Todo libro es un convivio de literaturas, de fragmentos de letras ajenas. Todo libro es, también, una biblioteca; algunos lo son de manera explícita. 

Hace algunas horas terminé de releer El nombre de la rosa, novela en la cual Umberto Eco, a través de la vieja memoria de Adso de Melk, relata siete días terribles de un lejano año de 1327, en los cuales las trompetas apocalípticas resonaron con calladas muertes en una abadía benedictina. La mirada vacía de Jorge de Burgos sigue fija en mi imaginación, y parece incitarme a enumerar algunos de los invitados al convivio literario que se agita entre sus páginas. 

Dante y su Commedia participan en el banquete: Adso va de la mano de Guglielmo como Dante de la de Virgilio. De manera paralela recorren círculos infernales y ambos aprendices son los narradores. La alusión a la Commedia no es simplemente alegórica, sino explícita: “e caddi come cade un corpo morto”, recuerda Adso; “e caddi como corpo morto cade”, exclama Dante: ambos, dominados por el temor, caen “como cae un cuerpo muerto” sobre el último renglón de algún capítulo. 

En Guglielmo no solo aletea el espíritu de Virgilio; también el del Sherlock. Brillante, llega a sólidas conclusiones a partir de volátiles y escasas premisas. “Elemental”, dice en alguno de los coloquios con Watson... Atson... Adso. (Acabo de advertir esta consonancia; una mera conjetura). Por  si fuera poco, el personaje es Guglielmo de Baskerville, con lo cual se hace patente la presencia de Arthur Conan Doyle en el banquete literario de Eco. ¿Otra simetría?: Watson también es el narrador habitual de las aventuras de Sherlock. 

“Y oyendo esa conmovedora armonía, vestíbulo a las delicias del paraíso, me pregunté si de verdad la abadía era un lugar de ocultos misterios [...] porque ahora me parecía receptáculo de santos, cenáculo de virtud, relicario de saberes...” Así describe Adso la pérdida de la objetividad por efecto de la belleza musical. En esta confesión hay ecos de letras lejanas: “Pero el deleite de mis oídos de carne, al cual no se debe entregar el espíritu para que lo enerve, me engaña muchas veces...” Así se lamenta de las propiedades obnubilantes de la música Agustín de Hipona, otro de los convocados al banquete. 

En la abadía, Adso arde en juventud, su boca es inquietud y poesía. Pero, ¿qué versos puede evocar un muchacho consagrado a Dios en el trance extático del amor carnal?: “Como eres bella, amada mía [...] tu cabellera es como un rebaño de cabras que desciende por la montaña de Galaad...”, murmura mientras escribe besos en un lienzo femenino; sagrado éxtasis, eucaristía de la carne que solo el Cantar de los Cantares puede celebrar: Salomón está presente en el ritual; su voz se confunde con la de Adso: “Panal que gotea son tus labios, miel y leche tienes bajo la lengua [...] tus senos racimos de uva [...] fuente de jardín, nardo y azafrán...”

Pero no todos los invitados al banquete están representados por sus letras, sino transubstanciados en protagonistas de la historia: “...leyó los libros de los árabes y de los doctores griegos siendo todavía impúber. Y después aún de la ceguera, y todavía, se sienta largas horas en la biblioteca [...] y un novicio le lee en voz alta por horas y horas. Él recuerda todo...” Se trata de Jorge de Burgos: Jorge Luis Borges convertido en literatura, sublimado. Eco, en la narración de Adso, confiesa su admiración (o, ¿por qué no?, su envidia) por la memoria de Borges: “Alzó el rostro y recitó con su prodigiosa memoria de lector que desde hacía cuarenta años se repetía a sí mismo cosas leídas cuando aún poseía el bien de la vista.” 

En el banquete también participan letras inexistentes pero posibles, libros perdidos pero verosímiles: la biblioteca laberíntica de la abadía es espejo de la de Babel borgesiana. 

Adso-Dante-Salomón-Agustín-Watson... lo deja claro en su narración: consiguió “una biblioteca hecha de pasajes, citas, períodos incompletos, muñones de libros”. El nombre de la rosa es, pues, una explícita summa literaria, convivio de las letras, libro de libros.