¿Los bebés son conscientes?
Un recorrido histórico y científico que busca descifrar el origen de la consciencia humana en bebés y fetos, desafiando nuestras nociones sobre la percepción y el desarrollo del cerebro
Imagina que un científico te sienta en un dispositivo que puede detectar cambios en la actividad de tu cerebro, y luego reproduce un ciclo de sonidos. Una y otra vez, escuchas tres tonos bajos seguidos de uno alto. Después escuchas algo diferente: cuatro tonos bajos seguidos.
El científico no tiene que preguntarte si te diste cuenta del cambio. Eso es porque nuestros cerebros generalmente responden a un sonido inusual con un pico de actividad breve y distintiva.
Ese pico resulta ser un indicador sorprendentemente confiable de consciencia, ese estado complejo y misterioso de ser consciente de los propios pensamientos y de la propia existencia en el mundo, que también puede estar presente hasta cierto punto en otros animales. Las personas en coma no presentan este pico al escuchar sonidos inusuales. Tampoco las personas que están dormidas.
Ahora imagina que los padres de un recién nacido llevan a su bebé al mismo laboratorio para la misma prueba. Suenan los tonos. ¿Habrá un pico? ¿Ese infante que se retuerce y balbucea es consciente? Como humanos, son potencialmente conscientes; al menos sabemos eso. Pero en ese momento, con sus cerebros semidesarrollados y sus limitaciones cognitivas —aún no pueden hablar, enfocar los ojos, responder a instrucciones— no parecen ser conscientes, al menos no de la manera en que lo son los adultos. De hecho, actualmente hay un debate científico sobre si los recién nacidos poseen consciencia, y resolverlo podría ayudar a solucionar uno de los misterios más obstinados de la ciencia: qué es la consciencia, cómo surge y cómo podemos saber si otro ser la posee.
Pregúntale a cualquier investigador que estudie la consciencia y probablemente tenga una definición aproximada pero útil. “La consciencia es un proceso de ser receptivo al mundo exterior y mezclarlo con nuestro propio mundo interno, para crear la sensación de quiénes somos y dónde estamos”, dijo Topun Austin, un neonatólogo de la Universidad de Cambridge.
Pero Austin sabe bien que esta definición no aborda la manera en que ese proceso se desarrolla: en qué parte del cerebro surge la consciencia a partir de la actividad neuronal, o cómo su sinfonía de señales crea esa sensación de ser nosotros mismos en el mundo.
Los científicos han desarrollado muchas teorías detalladas para abordar esas preguntas, pero hay poco consenso sobre cuál es correcta y aún no se vislumbra una resolución. “No hay un consenso en el que todos estemos de acuerdo”, dijo Joel Frohlich, un neurocientífico cognitivo de la Universidad de Tubinga en Alemania.
La cuestión ha cobrado aún más importancia en los últimos años. Los investigadores han implantado millones de células cerebrales humanas funcionales en ratones, por ejemplo, lo que ha provocado especulaciones de que el trabajo algún día podría dotar de consciencia a los ratones. Los filósofos y teólogos están reflexionando sobre si la IA se volverá consciente, y cómo podemos saberlo con certeza.
En medio de toda la incertidumbre, hay algo en lo que todos pueden estar de acuerdo. En cada una de nuestras vidas, hubo un momento en que nuestros cerebros aún eran demasiado rudimentarios para sustentar la consciencia, y hubo un momento en que eso cambió. Incluso si no podemos decir cuándo los bebés adquieren consciencia, dijo Austin, “de una cosa podemos estar seguros y es de que se volverán conscientes”.
En años recientes, Austin y otros investigadores se han concentrado en esa transición. Están utilizando nuevos tipos de tecnología de escaneo cerebral para estudiar los cerebros de los bebés como nunca se había hecho antes, haciéndoles no solo las pruebas de picos, sino incluso investigando lo que los bebés experimentan antes del nacimiento. Al determinar cuándo florece plenamente la consciencia, tal vez puedan mejorar nuestra comprensión de cómo funciona y qué hace en todos nosotros.
“Realmente la veo como una frontera en la ciencia de la consciencia”, dijo Frohlich.
