Otoño
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El patio está cubierto por una estera de hojarasca. Es la que cayó el año anterior. El otoño ha llegado de nuevo. Pronto empezarán a caer otras hojas sobre el cadáver de las otras. ¿Cuándo tendré el ánimo de recogerlas?
Serán necesarias tres o cuatro bolsas grandes, quizá cinco. Tendré que llenarlas casi hasta el borde y colocarlas en la acera para que los empleados del municipio las lancen al hocico voraz de su camión recolector.
Ahora se derrumba la lluvia. Las goteras de la habitación respetan los espacios en que los libros esperan mi visita. Afuera los autos dejan tras de sí una estela chirriante: pasan por encima del agua que corre por las cunetas de la calle como arroyos momentáneos. El placer de algunos automovilistas sádicos al bañar a los transeúntes…
Ha llegado el otoño, otra vez. El otoño y el invierno, mis estaciones más queridas. ¿Porque nací en octubre? No, nada tiene que ver mi nacimiento con esta predilección. Me gusta el otoño porque es ocre y el invierno porque es gris. Las estadísticas hablan de suicidios numerosos en estos meses del año.
La gente asocia el otoño y el invierno con la tristeza, no entiendo por qué. El gris y el ocre pueden ser colores simplemente neutros; no traen consigo necesariamente estados melancólicos. Se puede ser feliz en octubre, en noviembre o en enero; uno puede suicidarse en pleno abril, cuando las mañanas parecen correr las cortinas de los aparadores de la vida.
Las hojas de los árboles no han empezado a caer precipitadamente, pero desde hace dos o tres semanas he recogido muchas plumas de palomas en las calles, la Plaza de San Francisco, la Plaza de Armas. Suelo tomarlas del suelo y utilizarlas como separadores. Aunque ésta es una ilusión: la verdad es otra.
Afuera del Palacio de Buckingham hojas enormes caen de los arces; hojas que impiden el cambio de guardia, al que ha acudido mucha gente, como siempre. Camino entre hojas y boñigas humeantes. Corriendo hasta donde estoy, la reina me grita no sé qué cosas, pero sus palabras son advertencias, no amenazas.
Me pregunto cómo es que la reina en persona ha venido hasta este vulgar turista para advertirle del peligro. ¿Qué peligro? No lo sé. ¿Querrá prevenirme del Conejo Blanco y de los paraísos artificiales? ¿O de la lluvia de enormes hojas de arce que caen como una tempestad sobre nosotros? “¡Majestad! ¡Majestad! ¡Usted condecoró a los Beatles hace varias décadas! ¿Lo recuerda?”, le grito en medio de la multitud.
“¡Cuidado con la madriguera de octubre! ¡John Lennon cometió la torpeza de rechazar mi condecoración! Recuerde que él también nació en octubre. Lo sabe usted, ¿verdad?”. Apenas pude escuchar los gritos de la reina. Una batahola de hojas del diario íntimo de las hermanas Brontë cayó sobre mí y no pude hablar más.
Leí hoja tras hoja. Caían sobre mi sombrero de hongo como un torbellino, por eso me parece imposible haber tenido el tiempo suficiente para leerlas. Por el rabillo del ojo veía que la guardia ecuestre se alejaba ya de Buckingham y la reina se sentaba sobre un césped rojo para beber el té junto a los invitados de siempre.
Entre una hoja y otra vi pasar, casi corriendo, a Charles Dickens disfrazado de Scrooge ¿o de Oscar Wilde? Imposible ignorar quién era: en su sombrero de copa llevaba una tarjeta con su nombre impreso: “Ch. Dickens, autor de Los papeles póstumos del Club de Pickwick y David Copperfield. ¿Lo reconoce usted?” Vaya si sé quién es, pensé.
Otoño. Caigo suavemente en un tobogán de musgo. Me desplazo a una velocidad que no puedo discernir. ¿Voy lento o despacio? Una estampida de imágenes entre morosa y acelerada: arquitecturas antediluvianas y geometrías fractales. Estilos y formas, decoraciones provisorias y supuestos eternos elaborados en arcilla.
Llueven hojas sobre mí. Llueven follajes enteros. Los árboles debieran ser lavados con uno de esos shampoos anticaída o someterse a algún tratamiento capilar. ¿Capilar? Mejor dicho: folial. De manera que comienzo el collage de cada otoño: “Folios de Cornell”. Copas de cristal destrozadas, mapas, loros y cartografías. Y hojas muertas, muchas hojas desfallecientes o cadavéricas, esqueletos de hojas.
No habrá un resquicio por donde puedan colarse la tristeza o la melancolía. Las escucho silbar allá, afuera, como sirenas que ningún marino quiso atender. No hay que caer en su trampa de caracola. Una vez lo hice y terminé colgándome del nogal que aún sigue en pie en el patio de la casa. Nadie acudió en mi auxilio.
Entonces las hojas cayeron un año tras otro sobre mi cuerpo, que fue secándose poco a poco hasta convertirse en una estalactita de madera. Si miro a través de la ventana del estudio –de esa pocilga que me sirve de estudio- me contemplo allá, como un inmóvil péndulo de cáscara. No sé cómo es que escribo aquí, frente a este aparato, cuando sigue lloviendo follaje de otoño sobre mí.
Octubre, noviembre. Así se llamaría el libro. Porque hubiese querido un libro del otoño. Con eso bastaría para desprenderme del árbol y verme sepultado lentamente entre la hojarasca; viéndome desde acá, gritando a la reina a las afueras de Buckingham, recogiendo hojas y plumas de ave en St. James´s Park, sumergiéndome entre las hojas de un diario, de muchos diarios.