Liverpool y la crisis que lo que lo llevaría a perder su corona de campeón reinante de la Liga Premier/Foto: AP
El fútbol tiene una tendencia desalentadora a despreciar las circunstancias atenuantes —en el léxico deportivo, una explicación a menudo se percibe como un sinónimo de excusa

Por Rory Smith 

A veces la explicación más sencilla revela todo el panorama. O casi todo. No hay un gran misterio en las razones por las que probablemente el Liverpool perderá su corona de campeón reinante de la Liga Premier antes de que lleguen las primeras flores de la primavera. Hay poca necesidad de examinar las actuaciones en busca de alguna falta de carácter, imaginación o habilidad para entender cómo ocurrió esto.

El 17 de octubre, Virgil van Dijk sufrió una rotura del ligamento de la rodilla durante los primeros minutos del clásico de Merseyside. Menos de cuatro semanas después, el 11 de noviembre, su compañero habitual en la defensa, Joe Gomez, se lastimó un tendón mientras cumplía compromisos internacionales con Inglaterra. Y eso, en gran medida, fue suficiente. Las aspiraciones del Liverpool, en ese momento, tuvieron que moderarse.

El fútbol tiene una tendencia desalentadora a despreciar las circunstancias atenuantes —en el léxico deportivo, una explicación a menudo se percibe como un sinónimo de excusa—, como demostró Roy Keane, el recio excapitán del Manchester United, en su precisa evaluación tras la humillante actuación del Liverpool ante el Manchester City el domingo. “Han sido unos pésimos campeones”, expresó Keane. Ser un “club grande”, explicó, significa poder enfrentar cualquiera de los contratiempos que te encuentres en el camino.

Hay algo de cierto en su afirmación, pero es una franca simplificación y tiene cierto aire de regodeo. Por supuesto, el Liverpool no puede negar la culpa por su colapso en la defensa del título. El club decidió no añadir al equipo un defensa central el pasado verano y en cambio reclutó a un lateral izquierdo de reserva que hizo su primera y única aparición en la Liga Premier en los últimos minutos del domingo. Eso ya parecía un riesgo entonces, incluso sin el beneficio de la retrospectiva.

Al mismo tiempo, Jürgen Klopp, el entrenador del club, ha ido ganando protagonismo a medida que avanza la temporada. No obstante, él también debe cargar con parte de la responsabilidad. Klopp se ha apoyado demasiado en un puñado de jugadores en vez de repartir la carga de manera más equitativa. Hasta él ha admitido que su escuadra está tan agotada mental y físicamente como parece.

Algo determinante es que Klopp ha estado dirigiendo a un equipo que se ha vuelto predecible y funciona con dificultad, dependiente de los métodos con los que obtuvieron la victoria en la Liga de Campeones en 2019 y la Liga Premier del año pasado, aun cuando la presión enérgica y de alta intensidad del Liverpool se ha atenuado y la garra de sus laterales se ha adormecido.

En tanto que los contrincantes del Liverpool han aprendido —en las últimas semanas, tanto Burnley como Brighton han ganado en Anfield, parando en seco al campeón usando básicamente las mismas tácticas—, el equipo de Klopp no lo ha hecho; su entrenador parece insistir en hacer las mismas cosas una y otra vez con la desesperada y vana ilusión de que el resultado será diferente la próxima vez.

Hay un contraste útil, en este aspecto, con su más reciente conquistador y aparente heredero. Los destinos del Liverpool y el Manchester City han estado tan entrelazados en los últimos tres años que ahora se puede caer en la tentación de verlos como algo que está indisolublemente unido, por lo que el éxito de uno se toma como una denuncia del fracaso del otro.

Esta temporada solo parece reforzar el paralelismo. Los problemas que ha tenido el Liverpool este año no coinciden exactamente con los que enfrentó el Manchester City el año pasado: entonces el City era volátil, anotaba grandes cantidades de goles, pero había semanas que se congelaba por completo; en cambio, el fracaso del Liverpool ha sido un declive en cámara lenta que comenzó incluso antes de que se obtuviera el título, un equipo que se fue erosionando durante el otoño y se estancó totalmente en Navidad.

Pero a primera vista, la causa y el efecto son lo mismo: la falta de una cobertura defensiva, la deuda de oxígeno que se debe pagar después de pasar dos temporadas en lo más alto, la sensación de golpear un muro; todo lo anterior se combinó mientras el Manchester City corría desenfrenado en Anfield el domingo, y así la suerte se inclinó irrevocablemente hacia el equipo de Pep Guardiola.

También hay una sencilla explicación para eso. El verano pasado, Guardiola y sus empleadores se dieron cuenta de que el equipo necesitaba más dureza. El Manchester City perdió nueve juegos la temporada pasada y sus esfuerzos por ganar un tercer título consecutivo se vinieron abajo no solo por la implacabilidad del Liverpool, sino por su propia mandíbula de cristal.

Así que mientras gran parte del fútbol europeo se preocupaba por el impacto económico del coronavirus y el posterior cierre, el Manchester City fue a gastar 140 millones de dólares en dos defensores: Ruben Días y Nathan Aké. Y eso, a la larga, fue suficiente. En los meses siguientes, Días ha surgido como la piedra angular sobre la que Guardiola ha construido una nueva, parsimoniosa e indomable versión del Manchester City, una que ahora está preparada para reclamar el campeonato.

Sin embargo, en este caso la explicación sencilla no es suficiente. Guardiola no se ha limitado a poner un nuevo defensa central en su equipo y presionar el juego. En cambio, reajustó su estrategia. Su equipo ha sido un tanto menos expansivo y un poco más controlado, anclado en un mediocampo más conservador. Guardiola ha realizado este cambio en un periodo de unos cuantos meses, tras un verano en el que no tuvo pretemporada, durante una campaña en la que apenas hay tiempo para entrenar.

Guardiola ha insinuado que tomó ese riesgo —y fue, en última instancia, un riesgo— en parte para adaptarse a las realidades de esta temporada más congestionada. Pero también en parte guiado por el mismo impulso que lo hizo reclutar a Días y Aké: la conciencia de que el Manchester City necesitaba evolucionar una vez más si quería burlar a los oponentes que ya sabían qué esperar de su equipo.

c.2021 The New York Times Company