LOS BEBÉS DE DARWIN
Cuando Charles Darwin se convirtió en padre en 1839, abrió un cuaderno. Observar a sus hijos, creía, podría ayudarle a entender una pregunta que le fascinaba: “¿Cómo comienza la consciencia?”.
Para cuando nació su primer hijo, William, Darwin había llegado a aceptar la idea de la evolución: la mente humana, dotada de consciencia, había evolucionado a lo largo de numerosas generaciones a partir de instintos más simples. Darwin también creía que todos los niños seguían un camino similar en sus primeros años de vida, a medida que sus cerebros se desarrollaban y dejaban de ser estructuras simples para convertirse en portadores complejos de pensamiento. Y así, comenzando con William y continuando con sus siguientes hijos, tomó notas cuidadosas sobre cómo cambiaban los humanos jóvenes durante los primeros meses de vida.
Al principio, Darwin registró “acciones instintivas” tales como “estornudar, tener hipo, bostezar, estirarse y, por supuesto, succionar y gritar”. Solo cuando sus hijos crecieron, empezó a aparecer alguna mención de comportamiento sofisticado en su cuaderno: sus hijos aprendieron a reconocerse en los espejos, decían palabras sencillas, tomaban objetos con las manos. Antes de eso, declaró: “No hay rastro de conciencia en los niños muy pequeños”.
Darwin estaba lejos de ser una excepción en esta creencia. Los médicos de la época también asumían que los bebés no eran conscientes, y esa suposición dio forma al cuidado de los bebés durante generaciones. Durante las cirugías en recién nacidos, por ejemplo, era común no usar anestesia; los medicamentos podrían dañar un cerebro joven —si los bebés no eran conscientes, ¿cuál era el valor de dejarlos inconscientes?—. En fechas tan recientes como la década de 1980, los médicos rutinariamente les negaban la anestesia a los recién nacidos, al no ver beneficios que pudieran compensar los riesgos.
Los médicos han revertido esta práctica desde entonces, a medida que ha madurado el estudio de los bebés. Investigaciones recientes han descubierto, por ejemplo, que los recién nacidos procesan las señales de dolor en muchas regiones del cerebro, lo que indica que su experiencia es similar a la de los niños mayores y los adultos.
Otros estudios han encontrado indicios de que los bebés son capaces de formas de pensamiento sorprendentemente complejas mucho antes de que puedan hablar. Pueden reconocer que un rostro es más que la suma de sus partes; pueden realizar operaciones matemáticas simples en la cabeza. Hallazgos como estos hicieron que los científicos reconsideraran la conclusión de Darwin; tal vez la consciencia surge antes de lo que se creía.
Para explorar esa posibilidad, los investigadores han tomado prestados algunos de los métodos utilizados para medir la consciencia en adultos, como reproducir esos sonidos inusuales. En un experimento en Alemania, los científicos colocaron a recién nacidos en una cuna especial forrada con sensores que podían detectar fluctuaciones magnéticas diminutas, y luego les pusieron audífonos a los bebés. Cuando los investigadores reprodujeron combinaciones de tonos bajos y altos, los cerebros de los bebés produjeron picos distintivos en respuesta.
“Demuestra que el cerebro del recién nacido ya funciona muy cerca de lo que encontramos en un cerebro adulto”, dijo Claudia Passos-Ferreira, una filósofa de la Universidad de Nueva York.
Pero Passos-Ferreira y otros investigadores no consideran que ese único hallazgo sea concluyente. Algunos experimentos no han logrado encontrar otros marcadores de consciencia en los bebés. Así que los investigadores están realizando muchas pruebas diferentes, para tal vez identificar un conjunto de marcadores de consciencia.
“Si vemos que aparecen muchos marcadores al mismo tiempo, es muy sugestivo de que es entonces cuando comienza la consciencia”, dijo Frohlich.
Algunos de los resultados recientes más prometedores han provenido de un gran esfuerzo en Londres llamado Proyecto del Conectoma en Desarrollo. Para llevarlo a cabo, los científicos tuvieron que modificar un dispositivo de imagen por resonancia magnética funcional. Normalmente, los sujetos adultos se acuestan sobre una mesa que se desliza dentro de un gran cilindro. En su lugar, los ingenieros construyeron una pequeña cuna con una gorra de plástico para la cabeza en un extremo, para detectar la actividad en el cerebro de un bebé.
