables así”, “yo también quiero participar” o “necesito que respetes mi turno”, en lugar de pegar, gritar, someterse o alejarse sin decir nada.

Socializar también significa entender que los demás tienen derecho a querer cosas diferentes. No todo gira alrededor de mí y no cada “hoy no quiero jugar contigo” significa “nadie te quiere”. Un amigo puede escoger otro juego, querer convivir con otra persona o necesitar espacio. Nuestros hijos necesitan aprender a negociar, reparar cuando lastiman y aceptar que no pueden controlar las decisiones ajenas.

Muchas de esas habilidades se entrenan en casa: esperar un turno, escuchar sin interrumpir, pedir las cosas por favor, agradecer, colaborar y tolerar no ser siempre el primero. Ahí comienza el control de impulsos que después necesitarán en el recreo.

Y ojo: su manera de socializar puede ser muy distinta de la nuestra. Una mamá muy sociable puede pensar que un hijo introvertido está solo, cuando quizá él está feliz con uno o dos amigos. No midamos su bienestar por el número de invitaciones, sino por la calidad de sus vínculos, su tranquilidad y su capacidad para pedir ayuda.

Nuestro trabajo no es fabricarles una vida social ni garantizar que nunca sean rechazados. Es estar cerca mientras aprenden a construir la propia. Menos rescate y más preguntas. Menos control y más entrenamiento. Porque nuestros hijos no necesitan que vivamos sus relaciones por ellos; necesitan descubrir que tienen herramientas para vivirlas.

Licenciada en Ciencias para la Familia, especializada en armonía emocional, formación de hábitos y desarrollo de la fuerza de voluntad. Terapeuta, conferencista y tallerista internacional con más de 22 años de experiencia. Autora del libro ¿Cómo desarrollar hijos fuertes y seguros? Coautora de nueve libros de la colección Aprender a Querer. Autora y creadora del programa Humans UP y de la colección de 12 libros Mi Diario HUP. Creadora y productora de Big Bang Zoe, serie infantil en YouTube con enfoque en habilidades socioemocionales para niños de 3 hasta 15 años.

NUESTRO CONTENIDO PREMIUM