Matanza. La Casa del Migrante organizó un conversatorio sobre la masacre en San Fernando, Tamaulipas. / Foto: Marco Medina
El evento se desarrolló en tres mesas de conversación, con los temas “Migrantes y refugiados”, “Verdad y justicia: testimonios de las víctimas” y “A 7 años de la masacre”

“Para nosotros sigue siendo el día uno”, dijo Carmen Solórzano, la mama de Glenda, una chica asesinada entre la noche del 22 y 23 de agosto de 2011 a manos de los Zetas en San Fernando, Tamaulipas.

A siete años de la masacre ocurrida contra un grupo de migrantes en el poblado tamaulipeco, la Casa del Migrante Saltillo organizó un conversatorio entre defensores de los derechos humanos, específicamente en materia migratoria y de refugio. 

Entre ellos, se escuchó el mensaje de apertura del director de la Casa del Migrante de la localidad, Alberto Xicoténcatl Guarardo, quien entre otras cosas mencionó que poco antes de que sucediera el atentado, el grupo de activistas de la Casa intentó entregarle un informe al entonces presidente Felipe Calderón, acerca de la violencia que acechaba a los migrantes a lo largo del territorio. Sin embargo, la respuesta fue “20 mil migrantes agredidos no es mucho. Danos una cifra más alta para que el Presidente esté interesado”. 

Foto: Marco Medina

El evento se desarrolló en tres mesas de conversación, con los temas “Migrantes y refugiados”, “Verdad y justicia: testimonios de las víctimas” y “A 7 años de la masacre”, donde se incluyeron los testimonios de viva voz de algunos familiares de las víctimas del atentado. 

También, visitó la ciudad fray Tomás González, el representante legal de “La 72; Hogar Refugio para personas Migrantes”, quien cuestionó el trabajo de las autoridades mexicanas, y aseguró que son ellas mismas quienes han permitido tratos inhumanos para los grupos vulnerables como lo son migrantes y refugiados, como si se tratara de una réplica del discurso que aplica Estados Unidos en sus políticas públicas. 

Carmen Solórzano, madre de Glenda —víctima de la masacre—, narró el calvario que ha sufrido a lo largo de los últimos siete años, en la búsqueda de la justicia a los culpables, y el paradero de su hija de la cual asegura, le fueron entregados falsos restos. 

“Nos entregaron un ataúd que nos dijeron que no abriéramos. Nosotros lo abrimos, y al hacerlo no pude reconocer a Glenda. No hubo ningún indicio de ella: ni ropa, ni zapatos”, agregó.