El equipo del proyecto realizó escaneos cerebrales a cientos de bebés, incluidos recién nacidos. Trazaron mapas de los cerebros infantiles y registraron la actividad eléctrica que surgió espontáneamente durante los escaneos de 15 minutos de duración.
Lorina Naci, una neurocientífica del Trinity College de Dublín, y sus colegas han estado ocupados analizando esas grabaciones. Una de las características de la consciencia en los adultos es la forma en que diferentes partes del cerebro se activan de manera coordinada. Esas conexiones pueden evaporarse cuando los adultos están dormidos, o están bajo anestesia. En estudios recientes, el equipo de Naci ha descubierto que las regiones de los cerebros de los bebés se activan juntas en redes que son similares a las de los adultos despiertos, ofreciendo otro marcador temprano de consciencia.
Mientras tanto, la nueva tecnología está acelerando la recolección de datos: en lugar de meter a los bebés en escáneres, los investigadores pueden colocarles gorros en la cabeza que monitorean el cerebro mediante ultrasonido o luz.
TRAZAR EL MAPA DEL NACIMIENTO DE LA CONSCIENCIA
A medida que aparecen más marcadores de consciencia en los recién nacidos, los científicos han comenzado a preguntarse qué está sucediendo en el cerebro de los fetos, antes del nacimiento.
Naci y sus colegas han descubierto que algunos bebés que nacieron prematuros también muestran redes de regiones cerebrales activas que insinúan experiencias conscientes. Frohlich y su colega están estudiando fetos que aún están en el útero, haciendo que las voluntarias embarazadas apoyen el vientre sobre un dispositivo que puede detectar los tenues campos magnéticos producidos por los cerebros fetales.
Por ahora, la consciencia antes del nacimiento es un misterio aún mayor que la consciencia en los recién nacidos. En general, los científicos están de acuerdo en que la consciencia no puede surgir antes de que el cerebro fetal haya madurado lo suficiente como para recibir señales de los sentidos, y luego integrarlas en una experiencia unificada. Antes de las 26 semanas de gestación aproximadamente, esas conexiones neuronales no existen.
Qué tan pronto se desarrollan estas conexiones después, los científicos solo pueden suponerlo. En una encuesta de expertos realizada por Passos-Ferreira, la mayoría estimó que los infantes tienen algo de consciencia para el momento en que nacen.
“Todavía hay algunos escépticos sobre la consciencia infantil que creen que surge más tarde”, dijo Passos-Ferreira. “Son una minoría, pero siguen ahí”.
Conforme los científicos trazan el mapa del nacimiento de la consciencia, esperan obtener una mejor comprensión de cómo evolucionó en los humanos en primer lugar. Para niños y adultos, la consciencia es vital para comunicarse a través del lenguaje, y para llevar a cabo formas complejas de pensamiento. Pero si los bebés resultan ser conscientes al nacer, y mucho antes de que puedan hablar o hacer planes para el futuro, entonces debe servir para algunos propósitos adicionales.
Tal vez, dijo Naci, la consciencia les permite a los bebés comenzar a darle sentido al mundo tan pronto como entran en él, “para ayudarles realmente a ponerse en marcha de inmediato en términos de aprendizaje y desarrollo tan pronto como nacen”.
Pero, agregó, comprender la consciencia en los bebés puede exigir un cambio en la forma en que típicamente pensamos sobre la consciencia en general. Al contar todas las formas en que las regiones del cerebro de un bebé interactúan entre sí de un segundo a otro, Naci y sus colegas han descubierto que el cerebro del bebé en realidad exhibe más complejidad que el de un adulto despierto. Tendemos a pensar en la consciencia a lo largo de una sola línea, en un gradiente desde inconsciente hasta totalmente consciente. Es el camino que recorremos todos los días al despertar y al dormir. Pero ¿qué pasaría si la consciencia tuviera más dimensiones, más formas de ser?
Naci especula que los bebés pueden ser conscientes al nacer, pero de una manera que tal vez sea más abierta al mundo. “La idea es que tienen esta capacidad de percibir más del entorno de formas mucho más ricas y diversas”, dijo. “Podrían tener una experiencia muy diferente a la que tenemos como adultos formados”.