No tienes que esforzarte para ser alguien
La crianza también debe enseñar que descansar, disfrutar y sentirse satisfecho no significa conformarse, sino reconocer el propio valor sin medirlo únicamente por los logros, el esfuerzo o la productividad
Nosotros, los adultos, sabemos repetir que está bien no estar bien. Hemos aprendido que no podemos con todo, que tenemos derecho a descansar, a pedir ayuda, a poner límites y a darnos tiempo. Esas ideas se acomodan con facilidad en nuestro cerebro; el problema es que difícilmente llegan al corazón, porque no comulgan con las reglas que tenemos inscritas en el alma.
Son reglas que se activan en forma de culpa, reclamo o juicio. Como si lleváramos dentro a un evaluador que pregunta: “¿En serio te vas a dormir? ¿No tienes mucho que hacer?”, “¿Te estás divirtiendo? ¿Y tus hijos?”, “¿Estás dando todo?”, “¿No pudiste haber dado más?”.
Así vivimos, intentando demostrar que damos el ancho, que somos suficientes, que merecemos ocupar un lugar. Como si tuviéramos que justificar nuestra existencia a través del esfuerzo. Y, sin darnos cuenta, estamos heredando esa misma exigencia a nuestros hijos.
Hace poco, durante una conferencia con jóvenes de secundaria, les pregunté qué significaba estar en la zona de confort. Me respondieron: “Estar en un lugar cómodo”. Entonces les pregunté: “¿No tenemos derecho a tener lugares cómodos en la vida? ¿Tenemos que estar siempre incómodos?”.
Me dijeron que permanecer en la zona de confort impedía alcanzar el éxito, porque la gente exitosa nunca se encontraba ahí. ¿Cuántos de nosotros hemos escuchado y repetido esta idea?
Por supuesto, también existe el otro extremo. Muchos padres se desesperan al ver a sus hijos con flojera, dejando las cosas para después o esperando que la vida los lleve. Temen que, si permanecen en esa actitud, no lograrán salir adelante.
Entonces, ¿cómo rompemos con la idea de que debemos esforzarnos todo el tiempo para ser alguien, sin enseñarles a conformarse? ¿Cómo les mostramos que la vida no es solamente dolor y sacrificio, pero tampoco evasión y mínimo esfuerzo?
Quizá necesitamos cambiarle el nombre a la “zona de confort”, porque el problema no está en sentirnos cómodos. El problema comienza cuando permitimos que la flojera, el miedo o un mal hábito decidan por nosotros y nos convenzan de que no somos capaces.
Estar cómodo está bien. También significa estar satisfecho, apreciar el esfuerzo realizado y disfrutar el presente. Estar satisfecho no es lo mismo que ser conformista. El conformismo evita preguntarse si uno desea o puede hacer algo más; la satisfacción reconoce lo alcanzado sin vivir obsesionado con lo que falta.
Necesitamos enseñar a nuestros hijos a evaluarse sin culpa: reconocer cuándo dieron su mejor esfuerzo, cuándo hicieron lo mínimo y cuándo pudieron dar un poco más. No se trata de exigirles el famoso 110 por ciento. Si hoy, tomando en cuenta sus circunstancias, están al 80, pueden experimentar cómo se siente llegar al 85. Su esfuerzo no debe medirse ignorando el cansancio, el miedo, las dificultades o el punto desde el cual comenzaron.
Pero esta evaluación no puede construirse desde el regaño, el castigo o la culpa. Tiene que nacer de la dignidad: saber que son valiosos simplemente porque son. Que no necesitan realizar algo extraordinario para merecer un lugar en el mundo. Que vinieron a vivir y a vivirse, no a comprobarle a los demás cuánto valen.
Cuando un niño aprende que vale antes de cualquier logro, puede regalarse el estudio, la disciplina, el descanso, el esfuerzo y también el gozo. Ya no trabaja para conseguir valor, sino porque reconoce que su vida es valiosa y merece desarrollarla.
Este cambio comienza en nosotros. Tal vez debamos dejar de decirles: “Tienes que estudiar para ser alguien en la vida”. Nuestros hijos ya son alguien. La invitación tendría que ser distinta: “Regálate el estudio porque eres alguien en la vida”.
Y quizá también nosotros necesitemos escucharlo: no tenemos que agotarnos para justificar nuestra existencia. Podemos esforzarnos, crecer, descansar y disfrutar, no para demostrar que valemos, sino precisamente porque valemos.