En 2016, poco después de su desalojo, el edificio sufrió severos daños por las lluvias. / Foto: Especial.
Subordinada a la visión del pragmatismo partidista y sus vaivenes, la administración de las instituciones públicas dedicadas a la cultura en nuestro estado adolece desde ya varios lustros un mal mayor e imbatible: la discontinuidad.

Lo mencionábamos no hace muchas semanas, en relación a la cultura, son escasas en Coahuila las instituciones que se mantienen fieles a su visión y objetivos, claro el horizonte, su lugar, funciones y encomienda. Ejemplo proverbial de esto: el Centro Cultural Vito Alessio Robles y sus saldos inigualables (Ver columna 25 de marzo).
Ni la Red de Bibliotecas ni la Secretaría de Cultura ni el Instituto Municipal de Cultura de Saltillo han sabido mantener un rumbo consistente en sus políticas, mucho menos dar continuidad a sus programas más exitosos o proponer políticas a medio plazo, aún y cuando muchas de sus cabezas repiten de manera sucesiva o intermitente su gestión.
Los ejemplos son innumerables: el caso de la Red de Bibliotecas, que nunca volvió a alcanzar el nivel de actividad ni oferta cultural extra bibliográfica como durante la administración del asesinado Armando Sánchez Quintanilla. O el caso de la repetida administración de Iván Márquez al frente del IMCS, que nunca pudo igualar la exitosa gestión del ingeniero Pedro Moreno. La oferta cultural de la actualidad a nivel Municipio es hoy raquítica y plena de parafernalia grandilocuente y engañosa:  La “rosca más grande del mundo”, matachines, los mismos artistas, el auto homenaje, el culto a la personalidad con visos políticos, conciertos gruperos, festivales de rodeo

206, la segunda remodelación del edificio. / Foto: Especial.

El estado: de Instituto a Secretaría
Todos pensamos que el paso del Instituto a Secretaría de Cultura traería más beneficios que taras.
Hay qué decirlo: los responsables de dicho instituto pocas veces fueron los responsables de las decisiones finales en torno al funcionamiento de estas instancias. Casi todas –erróneas por omisión, miopía o conveniencia- vinieron siempre de más arriba. Al capricho, de forma unilateral: porque lo dijo alguien. Porque sí.
El caso más terrible, más paradigmático de esta dinámica perversa y un torpe visión que malbarató los recursos públicos y el patrimonio, la vimos en los recientes años en torno al papel de los edificios que fungieron como sede de la Secretaría de Cultura.
Todo el desorden empezó en la administración de Armando Javier Guerra de infausta memoria: una Secretaría que teniendo su propio edificio ubicado en el corazón de la ciudad (Hidalgo y Juárez) se la pasó casi todo su periodo rentando para sus oficinas innumerables recintos. Lo curioso es que los rentaban, los remodelaban y a los meses se cambiaban otra vez: así pasó con la señorial casa ubicada en el cruce de Hidalgo y De La Fuente, para luego pasar al inmenso y hermoso edificio ubicado en Juárez y Bravo. Mientras, sus coordinaciones se desperdigaban en lugares rentados por todo el centro histórico.
Y como se verá más delante, el disparate no cesó ahí.

Hoy, de manera esporádica y bajo el auspicio de la AIDH la galería ha vuelto a reabrir con una nula difusión y una pésima labora curatorial. / Foto: Especial.

Una remodelación tirada a la basura
La gravedad del tremendo despilfarro -una remodelación tan costosa como inútil- viene de mucho mucho más atrás: fue en el periodo de Rosa del Tepeyac, entonces todavía Icocult (entrados los dosmiles) cuando se decidió la enésima transformación del edificio de Hidalgo y Juárez. Originalmente las galerías estaban arriba y las oficinas abajo. Entonces se decidió subir las oficinas y hacer una gran galería en la planta baja. Los trabajos fueron demorados en el tiempo y tuvieron sus complicaciones, al tener el edificio protección de la Junta de Centro Histórico. Recuerdo que las obras duraron muchos muchos meses. La gran galería del entonces Icocult quedó inmejorable. Se convirtió en la más importante de la ciudad. Por ella pasaron exposiciones de primer orden: colecciones nacionales e internacionales. Recuerdo obra de Toledo, Zenil, Rodolfo Morales, Arturo Rivera… así como las más memorables colectivas de autores locales se dieron en esa galería.
Así duró algunos años. Hasta el sexenio de Rubén Moreira, por ahí de 2016. Casi de un día para otro se decidió que la Secretaría de Cultura cambiaría de sede. Lo primero que se mencionó es que albergaría un Centro Cultural donde se preservaría el acervo del Cronista de la Ciudad. Luego vinieron los vaivenes de la sucesión, y de un día para otro –nunca de manera oficial- se dijo que ya no. Que ahora el edificio albergaría un proyecto tan ambiguo como germinal: La Academia Interamericana de Derechos Humanos, una instancia con un presupuesto millonario (Ver “Ocho millones de dólares para jugar a la Academia”, Luis Carlos Plata) , que a pesar de depender de la Universidad, y mientras se terminaba de construir su costosísima sede en el Campus Arteaga, ocuparía el edificio. Los trabajos, alcances y misiones de dicha institución aún son borrosos. Lo contundente, lo concreto, es que de un día para otro, la Secretaría de Cultura tuvo que desalojar sus oficinas, talleres, bodegas con miles de libros y la galería más prestigiada y costosa en la historia de la ciudad. El desalojo no terminó ahí: la Secretaría de Cultura, y de rebote la comunidad artística y el público habituado a sus actividades en el Centro Histórico perdieron una sede de eventos, un patio donde se realizaban desde hace casi dos décadas presentaciones artísticas, lecturas y premiaciones, un estacionamiento, un conjunto de talleres –El profe Cárdenas había trabajado hasta el mismo día de su muerte en uno de ellos y el dibujante Armando Meza tenía casi una década ahí- pero la pérdida más dolorosa fue el cierre de la Librería Educal. Una de las pocas que sobrevivían en el centro de Saltillo.
Hoy, la millonaria Academia sesiona cada quien sabe cuánto. En el lugar donde se ubicaba la librería –que no le estorbaba a nadie- los estantes vacíos de libros siguen empolvándose.
La cafetería no la cerraron nomás porque ahí se van a echar sus cafecitos a media mañana la burocracia que en Coahuila vive de “la defensa de los derechos humanos”.
La Secretaría de Cultura de Coahuila, desde entonces –obviamente a un elevado costo- renta un edificio que apenas puede albergar a su personal sobre el bulevar Carranza, en muchas versiones, propiedad de un encumbrado funcionario del actual gobierno estatal.

 

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