Respeto: cómo lograr que tus hijos respeten y sepan darse a respetar
El respeto en la crianza no nace del miedo ni de la autoridad, sino del reconocimiento del valor propio.
Una mamá me escribió desesperada: “Tamara, ya no sé qué hacer. Mi hija, cuando se enoja, me grita ‘te odio’, ‘son tontos’, ‘soy estúpida’, patea, golpea, avienta cosas... le pongo castigos y no funciona”. Y sé que esa escena no solo pasa con niños chiquitos. También ocurre con adolescentes que te cierran la puerta, que te hablan sin voltearte a ver, que contestan con sarcasmo o te ignoran como si no existieras.
Por eso hoy quiero entrarle al tema desde donde casi nunca lo vemos: el respeto no se trata solo de conducta, se trata de valor.
Primera pregunta (y aquí empieza lo incómodo): ¿por qué tus hijos “te deben” respetar? ¿Por qué eres su mamá? ¿Por qué tú los mantienes? ¿Por qué “en esta casa se hace lo que yo digo”? ¿Por qué eres la autoridad?
Te lo digo con cariño, pero con firmeza: tus hijos no te respetan porque eres mamá, te respetan porque eres persona. Y tú los respetas por lo mismo. No es jerarquía, es dignidad.
Segunda pregunta: ¿qué es lo que hace que tu hijo valga? Muchos contestan: “porque tiene valores”, “porque es buena persona”, “porque tiene propósito”. Pero si un niño vale solo cuando se porta bien, entonces cuando se equivoca... ¿ya no vale? Y aquí está la herida que muchos adultos cargan: crecimos creyendo que valíamos por calificaciones, éxito, apariencia, dinero o conducta perfecta. Eso nos deja con una necesidad eterna de confirmación.
Las personas valen por el simple hecho de existir. Punto.
Haz este ejercicio mental: llegan dos personas al hospital en estado crítico. El doctor decide a quién atiende primero por urgencia y viabilidad, no por si “se lo merece”. Nadie pregunta: “¿es buena persona?, ¿tiene valores?, ¿tiene propósito?”. Se defiende la vida porque la vida vale. Así de claro.
Cuando un hijo entiende que vale por existir, entonces puede aprender lo más importante: darse a respetar sin volverse agresivo. Porque aquí hay otra gran confusión: si alguien me falta al respeto, “yo también puedo faltarle al respeto”. No. Lo que sí puedes hacer es poner límites: “conmigo no”, “eso no lo acepto”, “me retiro”, “esto no es para mí”. Poner límites no es faltar al respeto, es respeto a ti mismo.
Pero ojo: si tú le faltas al respeto a tu hijo, bajo esa misma lógica, ¿cómo exiges respeto?
Le faltas al respeto cuando lo exhibes: “déjenme les platico lo que dijo...”.Le faltas al respeto cuando no lo miras a los ojos por estar en el WhatsApp.Le faltas al respeto cuando lo etiquetas con el “eres”: “eres flojo”, “eres cochino”, “eres gritón”. Mejor nombra la acción: “estás gritando”, “dejaste tirado”, “dijiste groserías”. Cambia todo.
¿Quieres fortalecer el respeto en casa? Aquí van tips muy prácticos:
Si llega a contarte algo, no lo interrumpas con “¿y los trastes?”. Primero su mundo, luego la regla.
Válida emociones: “veo que estás frustrado”, “entiendo que te enoja”. Validar no es ceder, es reconocer existencia.
Puedes condicionar permisos, planes o consecuencias, pero no el amor. Decir “ya no te quiero” rompe la seguridad interna.
Pon límites con buen humor cuando se pueda. Y si no se puede, al menos con claridad: “me interesa lo que dices, pero si gritas me cierro; necesito un momento y regreso”.
El respeto es un valor de justicia: tú tienes derecho a ser tratado con dignidad y el otro tiene el deber de cuidar esa dignidad. Y lo mismo al revés. Si educamos desde aquí, no solo mejoran las formas, se fortalece el corazón.
Porque al final, lo que queremos no es hijos “bien portados”, queremos hijos fuertes, seguros, con autoestima, capaces de amar y de defender su lugar sin destruir al otro.
Y si hoy estás intentando cambiar la forma en que educas, aunque te equivoques, aunque tengas que volver a intentarlo, recuerda que eres un todavía.
ARTÍCULO ANTERIOR: Cambiar hábitos también se entrena
Sígueme en redes sociales: IG: tamararoblesp