Las heridas que no sangran

Las heridas que no sangran

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La certeza del rechazo social y el miedo al entorno marcan una herida en la comunidad LGBT+. Dentro de ello, es importante recordar que la dignidad humana no se condiciona ni se gana, simplemente se reconoce a través del respeto y el amor

Vida
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Hay una herida que no siempre sangra hacia afuera. La he visto muchas veces en el consultorio: en la manera en que alguien entra, en cómo mide sus palabras, en cómo revisa mi cara buscando señales de que está a salvo. La veo en personas de la comunidad LGBT+, que cargan con algo que pocas veces se nombra: la certeza anticipada de que el mundo las va a rechazar. No como una posibilidad, sino como una verdad.

Una tarde llegó a consulta una mamá. Notaba a su hijo nervioso, como si cargara algo que no encontraba cómo soltar. Lo que más le dolía no era lo que él pudiera decirle, sino que tuviera miedo de decírselo. “Nunca lo he juzgado”, me dijo, “¿qué hice mal?”. Le pregunté qué era lo que realmente le preocupaba. Su respuesta me quedó dando vueltas: “Lo que me preocupa es que el mundo le haga daño”.

No le preocupaba su hijo; le preocupaba el mundo al que tendría que enfrentarse. Y en esa frase cabe todo.

Vivimos en una época que habla más que nunca de inclusión; y sin embargo, algo no está cuajando. Porque, al mismo tiempo, seguimos enfatizando diferencias, dividiéndonos y construyendo trincheras. El resultado es un mundo donde algunos corazones aprenden a tener miedo antes de haber sido heridos.

Creo que hay una confusión sobre lo que significa la dignidad. La dignidad no se gana. No es un premio a la conducta ni una recompensa al mérito: es lo que una persona tiene simplemente por existir. No depende de lo que hace, de lo que tiene, ni de a quién ama. No puede perderse, aunque a veces el mundo haga un esfuerzo enorme por convencer a alguien de lo contrario.

Y el respeto que se desprende de esa dignidad tampoco es condicional. No se suspende cuando alguien nos parece diferente. Respetar no significa aprobar; significa reconocer que el otro vale. Y no depende de que el otro nos respete primero: eso sería intercambio, no respeto.

Ojalá pudiéramos educar desde ahí, entendiendo que nadie necesita ganarse el derecho a existir, y que la dignidad ajena tampoco puede ignorarse sin que algo en nosotros se rompa también. Ahí donde yo tengo un derecho, tú tienes un deber. Ahí donde tú tienes un derecho, yo tengo un deber. A eso se le llama justicia.

Seguimos dividiéndonos por preferencias, por identidades, por bandos. Y no nos hemos dado cuenta de que lo que verdaderamente nos une es mucho más profundo: somos seres capaces de darnos cuenta de que existimos, de elegir y, sobre todo, de amar.

Amar es querer el bien del otro. Amar es verlo. Amar es cuidarlo. Si nos olvidáramos de las diferencias, encontraríamos eso: que todos merecemos amar y ser amados. Y aquello que nos hace distintos no nos empobrece; nos expande.

Esa herida no la causó una sola persona. La causamos entre todos, cada vez que elegimos el bando sobre el encuentro. Y entre todos podemos sanarla, con la decisión diaria de ver al otro antes de juzgarlo, de respetar antes de que nos lo pidan. La dignidad, la propia y la ajena, siempre estuvo ahí. Solo necesitamos dejar de mirar hacia otro lado y recordar que todos somos un todavía.

Licenciada en Ciencias para la Familia, especializada en armonía emocional, formación de hábitos y desarrollo de la fuerza de voluntad. Terapeuta, conferencista y tallerista internacional con más de 22 años de experiencia. Autora del libro ¿Cómo desarrollar hijos fuertes y seguros? Coautora de nueve libros de la colección Aprender a Querer. Autora y creadora del programa Humans UP y de la colección de 12 libros Mi Diario HUP. Creadora y productora de Big Bang Zoe, serie infantil en YouTube con enfoque en habilidades socioemocionales para niños de 3 hasta 15 años.

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